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Tema: Ana la aprendiz

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    Ana la aprendiz

    Allí estaba yo, en la consulta del médico, total y absolutamente acojonado. Tres o cuatro semanas atrás había empezado a sentir molestias en una zona muy delicada para los hombres, en los testículos. Acudí a mi médico, que inmediatamente me envió a un especialista, donde se me practicaron varias pruebas. Ahora estaba en su despacho, esperando los resultados de las mismas y tan asustado que la camisa no me llegaba al cuerpo.

    - ¿Dónde se habrá metido este cabrón? - pensé - ¿querrá volverme loco o qué?

    Aún tuve que esperar cinco minutos más, era como si el tipo hubiera tenido que ir a por los informes hasta el mismo laboratorio y además andando. Por fin, la puerta volvió a abrirse y el doctor entró con un montón de papeles en la mano. Sin decir nada, se sentó a su mesa y se puso a repasarlos, como si aún no los hubiese leído. Yo sudaba como un cerdo. Un par de minutos después separó sus ojos de los documentos y los plantó en mí:

    - ¿Se encuentra usted bien? - me dijo - Tiene mala cara...

    - Sí, sí, estoy bien, es que hace un poco de calor - dije yo mientras mentalmente me cagaba en sus muertos.

    - Bueno, señor Rovira, aquí tengo los resultados de su examen médico.

    - ¿En serio?, yo creí que era prensa deportiva - estuve a punto de decirle, aunque en realidad me limité a sonreír nervioso.

    - Verá, hemos detectado un pequeño tumor en uno de sus testículos.

    El alma se me cayó a los pies, mi mundo se hundía, quería morirme.

    - Pero no se preocupe, es benigno y perfectamente operable.

    ¡Que resuenen las trompetas y las fanfarrias!

    - ¿De verdad? - acerté a balbucear.

    - Sí, tranquilo - dijo el médico sonriente - lo hemos detectado en una etapa muy precoz de su desarrollo. Sólo tendrá que pasar 3 o 4 días en el hospital y podrá llevar una vida perfectamente normal.

    - Pero, ¿no habrá secuelas? - De ningún tipo. Bueno, ¡tendrá que pasarse un par de semanitas sin sexo! - dijo riendo.

    Yo también me reí.

    - Si es sólo eso - en ese momento aquel tipo era mi mejor amigo. Si fuese gay, lo hubiera besado.

    Hablamos un rato sobre los detalles de la operación. Me ingresarían el martes siguiente, para hacerme unos análisis y otras pruebas. La intervención sería el miércoles por la tarde, recibiendo el alta con toda probabilidad el viernes o el sábado.

    Me marché a casa mucho más tranquilo. Iba por la calle, feliz, sonriente, todo me parecía de color de rosa. Nada más llegar, llamé a mi novia, Pili y le conté las buenas noticias. Me hubiese encantado que viniera a mi piso para celebrarlo, pero por desgracia se encontraba fuera de la ciudad. Era azafata y en ese momento estaba en Argentina y no volvería hasta la semana siguiente.

    La semana pasó rápidamente, teniendo que soportar las continuas bromas de mis amigos y compañeros de oficina, que si me iban a dejar eunuco, que la fimosis se opera de pequeño y otras lindezas similares. A medida que transcurrían los días, yo me iba poniendo cada vez más nervioso, pues por mucho que el médico dijera que era un procedimiento sencillo, no dejaba de ser una operación en mis pelotas y yo les tenía (y les tengo) mucho cariño.

    Por fin llegó el martes. La hora de ingreso eran las once de la mañana, así que me levanté temprano y preparé una pequeña maleta con ropa y objetos de aseo. Cogí un taxi y me fui a la clínica.

    Tuve que rellenar un montón de papeles antes de que me condujesen a planta. Por fin, terminé con los trámites burocráticos y un celador me llevó hasta el tercer piso.

    - Entréguele esto a la jefa de enfermeras - dijo dándome un fajo de papeles y señalando hacia un mostrador que había más adelante.

    Me dirigí hacia allí con los papeles en una mano y la maleta en la otra. El hospital era una clínica privada, por lo que en los pasillos no había enfermos arrastrándose, carritos de la limpieza, ni olor a desinfectante. Esto me alegró, pues yo detesto los hospitales. Al llegar junto al mostrador, dejé la maleta en el suelo y los papeles encima. De espaldas a mí había una mujer con el típico traje de enfermera, totalmente blanco, zapatos planos y cofia. Era muy alta, por lo que la falda le llegaba bastante por encima de la rodilla, lo que permitía observar parte de sus lustrosos muslos enfundados en unas sugerentes medias blancas. En ese instante se agachó para abrir un cajón de un archivador, con lo que alcancé a ver una porción todavía mayor de aquellas magníficas piernas. En esa postura su magnífico espléndido trasero apuntaba directamente a mí, por lo que censurables pensamientos comenzaron a asaltar mi cerebro.

