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Tema: ¡Por fin!

  1. #1
    teo
    teo está desconectado
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    ¡Por fin!

    Después de estar esperando cuatro años, había llegado la noche en la que iba a citarme con esa mujer tan especial para mí. Ella también estaba nerviosa, cuando llamé al timbre de la puerta se le disparó el lápiz que perfila las pestañas, y se le nubló brevemente la visión del ojo izquierdo. Estaba exultante, nunca la había visto tan guapa. Sus ojos morenos me dominaban, su tiznado pelo negro recogido en forma de cola, le otorgaban una pose de divinidad griega. Nos sentamos y departimos durante media hora sobre nuestras vidas. Su voz suave me iba envolviendo como si fuera una mosca atrapada en la tela de una araña. No podía apartar la vista de ella, estaba algo delgada, pero ese vestido negro de raso con escote palabra de honor, era el de una estrella de rock. Cuando se levantó para traer el cava de la cubitera, el leve roce de su cuerpo contra esa provocativa tela, producía un sonido que aún me estimulaba más. Brindamos, y tras la primera copa, sus ojos empezaron unos ataques que destruían toda mi resistencia. Esos labios, gruesos, remarcados en un carmín rojo intenso, eran el tampón que quería que se estampara con rudeza contra los míos. Tras el segundo trago, la mujer de rasgos exóticos que tenía a mi lado, se levantó poniéndose delante de un espejo de cuerpo entero que se hallaba a uno de los lados de la habitación. No hubo palabras, pero sus primeros pases de baile me invitaban a acercarme. Era el momento. Besé con temor su hombro izquierdo. Su espalda estaba garabateada por un sinfín de pecas. Empecé a palpar con mimo su piel blanca de corderito lechal. Ella me cogió de las manos e hizo que la abrazara, estirando la espalda hacia atrás, chocando su bien proporcionada parte trasera, con la mía delantera. No sabía si ponerme a llorar, o confesarle en forma de susurros lo que sentía por ella. No podía creer que tenía adjunto a mi cuerpo, el de esa napea, esa ninfa de los bosques con la que hacía años que soñaba. Su cuello estaba erguido, señorial, y su cabellera negra cosquilleaba en mi frente y mis mejillas, y eran degustados por un extasiado comensal que no daba crédito a lo que estaba aconteciendo.
    Ella no hablaba, pero me guiaba por el circuito del placer con maestría. Quiso que mis manos y las suyas reconocieran su escote, dimensionado, fresco y sedoso. La inspección de esa zona a través del tacto, provocó una estimulación tan fuerte que la sala del polvorín tuvo que encender su luz roja de emergencia. El arsenal estaba en posición de lanzamiento, y alguien podía dañarse si no se gestionaban con precaución las tareas de ataque.
    El descenso de la cremallera del vestido por mis temblorosas manos, era más peligroso que el que hace un ciclista después de coronar un puerto especial de montaña. No iba a resbalar y chocar contra el arcén, pero estaba al borde de un colapso. A mitad de camino, de nuevo las protagonistas de la noche, (mis manos y sus siervos dedos), tomaron los primeros prisioneros de la velada: sus senos. Naturales y tan pálidos como toda ella, los atrapé como coge uno a un conejillo asustadizo que lucha por liberarse y salir corriendo. Ella, sabedora de su potencial, me ayudó empotrando sus manos contra las mías haciendo más violento el movimiento circular. La giré como un alfarero mueve el torno para moldear su obra, y durante unos minutos emulé a Rómulo y Remo. Tras ello, tocaba seguir con el recorrido que marcaba la cremallera, cuyo destino final era apoteósico: su esférico, sobresaliente y extrovertida terminación de la espalda. Quise morirme al comprobar cómo estaban adornadas ese par de redondísimas nalgas. Un casi imperceptible trozo de finísima tela roja, oficiaba de singular frontera entre el cachete izquierdo del derecho. ¡Dios mío! La figura de esa mujer era inmejorable, y aún ahora al narrarlo por escrito me estremezco y algunas de las partes de mi anatomía siguen padeciendo volcánicas convulsiones.
    Ella siguió danzando y girándose mientras yo me desvestía. Ya en igualdad de condiciones, me asió del gancho que sobresalía del eslip, de manera que éste terminó despareciendo. Ni trepando a una torre de alta tensión y asiéndome al cableado hubiera estado más empalmado que en ese momento. Con mi bichero entre sus manos, lo restregó por sus postreras localizaciones, como si fuera una goma de borrar que elimina gazapos. Lanzaba miradas lascivas que reproducía el espejo, jugaba con él buscando la pose más sexual y provocadora, y yo atónito a todo ello, ponía todos mis esfuerzos para intentar minorar mis deseos. No quería que un estallido prematuro de pasión apareciera de improvisto. Antes de pasar al lecho, ella, empuñando mi bastón de golf, hizo que éste reconociera el Green, que estaba perfectamente regado, y cuyo hoyo iba a serme presentado en breve.
    Los besos no daban opción a la charla, ni siquiera al diálogo procaz que suele aparecer en tales instantes. Ya tumbados en la cama, quise agradecerle su hospitalidad visitando el mencionado campo deportivo. La hierba no estaba del todo sesgada, pero no impedía el trasiego habitual de mi camaleónica lengua. Sus quejidos no eran exagerados, pero sus apretados ojos denotaban que viajaba soñolienta por el onírico mundo del placer. Sumisa y provocadora, terminó de vencerme cuando, sin mediar palabra, desplazó su menudo cuerpo hacia un lado y estirando su pieza de lencería hacia arriba, me conminaba a rendir cuentas a un punto recóndito y totalmente desconocido para mí. Esa era una exigencia de una mujer atrevida, que disfrutaba como nadie del ósculo oscuro. Me adentré en esa epopéyica aventura, sin tener claros los pasos que tenía que dar. Pero mi impertinente lengua, ante tal morbosa propuesta no se lo pensó, y reconoció con éxito los pliegues que rodeaban a ese sonrosado y oculto esfínter. Un aroma mentolado saludó mi paladar. Aunque parecía increíble, ese paraje producía un encomiable manjar, y fue degustado con voracidad, cosa que provocaba un aumento considerable de jadeos y lamentos de mi adorable acompañante.
    La noche siguió por derroteros similares, ella demostró tener excelentes condiciones como jinete, y una inacabable imaginación para poner nuestros cuerpos mezclados de tantas formas, que en ocasiones parecíamos el resultado de un cuadro abstracto.
    Dos horas imborrables, que marcaron el inicio de una serie de capítulos de la misma duración, con esa mujer, pequeñita, morena, exótica, que tanto tiempo hacía que quería conocer en una situación algo más íntima que el compartir unas caipiriñas en una coctelería de moda.
    Una canción que podría haber sonado esa noche es "Fuego en la piel", de Manolo Tena. Nosotros lo tuvimos y puede dar fe, que ambos terminamos abrasados. http://www.listengo.com/song/882871db

  2. El siguiente usuario ha agradecido a teo su mensaje:

    travieso50 (14/08/2013)

  3. #2
    teo
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    Lo de hace unas semanas no fue tan largo y apasionado, pero volver a sentir tu mirada y tu franca sonrisa, fue más refocilante que compartir una Pitú.
    Una vez, mientras brindábamos, me dijiste que nunca lo haríamos por "última vez". Espero que así sea y nos veamos pronto.
    Quero te abraçar por muito tempo, sem dizer nada..Beijos.

  4. El siguiente usuario ha agradecido a teo su mensaje:

    travieso50 (14/08/2013)

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