Fosca, Pasión a Alta Velocidad

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guirinald
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por guirinald
Barcelona

Dirección Cliente
Duración900 minutos
Precio1250
PechoNatural
FumadoraNo lo sé
BesosBesa con lengua
FrancésSin
GriegoNo lo sé

Hace menos de un mes que conocí a Fosca. Quedamos un viernes al mediodía en un apartamento para encuentros clandestinos, fuera del circuito habitual. La primera cita de dos horas no iba en principio a ser tan distinta de cualquier otra, si no fuera porque en las semanas anteriores ya habíamos intercambiado múltiples emails, y ya intuíamos que entre nosotros podía haber "química".

Resulta que además de química, hubo física. También hubo literatura, filosofía, matemáticas, lenguas, sociales….. Todas las materias condensadas en ciento veinte minutos, parece mentira, pero juntos sacamos un sobresaliente en todas o casi todas las asignaturas. Humildemente, y algo sorprendidos.

Tanto es así que desde entonces nos hemos vuelto a ver en tres ocasiones, en condiciones: Han sido tres noches completas juntos. Cuando digo "completas" lo digo con una sonrisa, porque si bien he quedado en otras oportunidades con otras geishas por la formula de noche completa, siempre acabábamos durmiendo algunas horas después del desenfreno físico y emocional.

Con Fosca apenas ha sido el caso. En el último mes acumulo tres noches de sueño atrasado, perdido, irrecuperable. No se muy bien qué tiene esta mujer pero me está transformando. Sigo siendo como antes un amante tierno, sensual y emotivo, pero ahora también siento que soy un poco conejo. Con esta mujer me ocurre un auténtico frenesí sexual, a Fosca simplemente me cuesta mucho sacarle las manos de encima.

Lógicamente ello se debe en gran medida a su físico extraordinario, su cuerpo me fascina, y además la atracción crece a cada vez que nos desnudamos y unimos nuestras ansias. Pero hay más, hay mucho más.

Tengo la vanidad de creer que el deseo es mutuo, reciproco, correspondido. Siento que más allá del servicio de escort, la Mujer que se encuentra detrás de la profesional también se deja ir conmigo a la inspiración del momento, y juntos entramos en una espiral ascendente que parece no tiene final.

Se ha escrito mucho pero se sabe bien poco sobre los mecanismos de la atracción entre dos seres. Lo único que sé (o al menos creo) es que tengo la suerte de haber establecido una cierta sintonía con una mujer extraordinaria, que hace de la entrega su modus vivendi.

Fosca es una increíble profesional, atentísima a todas las necesidades de su cliente, sin perder por ello su frescura y su espontaneidad. Es a la vez una amante dulce y cariñosa, y un volcán de pasión desenfrenada. Aviso a los volcanólogos, sus erupciones son espectaculares, únicas.

Llevo tres semanas intentando escribir un relato de nuestra primera cita, como homenaje a la Escort principiante que es Fosca. Pero ya me es casi imposible concentrarme en las sensaciones de aquella primera vez, de tanto que me han marcado las tres noches que hemos vivido juntos desde aquel entonces.

No entraré en aquellas consideraciones sentimentales que son solo mías, que pertenecen a mi esfera íntima. Pero si quisiera compartir en este foro lo que ocurrió hace unos días, en nuestra ultima cita. Por razones logísticas le propuse a Fosca que pasáramos una noche juntos en la capital, a lo que accedió.

Cogimos el Ave juntos, en lo que al poco de arrancar el tren ya me pareció que podía haber sido un error: Tener a Fosca sentada a mi lado y no poder abrazarle y besarle, por discreción, me pareció algo cercano a la tortura. Y dios sabe lo mucho que disfruto de conversar con esta mujer!

Pero el viaje se me hizo cortísimo. Culpa de esto la tuvo la conversa estimulante, el vino tinto traído de una breve excursión a la cafetería del coche numero cuatro, y la visión de Fosca acariciada por la luz cálida del sol del atardecer, mientras desfilaba detrás de ella por la ventana el paisaje de medio país.

Dos horas pasaron en un abrir y cerrar de ojos. Recuerdo que aproveché algún túnel para robarle un beso en la boca. ¡Como si no nos fueran a ver!

Me ha quedado grabada en la retina una imagen: Fosca hincándole el diente a una manzana roja, enfundada en su blusa de color rojo, con el cielo de fondo tiñéndose de rojo. Rojo pasión, rojo deseo, rojo lujuria. ¿Era la manzana una invitación?

