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Tema: En relatillo erótico de andar por casa

  1. #1
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    En relatillo erótico de andar por casa

    Nínive.
    Las escenas de guerra y de tortura a los enemigos se sucedían en los relieves de las paredes que me habían acompañado desde que entré al palacio tirada por una cuerda que un eunuco de enormes proporciones agarraba fuertemente entre sus brazos.
    Decidí dejar de mirar esos relieves en piedra, era inútil. Todo el mundo conocía la terrible fama de los asirios y mucho más con los esclavos de guerra.
    Miré a la joven que estaba atada a mi lado, casi una chiquilla, pequeñita y con aspecto temeroso, casi más que el mío.
    - ¿Sabes qué será de nosotras? ¿Adónde vamos? –pregunté.
    Ella me miró y apenas vi que fruncía el ceño en un acto de incomprensión. Probé con el acadio, idioma internacional, repitiendo las mismas preguntas, pero siguió sin comprender nada.
    De pronto el eunuco paró ante una puerta adintelada y de grandes dimensiones a cuyos lados se apostaban dos soldados, lanza en mano. Le abrieron la puerta y tiró tan fuerte de la cuerda que nos sujetaba a ambas que terminamos dándonos de bruces contra el suelo, frente a un hombre que no nos cupo la menor duda de que era el Rey, al menos a mí, porque la joven a mi lado parecía estar abstraída del mundo a su alrededor.
    El Rey se levantó de la gran silla de madera y oro y nos miró a ambas. Los asirios no trataban demasiado bien a sus enemigos, menos si los vencían, y yo me lamentaba en ese momento de haber pertenecido a un pueblo que se había opuesto a ellos y más de que éste hubiera sido vencido. A la joven, que debía haber corrido la misma suerte con su pueblo de origen, y a mí, nos había salvado nuestra belleza, si es que no nos esperaba allí algo peor que la muerte, pensé de pronto.
    El Rey observaba a la joven a mi lado, tan pequeña y asustada, que temblaba como una hoja. Al levantarla estirando de su brazo tiró por inercia de mí también por culpa de la cuerda que nos unía a ambas.
    El Rey me miró fugazmente al levantarme y sin pretenderlo le devolví la mirada, directamente a sus ojos.
    Me arrepentí en el acto, puesto que tras un breve repaso a la joven, vino hacia mí e inició el mismo proceso que había realizado con ella. Salvo por una excepción, de pronto alzó la mano, agarró por el centro mi vestido raído y lo arrancó de un solo movimiento, quedando totalmente desnuda ante él. Mi sorpresa fue mayúscula, no reaccioné más que para abrir los ojos hasta casi salirse de sus órbitas y exhalar a la vez el aire contenido en mis pulmones.
    Se giró hacia la joven a mi lado e hizo lo mismo logrando que cayera en llanto.
    El Rey se giró hacia mí y dijo:
    - Haz que se calme o morirás –aseguró para dirigirse de nuevo a su silla y dejarse caer en ella mientras nos observaba.
    Me giré hacia la joven y le susurré algunas palabras con la voz más cálida que tenía mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar.
    Sabía que no podía entenderme, pero el suave tono de mi voz sí podía penetrar en su mente.
    Aunque su intensidad había disminuido seguía envuelta en llanto, así que me acerque y también mis labios hasta que rozaron los suyos en un toque casi imperceptible, rozando también nuestros pechos al acercarme.
    Me aparté y subí mis manos hasta sus pechos. Abrí mi mano izquierda y la situé de forma que su pezón quedara en el medio de la palma de mi mano, hice lo mismo con la otra. Sólo un ligero movimiento y percibí su agrado. Ella, sorprendida ya había dejado de llorar. Seguí moviendo mis manos notando ese pequeño botón endurecido en la palma de cada una.
    Continué hasta que oí un gemido involuntario. Entonces paré y miré al Rey, a mi izquierda, sentado y contemplándonos. Él levantó el mentón indicándome que siguiera.
    Volví a mirar a la joven y agaché la cabeza para sorber su pezón izquierdo con mis labios, para que él pudiera verlo, y lo hice hasta que volvió a gemir, esta vez más perceptible fue su sonido.
    Seguí un poco más mientras deslizaba mis manos por su espalda hasta su trasero, suave, redondo y duro como un fruto en su madurez.
    Dejé de tocarla y volví a mirar al rey que volvió a indicarme que siguiera, con una mueca que podría ser una sonrisa.
    La miré a los ojos y volví a juntar mis labios, pero esta vez introduje mi lengua levantando mis manos por su espalda para agarrar su cuello y apoderarme de toda su boca. Ella respondía algo inexperta, pero tan complaciente como yo. Su beso fue lo más suave y placentero que había probado y dudé si podría volver a gustarme el beso de un hombre después de aquello.
    Mientras la besaba bajé mis manos e introduje una entre nuestros cuerpos, llegué hasta su sexo y metí un dedo entre sus muslos y más allá, entre los pliegues hasta humedecerlo en su interior. Lo saqué y busqué su clítoris. Estaba hinchado y húmedo ahora. Entonces comencé a acariciar suavemente aquel bulto que hizo que ella empezara a gemir todavía más. Eran quejidos que no podía evitar, tal vez el Rey desde su posición no podía oírla, pero yo sí.
