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Tema: ¿Pero dónde está Harris? VI

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    teo
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    ¿Pero dónde está Harris? VI

    Con el cañón del arma fijado delante de ellos, el contramaestre reculó.
    -¡Muchachos! -a la señal del oficial, los guardianes agarraron de los brazos a los rehenes. A ellos se les unió Bruno. El mantel y lo que había encima de la mesa no habían sido arrastrados por esa masa que no sabía frenarse, y que se movía con extrema torpeza. Se ubicó detrás de Calcurnia. No le importaba que fuera una mujer, la dañaría si era preciso o recibía una orden.
    -Sin café estoy espeso. Me ayuda a pensar -los marineros mantenían en tensión los brazos del detective y la japonesa, y el griego que había guardado el revólver que sobresalía por encima del cinturón, empezó a andar por el salón, con las manos entrelazadas por detrás de la espalda. Simulaba tranquilidad, pero evadía mirar a los ojos a los retenidos.
    -Tendrá que prescindir de él esta noche. Igual para siempre. Dependerá de ustedes. Ya escucharon...
    -¿Quién es el capitán? ¿Quién es esa voz que ordena? -preguntó Kobayashi, pero la contestación resultó una carcajada que se extendió más de lo habitual. No era ni perversa ni fingida, sólo una excusa para no solventar unos interrogantes que ese hombre no quería despachar.
    -Registramos sus viviendas. Por eso fueron apresados. Las pesquisas no dieron con la información que precisamos -el oficial se acercó a ellos mirándolos con severidad. Su aspecto era el de un juez implacable que quería dictar sentencia ante unos detenidos que encontraba culpables- Aunque con la información o sin ella, iban a ser capturados. Esa era la segunda parte del plan.
    -¿Es tarde para apelar a nuestra inocencia?
    -Son culpables, Arbogas. Tenemos pruebas. Hace tiempo que los pusimos en vigilancia.
    -¿Culpables de qué? Todo esto es absurdo. ¿Qué quieren de nosotros? -protestó Calcurnia.
    -¿De qué se nos acusa? ¿Espionaje? ¿Crímenes de estado? Aunque así fuera, ustedes no son representantes de la justicia -Teodorakis replicó a Arbogas, dando un manotazo en la mesa, y los marineros aumentaron la presión sobre los cuerpos de los rehenes.
    -Hace tiempo que se ven. No nieguen que tienen una relación.
    -Puede que nos hayamos visto un par o tres de veces, sí, pero qué importancia tiene eso. Cualquier hombre sin compromiso tiene derecho a quedar con una mujer.
    -Esas visitas, citas -pronunció la última palabra con el mismo desprecio que se tira un pañal manchado a la basura- No han gustado a una persona -Calcurnia se desperezó en un gesto de sorpresa, y recitó agachando la cabeza:
    -El capitán...-la mente de Arbogas aun estaba inmersa en una borrasca y no discernía con tanta precisión como era habitual en él.
    -Harris. ¿No recuerdas? Hablamos de él por teléfono. ¿Sería la última cosa que hiciéramos antes de que nos embarcaran? ¿Cuántos días llevamos de travesía? -Teodorakis esperaba atento lo que podía aportar Bertram, que se rascó la cabeza pesaroso.
    -Tengo una sensación extraña. Sí, me acuerdo de esa llamada. La noto muy lejana, pero en cambio algo me dice que pasó hace muy poco. Me han drogado tanto...Y luego ese humo. Ese maldito humo verde -Bertram atisvó a Rextor que se hacía el dormido.
    -Parece que avanzamos. Y bien Arbogas. ¿Quién más, aparte de usted y la señorita Kobayashi posee esa información?
    -¿Qué información?
    -No gane tiempo. ¡Colabore! -el eco ahogado del gigante de Felton repitió la orden- Tenemos la conversación registrada. En ella admite saber el paradero del Capitán Harris.
    -¿Dije eso? -era una respuesta que contenía una forzada contrariedad. Bruno tomó la cabeza rasurada de Arbogas, que como un sello de goma que emplea un administrativo en una oficina, estampó contra la mesa. Uno de los enóforos con vino cayó derramando su contenido y despertando al anciano que dormía en una de las esquinas de la mesa.
    -Responda con seriedad. Será mejor. Dígame extensamente lo que sabe -la nariz de Bertram no sangraba, pero parecía haber sido pintada para actuar como "clown" en una pista de circo.
    -Hablé con Calcurnia. Hace unos días o unas semanas. He perdido la noción del tiempo.
    -Siga.
    -Sabía que tenía una buena amistad con un marino, el capitán Harris, y que éste, había desaparecido sin dejar pistas. No soy detective de profesión, pero a veces me han hecho algunos encargos. Algunas coincidencias hicieron que tuviera noticias de ese hombre.