    Por fin, la razón se impuso y dije con voz calmada:

    - Disculpe, señorita, ¿es usted la jefa de enfermeras?

    La chica se enderezó y se dio la vuelta, mirándome mientras esbozaba una ligera sonrisa.

    - Sí, soy yo, ¿qué desea?

    Ante mí estaba un bello ejemplar de mujer. Su rostro era muy atractivo, boca grande, de labios carnosos, sensuales, nariz aguileña, bien definida y unos ojos verdes que me miraron divertidos, como si supieran que yo poco antes estaba espiando a su dueña.

    Como yo me había quedado mudo, ella volvió a insistir:

    - ¿Desea usted algo?

    Por fin, reaccioné.

    - ¡Oh, sí, sí! Disculpe. Traigo estos papeles, me tienen que ingresar en esta planta.

    Ella tomó los impresos y se puso a leerlos. Mientras, yo le echaba disimuladas miradas. Llevaba todos los botones del uniforme abrochados menos el último, lo que me permitió contemplar su cuello, de piel morena y atractiva. Sus senos eran de buen tamaño, apretaban con firmeza la delantera de su vestido, que se veía bastante tensa. Sobre su seno izquierdo había prendida una plaquita. "Lucía Sánchez" decía. Yo estaba absolutamente hipnotizado.

    - ...Señor Rovira - dijo ella, creo que llevaba un rato hablándome ya.

    - ¿Cómo dice? - dije despertando.

    - Que me acompañe por favor.

    Levanté la mirada hasta su rostro y me di cuenta de que ella había notado perfectamente adonde miraba yo. Me invadió un repentino sentimiento de vergüenza, seguro de que estaba a punto de llamarme la atención, pero, para mi sorpresa, se limitó a esbozar una sonrisa pícara. Salió de detrás del mostrador y echó a andar por el pasillo.

    - Sígame - dijo.

    Yo recogí mi maleta y eché a andar tras ella. Me mantenía un par de metros por detrás, para poder contemplar cómo su precioso trasero iba bamboleándose en el interior de su uniforme. Parecía tener un motorcito allí dentro, así de bien lo movía.

    Por fin se detuvo frente a una habitación. Abrió la puerta y se apartó, para que yo entrara. Era la típica habitación de hospital, paredes blancas, una cama articulada, mesita de noche, armario empotrado y un sillón para las visitas. También había una mesa colocada a los pies de la cama, supongo que para la tele. Junto a la entrada había otra puerta, la del baño y al fondo, una ventana daba a la calle El cuarto era bastante grande, con seguridad cabría otra cama más.

    Entré y dejé mi maleta sobre la cama. Ella entró detrás mía.

    - Si necesita algo, pulse el timbre que hay en la cabecera de la cama y yo o una de mis compañeras vendremos enseguida. ¿Ha traído pijama? - comenzó a decirme.

    - Por supuesto.

    - Bien, póngaselo. Dentro de un rato habrá que sacarle sangre. ¿Desea que le traigamos una televisión? - No, gracias, he traído para leer. No soy muy aficionado a la tele.

    - De acuerdo. Si no necesita nada...

    - No, gracias, señorita Lucía.

    Ella me miró interrogante.

    - Oh, disculpe. Lo he leído en su placa.

    Ella miró hacia abajo, a su pecho. Levantó la mirada y la clavó en mí.

    - Ya comprendo - dijo con expresión seria.

    Yo estaba muy avergonzado.

    - Yo... Disculpe...

    - ¿Cómo dice? - No nada, nada - dije yo, rojo como un tomate.

    - Bien, pues hasta luego.

    Se marchó cerrando la puerta, dejándome bastante avergonzado.

    - ¿En qué estaría yo pensando? - exclamé.

    Ya no podía cambiar nada, así que comencé a deshacer la maleta. No me parecía buena idea ir por ahí cabreando a gente en cuyas manos iba a poner mis pelotas dentro de poco. Tras ordenarlo todo, empecé a desnudarme, para ponerme el pijama. Mientras me quitaba la ropa, me acordaba de Lucía. Estaba buenísima y encima, vestida de enfermera ¡Uuuummmm! ¡Qué morbazo!

    Cuando terminé de ponerme el pijama tenía una erección de campeonato. Estaba allí, de pié como un imbécil, contemplando el enorme bulto de mi pijama, cuando alguien llamó a la puerta.

    Como un rayo abrí la cama y me metí dentro, arropándome hasta el cuello.

    - ¡Adelante! - dije.

    Era Lucía. Entró empujando un carrito con instrumental.

    - Vengo para el análisis - me dijo.

    - De acuerdo - contesté yo incorporándome.

    Empujó el carrito hasta situarlo junto a la cama. Rebuscó un poco y se acercó a mí con una goma en la mano.

    - Súbase la manga - me dijo.