    Atrapé su clítoris entre dos dedos, el índice y el anular y comencé a dar toques suaves en el centro con un tercer dedo, el corazón. Ella se inclinaba hacia mí tentando a la gravedad, abriéndose más para que siguiera tocándola. Presioné un poco más fuerte con mi dedo y lo separé para observar cómo se deshacía en mi mano. Volví a agarrarlo con más fuerza entre dos dedos y esta vez inicié un movimiento ascendente y descendente con él, rozando muy suavemente con el dedo corazón justo en el punto más sensible, que dado que compartíamos el mismo sexo sabía perfectamente cuál era. Ella estaba a punto, lo sentía en todo su cuerpo, por eso seguí con ese movimiento deseando besar esa parte de su cuerpo en lugar de sus labios, pero me conformé con su lengua mientras seguía con mi mano cada vez más rápido. ¡Por Marduk, cómo deseaba tenerlo en mi boca!
    Imaginé que era su clítoris lo que besaba y atrapé la punta de su lengua con mis labios presionando con mi lengua la suya sin dejar de palpar ahora ya todo el clítoris con mis dedos hasta que se corrió dejándose caer en mis brazos.
    El Rey se acercó de nuevo a nosotras y le susurró algo a la joven que no pude oír. Ella le entendió, y me pregunté en qué idioma le habría hablado para conseguirlo.
    Tal vez le dijo algo parecido a lo que me dijo a mí, porque entonces ella me colocó las manos sobre los hombros y empujó hacia abajo, haciéndome entender que quería que me agachara. Así lo hice.
    Quedé clavada de rodillas y después sentada en mis talones. Ella se colocó a mi espalda y comenzó a tocarme con unas manos expertas. No tenía ni idea de a lo que se dedicaría esa pequeña semidiosa, pero tenía unas manos que podrían haber hecho caer de placer al más insensible de los hombres. Acariciaba mi espalda desde abajo hacia arriba para terminar alargando los brazos y extendiendo sus dedos finos y largos por la parte superior de mis pechos, y volvía a repetir.
    En toda mi vida me habían tocado con tanta suavidad. La deseaba y especialmente que siguiera haciendo lo que quisiera que hacía.
    Al fin en uno de esos movimientos ascendentes llegó a tocar levemente mis pezones, pero volvió a iniciar el recorrido en la base de mi espalda.
    Otra vez lo hizo y volvió a rozarme pero ahora sí permaneció allí, masajeándome los pechos con sus manos pequeñitas y hábiles.
    Ella deseaba darme tanto placer como había recibido, mientras, el Rey observaba con una sonrisa todo cuanto hacíamos. Ahora no se le escapaba ni un solo movimiento, ni una mirada.
    No sabía si girarme y colocarme frente a ella, pero no tuve que dudar mucho más porque lo hizo, ahora estábamos frente a frente y colocándome su mano en el hombro volvió a indicarme qué era lo que quería que hiciera.
    Ahora estaba totalmente acostada en el suelo. Dejé caer la cabeza hacia atrás cuando la observé moverse como una serpiente sobre mi cuerpo. Era totalmente deliciosa. Su cuerpecito era como una pluma y el poco peso que caía sobre mí era como el tacto de los dioses. Intenté acariciarla, pero no me dejó, sujetando mi mano y dejando que reposara en mi costado.
    Obedecí sin pensarlo. Ella quería hacerlo todo y yo no se lo iba a impedir.
    Bajó con su lengua hasta mi sexo y comenzó a besarlo tal y como yo hubiera querido hacerle a ella. Lo succionó y presionó con la punta de la lengua arrastrándola después por el centro del clítoris y continuó sus movimientos sin variar ni la fuerza ni la velocidad hasta que todos los músculos que rodeaban mi sexo, tanto mi trasero como los de mi estómago se tensaron en un segundo, generando un temblor placentero que se extendió hacia las extremidades de mi cuerpo como un rayo. Durante una eternidad sólo sentí placer y no quise que apartara su boca, tan cálida y húmeda, de mi cuerpo.
    El Rey se acercó a nosotras y supe que seríamos un capricho para él pero que no entendería lo que significaba aquello que nos unía a ambas.
    Primero me tendió la mano que yo tomé y me llevó hasta la mesa donde una pila de tablillas reposaban ajenas a todo. Salvo porque él, de un manotazo, las empujó al suelo para a continuación agarrarme por la cintura, dejarme caer en ella y penetrarme a continuación con toda su erección. Jadeaba al ver su rostro tenso y sus labios abiertos bajo su larga barba de rey.
    Entonces llamó a la joven para que se acercara a él y agarrándola del cuello la besó introduciendo su lengua hasta la garganta, pero sin dejar de embestirme a mí con la fuerza de un toro enfurecido. Cada embiste me hacía delirar, cada vez le deseaba más. No podía imaginar cómo podía aguantar tanto aquella bestia. Era grande y no parecía un ser terrenal sino algo de otro mundo ya que no parecía sentir el más mínimo cansancio.
    Debió ver mi deseo en los ojos porque dejó a la otra joven y me besó cuando yo rodeé su cadera con mis piernas acercándolo más a mí, que terminó por correrse aplastándome contra la mesa, mientras sus labios sólo rozaban los míos y con una mano acariciaba uno de los pechos de la otra muchacha.