    -O sea, que lo reconoció -le comentó el contramestre, aproximándose tanto que su aliento impactó en la cara del apresado. Restos de vino y pescado le arribaron al olfato.
    -No. Yo no reconozco a nadie. No soy médico -Teodorakis frenó un nuevo brote colérico de Felton.
    -Pero sabía donde estaba, ¿verdad Arbogas?
    -Supongo que sí.
    -Por teléfono no suponía, afirmaba -Arbogas se sacudió la espalda y los marineros que lo custodiaban se retrasaron un paso, dejando libre también a Calcurnia.
    -Veamos si van quedando claras las cosas. Conozco a la señorita Kobayashi desde hace años, nos hemos visto en distintas ocasiones, y sabía que existía un capitán Harris, pero nunca he hablado personalmente con él. No sé qué aspecto tiene, ni siquiera sé si su voz es ronca, aguda o de barítono.
    -Su amiga sí puede responder a ello.
    -Pero qué importa. Nada en este barco tiene sentido. Creía saber dónde estaba ese hombre que muchos daban por naufragado, y ahora nos tienen retenidos -los modales de Teodorakis volvieron a la amistosidad que había imperado durante la cena. La compasión y cordialidad eran otra de las caras de ese poliédrico hombre.
    -Nadie debe saber dónde está.
    -¿Por eso nos tiene encerrados? -argumentó la japonesa- Creía que éramos sus amigos.
    -No, si divulgaban la información de su paradero. Luego, él no aprueba esa amistad tan férrea que han establecido entre los dos. No, no le gusta.
    -¿Qué significa esta farsa? ¿Una venganza? ¿Lo próximo es atarnos al palo mayor? ¿Tirarnos por la borda?
    -Espero que no sea necesario ser tan drásticos Sr.Arbogas -el contramestre recibió la visita de un nuevo grumete que dejó en la mesa una cuartilla blanca y un lápiz. La pistola del oficial se posó a unos centímetros del occipital del detective. Notaba la presencia de la pistola, pero no le infligía pavor.
    -¿Quiere que firme una confesión? ¿Una declaración que justifique una cobarde sentencia de muerte? -Kobayashi, presa ella sí del amedrentamiento, temblaba. Sus súplicas bordeaban el llanto.
    -No es necesario todo esto. ¿Podemos hablar con el Capitán? Él nos entenderá, somos buenos amigos.
    -Escriba todo lo que sepa Arbogas. No omita detalles. Sus vidas dependen de esta información. Queremos todos los datos. Direcciones, teléfonos...
    -Está loco Teodorakis. No soy una secretaria. Mi memoria está tan magullada como yo. Ni siquiera estando bien podría recordar. No entiendo esa insistencia -el oficial, gobernado por las dudas, blandiendo el arma al aire, se apartó para dar unas vueltas a su alrededor. Resopló como un búfalo antes de embestir.
    -La historia es más complicada. Es inevitable que conozcan la naturaleza de toda ella para que colaboren -se tomó unos segundos para proseguir con gravedad melodramática- Harris encargó un seguimiento de los dos. Enfureció al saber que se veían, y más aún cuando Arbogas comentó que sabía cómo encontrarlo. Ordenó registrar sus casas, y luego retenerlos en este barco. Dio unas coordenadas. En pocas horas estaremos en ese punto, pero perdimos la conexión con él. Hace dos días que no tenemos noticias suyas, y hasta ahora el tiempo era estable. Nadie de la tripulación conoce, ni siquiera yo, el paradero del capitán. El contacto era siempre telefónico y ese dato se mantuvo estrictamente en secreto. Puede que esté en peligro, muchos han sido los enemigos que se ha ganado en su vida. ¡Seguró que está en peligro! ¡Hable Arbogas! Hágalo de una vez.
    -Sigo sin comprender. Si Harris embarcó con otra nave, para reunirse con nosotros en un punto marítimo determinado, puede haber sido capturado o haber naufragado. Su dirección en tierra es en este caso del todo irrelevante.
    -No. Existe un protocolo de seguridad -la explicación del marinero contenía la dicción majestuosa, de un catedrático que se expresa con el tronco erguido delante de sus alumnos de la facultad- El capitán Harris no lo cumplió. Entendemos que no zarpó. Estamos seguros de ello. Debemos buscarlo en tierra. Algo grave tiene que haberle sucedido.
    -¿Entonces no nos dirigimos al sitio acordado? ¿Regresamos a casa? -indiferente a las palabras de Calcurnia, el contramaestre, impaciente, apercibió acariciando el lápiz que sostenía, al detective.
    -No me convence. No estoy seguro. Libérenla a ella. Calcurnia no sabe nada.