Necesitado de una visita a los servicios, me levanté, arrancándome al encantamiento platónico, y fue con sorpresa que me oí proponerle en voz baja reunirse conmigo allí al cabo de unos minutos. Con una gran sonrisa, Fosca asintió.

Temeroso de encerrarnos en un espacio demasiado pequeño, busqué el aseo para minusválidos, pero estaba en otra zona del tren. Así que me metí en el primero disponible, comprobando el estado de limpieza, estaba pulcro. Lo único realmente molesto era el olor de los químicos usados para la desinfección automática. Si alguien de Renfe lee este relato, por favor, que cambien a un producto que no huela tan mal!

La espera fue corta, pero aproveché para mirarme en el espejo, descubriendo que tenía las orejas rojas, señal en mi de una subida de la presión sanguínea. Tenía ante mis ojos un hombre común, medianamente atractivo. Un hombre que aún se sorprende a cada vez que siente que suscita deseo en una mujer.

Fosca se anunció con dos golpes discretos en la puerta, en un abrir y cerrar de ojos le abrí y cerré la puerta tras ella. ¡Al fin solos!

Nos fundimos en un abrazo bien apretado, y respiré profundamente el olor de su suntuosa cabellera, me encanta este olor que sólo se encuentra en la nuca, detrás de la oreja. Oía la respiración de Fosca, parecía que ella también buscaba mi olor. Así quedamos unos instantes, inspirándonos, y nuestras respiraciones se hicieron más rápidas, nuestros cuerpos se acercaron más aún, dos imanes subiendo en calor.

Pronto mis manos se aventuraron debajo de su blusa, volviendo a explorar sus formas sus formas, la inmensidad de su piel, la divina textura de sus pechos. Nos besamos con la respiración entrecortada, y al poco nos encontramos desnudos, abrazados, mi sexo erecto pegado contra su vientre.

En el pasado me había imaginado follando en un aseo de un avión, y hasta recuerdo haber intentado hacerlo en una litera de tren con una desconocida cuando tenía veinte años. Tratar de encajar dos cuerpos en un espacio muy exiguo lleva a imaginarse posturas rocambolescas y contorsiones varias.

Fosca es una mujer atlética, tiene un cuerpo musculoso aunque no exento de curvas, y muy femenino. Tengo una especial fascinación por sus caderas y todo lo que les envuelve. Ella lo sabe y a menudo se pone la cadena que usó para alguna de sus fotos de presentación, cadenita que realza sus caderas y multiplica el morbo.

Durante nuestros encuentros nocturnos anteriores al viaje a Madrid, Fosca me había sorprendido en la cama con posturas acrobáticas, alguna de las cuales me había producido una multiplicación de la excitación y del placer. Pero el otro día en el cubículo del aseo del AVE, no hicieron falta contorsiones ni acrobacias.

Hicimos el amor pausadamente, los dos mirando al espejo, yo detrás de ella, podiendo contemplar a la vez su cara frontal en el reflejo, su cara dibujando muecas de placer autentico, sus pechos divinos apuntándo hacia mí, su vientre plano y duro, a la vez que su parte trasera, su larga espalda coronada por esta melena increíble, sus nalgas exuberantes, y el punto exacto donde nuestros cuerpos se unían en uno.

Aquello fue sexo de película, no, fue mejor que cualquier película, lo estábamos viviendo en nuestras carnes. Sin mencionar el morbo de sentirnos rodeados de otros viajeros, separados de ellos por unas finas paredes de imitación de madera.

Fue así que mientras el AVE recorría a trescientos kilómetros por hora el ultimo tramo del recorrido Barcelona-Madrid, discretamente encerrados en el aseo de clase preferente hicimos el amor, hicimos un amor supersónico, con los espejos cristalinos del cubículo devolviéndonos nuestra imagen, ambos rojos de excitación y lujuria.

Nuestros gritos llegaron en el momento en que el tren empezaba a aminorar la marcha al alcanzar la periferia de la capital. Sudados y temblorosos, logramos volvernos a vestir a toda prisa y salir del servicio sin ser vistos, o esto creo. A los pocos minutos se detuvo el tren, y aún sudados y temblorosos bajamos al andén de la estación de Atocha.

La capital nos esperaba tranquila, como impasible. Ajenos al hormiguero de viajeros yendo y viniendo por la estación, nos sentamos en los bancos junto a las esculturas de cabeza de niños, cercanas a la cola del taxi. Necesitábamos recobrar fuerzas para lo que sería otra noche de pasión. Pero esto es otra historia.