  2. Los siguientes 3 usuarios han agradecido a alialine su mensaje:

    leif eriksson (17/12/2011), manalbxav (19/12/2011)

  3. #2
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    Cita Iniciado por alialine Ver Mensaje
    Nínive.
    Las escenas de guerra y de tortura a los enemigos se sucedían en los relieves de las paredes que me habían acompañado desde que entré al palacio tirada por una cuerda que un eunuco de enormes proporciones agarraba fuertemente entre sus brazos.
    Decidí dejar de mirar esos relieves en piedra, era inútil. Todo el mundo conocía la terrible fama de los asirios y mucho más con los esclavos de guerra.
    Miré a la joven que estaba atada a mi lado, casi una chiquilla, pequeñita y con aspecto temeroso, casi más que el mío.
    - ¿Sabes qué será de nosotras? ¿Adónde vamos? –pregunté.
    Ella me miró y apenas vi que fruncía el ceño en un acto de incomprensión. Probé con el acadio, idioma internacional, repitiendo las mismas preguntas, pero siguió sin comprender nada.
    De pronto el eunuco paró ante una puerta adintelada y de grandes dimensiones a cuyos lados se apostaban dos soldados, lanza en mano. Le abrieron la puerta y tiró tan fuerte de la cuerda que nos sujetaba a ambas que terminamos dándonos de bruces contra el suelo, frente a un hombre que no nos cupo la menor duda de que era el Rey, al menos a mí, porque la joven a mi lado parecía estar abstraída del mundo a su alrededor.
    El Rey se levantó de la gran silla de madera y oro y nos miró a ambas. Los asirios no trataban demasiado bien a sus enemigos, menos si los vencían, y yo me lamentaba en ese momento de haber pertenecido a un pueblo que se había opuesto a ellos y más de que éste hubiera sido vencido. A la joven, que debía haber corrido la misma suerte con su pueblo de origen, y a mí, nos había salvado nuestra belleza, si es que no nos esperaba allí algo peor que la muerte, pensé de pronto.
    El Rey observaba a la joven a mi lado, tan pequeña y asustada, que temblaba como una hoja. Al levantarla estirando de su brazo tiró por inercia de mí también por culpa de la cuerda que nos unía a ambas.
    El Rey me miró fugazmente al levantarme y sin pretenderlo le devolví la mirada, directamente a sus ojos.
    Me arrepentí en el acto, puesto que tras un breve repaso a la joven, vino hacia mí e inició el mismo proceso que había realizado con ella. Salvo por una excepción, de pronto alzó la mano, agarró por el centro mi vestido raído y lo arrancó de un solo movimiento, quedando totalmente desnuda ante él. Mi sorpresa fue mayúscula, no reaccioné más que para abrir los ojos hasta casi salirse de sus órbitas y exhalar a la vez el aire contenido en mis pulmones.
    Se giró hacia la joven a mi lado e hizo lo mismo logrando que cayera en llanto.
    El Rey se giró hacia mí y dijo:
    - Haz que se calme o morirás –aseguró para dirigirse de nuevo a su silla y dejarse caer en ella mientras nos observaba.
    Me giré hacia la joven y le susurré algunas palabras con la voz más cálida que tenía mientras le acariciaba la mejilla con el pulgar.
    Sabía que no podía entenderme, pero el suave tono de mi voz sí podía penetrar en su mente.
    Aunque su intensidad había disminuido seguía envuelta en llanto, así que me acerque y también mis labios hasta que rozaron los suyos en un toque casi imperceptible, rozando también nuestros pechos al acercarme.
