Anna y el rompeduchas

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por Andros
Barcelona

Apartamento de la escort9
Duración69 minutos
Precio100
PechoNatural
FumadoraNo
BesosBesa con lengua
FrancésSin
GriegoNo lo sé

Anna y el rompeduchas Mamãe Eu Quero, Mamãe Eu Quero mamãe Eu Quero Mamar! dá A Chupeta, Dá A Chupeta, Ai, Dá A Chupeta dá A Chupeta Pro Bebê Não Chorar! Esta nena es un tesoro y me trata a cuerpo de rey. Yo, yo, yo hago lo que puedo. Pero además nos reímos, hablamos, escuchamos música, compartimos cositas de comer. ¿Que si hay sexo? Pues no lo voy a contar porque soy un caballero, pero en fin, un poquito sí. Hala, cuento un poco de lo que pasó: -Nena, nos vemos luego. ¿Tienes alguna fantasía erótica? ¿De qué quieres que vaya vestido? -Mmmmm. Ya está. De BOMBERO. ¿Y de qué quieres que me vista yo? -De Carmen Miranda, reina de la fruta tropical. Que se fastidie. Si yo voy de bombero, ella bien puede ir con unos melones y unos kiwis en la cabeza. El caso es que ya me ves tú a mí paseándome por media Barcelona con un casco de apagafuegos y una potente manguera que me recordaba a algo, pero ahora no caigo a qué. Llamo, subo y, en lugar de llamar al timbre, con el hacha tiro la puerta abajo. Suena música de Rambo 3 mientras la estrecho en mis brazos como si la acabara de salvar de un incendio y quisiera encender otro. Me lleva rápido de la mano a su habitaçao para que el resto de mujeres por salvar no se encuentren con el fornido bombero. Y allí me quita el casco, los guantes ignífugos, las botas, el cinturón con los mosquetones… En fin, que me deja solo con la manguera (ahora, ahora caigo a qué me recordaba). Los cotilleros hacen cosas bonitas y sugerentes, pero yo soy un zafio hombre de acción y tengo los dedos muy gordos, así que me peleo con su corpiño, sus braguitas y el liguero, hasta que ella hace uno de esos “flap, flap, mira qué fácil” que dejan en evidencia a todos los action-men que se manejan mejor con la motosierra que con el encaje de bolillos. Sea como fuere, el primer objetivo operativo ya está cubierto y poca ropa llevamos cuando nos la quitamos toda. Ahora aguanto la respiración y le hago los primeros auxilios a la señorita, que necesita urgentemente un boca a boca. Tengo que insistir mucho, no porque ella no reaccione, sino porque tengo un vicio que pa qué, pa qué y la cosa me empieza a gustar. Cuando ya está bien reanimada (bueno, en realidad estamos animadísimos los dos) hago de submarinista porque me lanzo a descubrir las profundidades marinas. Hago todo eso sin escafandra, en apnea y Anna me dice el texto de lo de “Ah se eu te pego” y me empieza a decir que si la mato, que si delicia, delicia. Yo dudo un poco porque una cosa es delicia y otra que la esté matando. A ver si nos aclaramos de una vez. Vale, al final era delicia, delicia y lo de matar era una figura literaria. De hecho, yo la veo bien viva porque se retuerce y me atrapa la manguera (espero que el respetable ya haya entendido a lo que me refiero), para hacerle también ella el boca a boca. Nos vemos capicúas y contentos, pero queremos jugar ahora al columpio. Pues nada, solo es cuestión de pedirlo y le doy un paseo. ¿Y qué voy a contar? Pues que cabalgando por las praderas los indios se lo pasaban estupendamente y nosotros, pues casi mejor que los indios. Y es que Anna es muy, muy buena, porque cada movimiento viene de dentro, lo siente con pasión y comparte su excitación. Todo lo bueno tiene fin y un paseo a caballo con Anna tiene un final felicísimo. Sin exagerar diría que es un cataclismo cósmico, algo así como el big bang primigenio pero en versión orgasmo. Todo eso y más diría sin exagerar. Nos quedamos bailando un slow hasta que cambia la música y aún entonces seguimos abrazados. Pero ¿qué le vamos a hacer? yo soy un hombre de acción y ella es una luchadora implacable, o sea que poco hace falta para meternos en harina de nuevo. Empiezo en plan tontorrón con musiquilla de diez millones de violines ebrios de gozo y pasión. Acaricio la espalda, los hombros, los brazos, luego me lanzo en un salto mortal con doble tirabuzón y axel invertido hasta caer en el lugar en el que la espalda deja de llamarse espalda. En fin, ya saben: comiendo aquí, que te muerdo allá, devórame otra vez… Le digo que tengo miedo de romperla con tanto movimiento y nos reímos, porque Anna no es para nada la frágil y delicada damisela que algunos imaginan, sino una mujer, una gran mujer que domina todas las artes. Ahora sí que la hemos liado, porque a fuerza de tocarse y comerse, estamos con unas ganas de baile que no nos aguantamos. Y, digo yo ¿por qué nos tendríamos que aguantar? Al lío que vamos, primero despacito. Luego, cuando estamos muy excitados, seguimos despacito, para no espantar el gozo. Y finalmente, cuando el punto sin retorno está a la vista, nos lanzamos como desesperados a atrapar el placer. Hala, ya está. El hombre de acción, el bombero curtido (y ahumado) en cien fuegos está tranquilo, tranquilo, porque una niña deliciosa lo acaricia como pocas saben y como casi ninguna tiene la intención de hacerlo. Aquella cama es una isla. Si yo fuera Robinson, me llevaba a Anna a una isla desierta, porque esta es una ciudad y hay gente y prisas y carreras para llegar a tal o cual sitio. -¿Te quieres dar una duchita?-dice ella con una sonrisa. -¿Lo has leído en mi expe, eh? ¿Sabes que es lo que hay que decir para echar al cliente pesadito, eh? Vaaaale, acepto la clave “game over”. De camino para la ducha, paso por delante de la habitaçao de Lorena que se me lanza encima al grito de: -¡Aaaaaahhh, mi gatito querido! Pero como somos novios formales, yo respetaré a Lorena hasta el matrimonio y reprimo mis instintos básicos. Quedo en la ducha y, al salir de ella ¡catacrac! cae un trozo de mampara. Lo intento volver a montar y con el ruido del martillo y la radial salen Anna y Lorena para ver si me he matado o si no ha habido suerte (y he salido vivo). Besitos a tutiplén después me encuentro vestido en la habitaçao mientras Anna se ducha. Oigo entonces que la puerta se cierra con llave, intento salir de la trampa de la habitación y me encuentro con Lorena que se ríe y se me lanza en los brazos. Insisto en que debemos respetarnos hasta el matrimonio y se calma un poquito, sobre todo cuando viene Anna y lanza una de esas miradas de “Mío, mío, mi tessssoro”. De camino a la puerta, Anna me da besitos. Antes de salir, me da más besos. Cuando voy a marchar, aún me da más besos. Salgo a la calle y pienso “que me quiten lo bailao”. Entonces pienso “Ostras, me he dejado la manguera arriba. Tengo que volver cuanto antes.” Pero eso ya será otra historia...