    -Si quiere le proporcionamos un bote y una brújula, y la dejamos a merced del destino. No sea ridículo Arbogas. Escriba. Es de capital importancia contactar con el capitán lo antes posible.
    -¿Y si no se logra nunca? ¿Estaremos indefinidamente navegando por los mares del planeta? -no hubo espacio para que Teodorakis siguiera aplacándolo, la nave osciló con mucha violencia, el lápiz de Bertram hizo una rayadura en el papel para terminar rompiendo parte de la punta, varias bandejas cayeron al suelo, y los cuerpos de los rehenes se abalanzaron sobre la mesa, que empezaba a estar llena de objetos caídos y restos de comida derramada. La confusión era una buena oportunidad para forzar una escapada, pero el enemigo estaba bien armado y cauteloso de sus zigzagueos.
    -Una pequeña inclemencia. Parece ser que esta noche el tiempo está respondón.
    -¿No será que el sustituto del capitán no está preparado? ¿Quién dirige esta nave? Nos escoramos demasiado -comentó Bertram despertando de su letargo. Rextor estaba ahora con ellos, hablando como un charlatán y con su habitual prosopopeya, dirigió su concupisciente mirada a Calcurnia.
    -No puede ser. Están aquí otra vez. Ellos nos dominan. Son capaces de mover esta habitación. Yo prefiero volar. Es mejor volar con él.
    -¡Rextor! Ahora no. Ten un cigarro de los míos. Te tranquilizará -ese hombre era inmune a cualquier explicación. Sus ojos estaban clavados en la japonesa, que intimidada, le dio réplica.
    -Está loco. ¿Qué dice este desdichado?
    -¡Se mueven! ¡Son capaces de moverse! Seguro que cantan, quiero verlos cantar -como si fuera un sonámbulo en la noche que alarga sus brazos para evitar superar los obstáculos, sus manos lamieron el escote de Kobayashi. Las yemas de un dedo tardan más en notar el calor del mango de una olla que está abrasando, que tiempo tuvo el encargado del polvorín en palpar esa parte de la nipona. Los cuatro nudillos de la mano derecha de ella, aunque pequeña, contactaron a una buena velocidad en la barbilla del ido. Había desplegado el puño como si fuera la palanca de lanzamiento de un máquina recreativa. Rextor, de poco peso, cayó contra la mesa y rodó hacia uno de los extremos. El contramaestre y el resto de marineros se acercaron a él sin dejar de vigilar a los presos.
    -¿Qué significa esto? -El superior señalaba dos líneas blancas que formaban un rastro en la mesa.
    -Este hombre es una caja de sorpresas. Tabaquero, encargado del polvorín y panadero -argumentó irónico el detective.
    -He volado, sí, pero prefiero volar con él -la mirada de ese adicto a los polvos blancos se alzó con tristeza mientras contemplaba el techo. Con la ayuda del anciano marinero, Rextor se sentó, aturdido por el golpe, pero calmado.
    -Tiene respuestas para todo Arbogas. Por eso está aquí. Obviemos este incidente. Perdemos el tiempo, se hace tarde. ¿Va a rellenar esa hoja? ¿Está dispuesto a decir dónde se encuentra nuestro capitán?
    -¿Y los cigarros que preparó Rextor? ¿Por qué no los hemos fumado?
    -Ahí están -con andar pesado, el grumete de la fregona se los acercó de una repisa -Si le ayudan a explayarse...
    -Él dijo que el capitán los había encargado para la cena.
    -Olvídese de Rextor y de los puros. ¿Piensa colaborar? -la tapa de la cigarrera se cerró dejando un halo de tabaco en su cercanía.
    -Tengo que pensar contramaestre.
    -No hay tiempo para ello -sin dar una segunda oportunidad, finalizó amenazantemente- De acuerdo. Ustedes lo han querido. Eso incluye a su amiga. Hay alternativas menos sociales que una charla para conseguir una confesión -no mellaron en él esas declaraciones. No tenía jindama, pero temía por la seguridad de ella, su punto flaco. Podía soportar el dolor físico, pero no el sufrimiento de Calcurnia. Sabía que ella sí tenía miedo, y la cogió de las manos. El contacto físico con Bertram dio calor a los ánimos de su acompañante, que recibió como un rayo las órdenes gritadas por el oficial.
    -Abajo, con las calderas. ¡Encapuchados y atados! La comitiva abandonó el salón y Arbogas recordó las palabras de la megafonía. ¿Vendría después de la cena, su funeral?

  2. El siguiente usuario ha agradecido a teo su mensaje:

    McQueen (29/10/2013)

  3. #2
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    ¿Vendría después de la cena, su funeral?

  4. El siguiente usuario ha agradecido a McQueen su mensaje:

    teo (29/10/2013)

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