    Me aparté y subí mis manos hasta sus pechos. Abrí mi mano izquierda y la situé de forma que su pezón quedara en el medio de la palma de mi mano, hice lo mismo con la otra. Sólo un ligero movimiento y percibí su agrado. Ella, sorprendida ya había dejado de llorar. Seguí moviendo mis manos notando ese pequeño botón endurecido en la palma de cada una.
    Continué hasta que oí un gemido involuntario. Entonces paré y miré al Rey, a mi izquierda, sentado y contemplándonos. Él levantó el mentón indicándome que siguiera.
    Volví a mirar a la joven y agaché la cabeza para sorber su pezón izquierdo con mis labios, para que él pudiera verlo, y lo hice hasta que volvió a gemir, esta vez más perceptible fue su sonido.
    Seguí un poco más mientras deslizaba mis manos por su espalda hasta su trasero, suave, redondo y duro como un fruto en su madurez.
    Dejé de tocarla y volví a mirar al rey que volvió a indicarme que siguiera, con una mueca que podría ser una sonrisa.
    La miré a los ojos y volví a juntar mis labios, pero esta vez introduje mi lengua levantando mis manos por su espalda para agarrar su cuello y apoderarme de toda su boca. Ella respondía algo inexperta, pero tan complaciente como yo. Su beso fue lo más suave y placentero que había probado y dudé si podría volver a gustarme el beso de un hombre después de aquello.
    Mientras la besaba bajé mis manos e introduje una entre nuestros cuerpos, llegué hasta su sexo y metí un dedo entre sus muslos y más allá, entre los pliegues hasta humedecerlo en su interior. Lo saqué y busqué su clítoris. Estaba hinchado y húmedo ahora. Entonces comencé a acariciar suavemente aquel bulto que hizo que ella empezara a gemir todavía más. Eran quejidos que no podía evitar, tal vez el Rey desde su posición no podía oírla, pero yo sí.
    Atrapé su clítoris entre dos dedos, el índice y el anular y comencé a dar toques suaves en el centro con un tercer dedo, el corazón. Ella se inclinaba hacia mí tentando a la gravedad, abriéndose más para que siguiera tocándola. Presioné un poco más fuerte con mi dedo y lo separé para observar cómo se deshacía en mi mano. Volví a agarrarlo con más fuerza entre dos dedos y esta vez inicié un movimiento ascendente y descendente con él, rozando muy suavemente con el dedo corazón justo en el punto más sensible, que dado que compartíamos el mismo sexo sabía perfectamente cuál era. Ella estaba a punto, lo sentía en todo su cuerpo, por eso seguí con ese movimiento deseando besar esa parte de su cuerpo en lugar de sus labios, pero me conformé con su lengua mientras seguía con mi mano cada vez más rápido. ¡Por Marduk, cómo deseaba tenerlo en mi boca!
    Imaginé que era su clítoris lo que besaba y atrapé la punta de su lengua con mis labios presionando con mi lengua la suya sin dejar de palpar ahora ya todo el clítoris con mis dedos hasta que se corrió dejándose caer en mis brazos.
    El Rey se acercó de nuevo a nosotras y le susurró algo a la joven que no pude oír. Ella le entendió, y me pregunté en qué idioma le habría hablado para conseguirlo.
    Tal vez le dijo algo parecido a lo que me dijo a mí, porque entonces ella me colocó las manos sobre los hombros y empujó hacia abajo, haciéndome entender que quería que me agachara. Así lo hice.
    Quedé clavada de rodillas y después sentada en mis talones. Ella se colocó a mi espalda y comenzó a tocarme con unas manos expertas. No tenía ni idea de a lo que se dedicaría esa pequeña semidiosa, pero tenía unas manos que podrían haber hecho caer de placer al más insensible de los hombres. Acariciaba mi espalda desde abajo hacia arriba para terminar alargando los brazos y extendiendo sus dedos finos y largos por la parte superior de mis pechos, y volvía a repetir.
    En toda mi vida me habían tocado con tanta suavidad. La deseaba y especialmente que siguiera haciendo lo que quisiera que hacía.
    Al fin en uno de esos movimientos ascendentes llegó a tocar levemente mis pezones, pero volvió a iniciar el recorrido en la base de mi espalda.
    Otra vez lo hizo y volvió a rozarme pero ahora sí permaneció allí, masajeándome los pechos con sus manos pequeñitas y hábiles.
    Ella deseaba darme tanto placer como había recibido, mientras, el Rey observaba con una sonrisa todo cuanto hacíamos. Ahora no se le escapaba ni un solo movimiento, ni una mirada.
    No sabía si girarme y colocarme frente a ella, pero no tuve que dudar mucho más porque lo hizo, ahora estábamos frente a frente y colocándome su mano en el hombro volvió a indicarme qué era lo que quería que hiciera.
    Ahora estaba totalmente acostada en el suelo. Dejé caer la cabeza hacia atrás cuando la observé moverse como una serpiente sobre mi cuerpo. Era totalmente deliciosa. Su cuerpecito era como una pluma y el poco peso que caía sobre mí era como el tacto de los dioses. Intenté acariciarla, pero no me dejó, sujetando mi mano y dejando que reposara en mi costado.
    Obedecí sin pensarlo. Ella quería hacerlo todo y yo no se lo iba a impedir.
    Bajó con su lengua hasta mi sexo y comenzó a besarlo tal y como yo hubiera querido hacerle a ella. Lo succionó y presionó con la punta de la lengua arrastrándola después por el centro del clítoris y continuó sus movimientos sin variar ni la fuerza ni la velocidad hasta que todos los músculos que rodeaban mi sexo, tanto mi trasero como los de mi estómago se tensaron en un segundo, generando un temblor placentero que se extendió hacia las extremidades de mi cuerpo como un rayo. Durante una eternidad sólo sentí placer y no quise que apartara su boca, tan cálida y húmeda, de mi cuerpo.
    El Rey se acercó a nosotras y supe que seríamos un capricho para él pero que no entendería lo que significaba aquello que nos unía a ambas.
    Primero me tendió la mano que yo tomé y me llevó hasta la mesa donde una pila de tablillas reposaban ajenas a todo. Salvo porque él, de un manotazo, las empujó al suelo para a continuación agarrarme por la cintura, dejarme caer en ella y penetrarme a continuación con toda su erección. Jadeaba al ver su rostro tenso y sus labios abiertos bajo su larga barba de rey.
    Entonces llamó a la joven para que se acercara a él y agarrándola del cuello la besó introduciendo su lengua hasta la garganta, pero sin dejar de embestirme a mí con la fuerza de un toro enfurecido. Cada embiste me hacía delirar, cada vez le deseaba más. No podía imaginar cómo podía aguantar tanto aquella bestia. Era grande y no parecía un ser terrenal sino algo de otro mundo ya que no parecía sentir el más mínimo cansancio.
    Debió ver mi deseo en los ojos porque dejó a la otra joven y me besó cuando yo rodeé su cadera con mis piernas acercándolo más a mí, que terminó por correrse aplastándome contra la mesa, mientras sus labios sólo rozaban los míos y con una mano acariciaba uno de los pechos de la otra muchacha.

  4. #3
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    Ali, sigue así, me parece que esta chica conseguirá muchos de sus objetivos a poco que quiera

  5. El siguiente usuario ha agradecido a Iñaky su mensaje:

    alialine (17/12/2011)

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