    Yo obedecí con presteza, quería portarme bien para que se olvidara de lo de antes.

    - Estire el brazo - continuó.

    En ese momento yo estaba pensando que no hay nada en el mundo para bajar una erección como la amenaza de una jeringuilla, pero entonces ella se inclinó un poco para atar la goma en mi antebrazo. Al hacerlo, noté que el segundo botón de su uniforme se había desabrochado, así que olvidé en un segundo todos los propósitos de portarme bien, y mi miembro recuperó de golpe todo su esplendor. Dirigí una mirada disimulada a su escote. Cuando se inclinaba, alcanzaba a ver el borde de un delicado sostén de encaje. Ella, tras atar la goma, golpeó con dos dedos en mi brazo, para que se marcaran las venas, pero yo apenas lo noté.

    Disimuladamente, fui estirando el cuello, para obtener una visión más amplia. Su seno iba revelándose poco a poco a mi mirada. Su sujetador era blanco, bordado, lencería fina sin duda. Estaba preguntándome si llevaría las braguitas a juego, cuando oí su voz que decía:

    - Ya está. Doble el brazo - dijo apoyando un poco de algodón sobre el pinchazo.

    Se incorporó y dejó la jeringuilla sobre el carrito. Con un hábil gesto, soltó la gomilla de mi antebrazo, mientras yo la miraba anonadado.

    - ¿Ya lo ha hecho? Es usted fantástica - le dije.

    - Gracias, una tiene sus trucos para hacerlo rápidamente y sin dolor - dijo dirigiéndome una mirada enigmática.

    Las implicaciones de lo que acababa de decir hicieron que me quedara momentáneamente cortado. ¿Qué quería decir? ¿Que era muy buena sacando sangre? ¿Que se había abierto el botón ella misma?

    - Bueno, me marcho - me dijo - Le traerán la comida dentro de media hora más o menos.

    - De acuerdo, gracias. Ya la llamaré si la necesito.

    - Lo siento - respondió - Yo no podré atenderle, me marcho ya. Mi turno acaba a la una y media.

    - ¡Ah! Ya veo. Pues entonces supongo que la veré mañana.

    - Sí, mañana por la mañana vendré para afeitarle.

    - Bueno, pues hasta luego - dije yo.

    - Adiós - dijo dirigiéndose a la puerta con el carrito.

    Entonces, lo que había dicho por fin penetró en mi mente y una espeluznante sospecha se apoderó de mí.

    - Perdone - le dije - ¿Ha dicho usted afeitarme?

    Ella se detuvo y se volvió hacia mí.

    - Afeitarle, claro.

    - Pero, ¿afeitarme cómo? - Afeitarle el pubis, por supuesto - dijo ella impertérrita.

    - ¿Qué?

    Ella me miró como una maestra mira al niño más torpe de la clase.

    - Señor Rovira, va usted a ser sometido a una intervención quirúrgica en la zona genital. Como comprenderá, es absolutamente necesario rasurarle y desinfectarle esa parte.

    - Sí, claro, ya comprendo. Es sólo que no lo había pensado.

    - De acuerdo, pues hasta mañana.

    - Hasta mañana.

    Ella cerró la puerta tras salir, y yo me quedé allí, alucinando. ¡Esa pedazo de tía iba a afeitarme los huevos! ¡Dios mío! ¡Qué podía hacer! Ya la había cagado bastante con ella ese día, ¿qué pasaría al siguiente, cuando ella empezara a manipular por ahí abajo y mi polla se empalmara?

    Traté de tranquilizarme, pero la perspectiva del increíble ridículo que iba a hacer me lo impedía.

    - Vamos, tío - me decía - Es una profesional, seguro que si te pasa no le importa en absoluto. Además, ya piensa que eres un pervertido, ¿qué mas da que piense que eres un degenerado?

    Estuve un buen rato sumergido en este tipo de pensamientos, cuando de repente, llamaron a la puerta. Tras dar mi permiso, entró en la habitación otra enfermera, una bastante mayor, de 50 años al menos.

    - ¡Ojalá me afeitara ésta! - pensé.

    - Buenas tardes - me dijo - Le traigo el almuerzo.

    - Muchas gracias.

    La enfermera acercó la bandeja hasta la cama. Estaba colocándomela bien cuando sonaron unos golpecitos en la puerta. Alcé la vista y allí estaba Pili, mi novia, todavía llevando su uniforme de azafata.

    - ¡Pili! - exclamé - ¿Ya estás de vuelta? - Sí querido - respondió ella sonriente - Adelantaron mi vuelo y me he venido directamente a verte. Ni siquiera he pasado por casa.

    - Luego vendré a por la bandeja - dijo interrumpiéndonos la enfermera.

    - Sí, sí, muchas gracias.

    Mientras la vieja salía, Pili se acercó a mí y me plantó un fuerte beso en los morros.

    - ¿Y qué cómo estás? - dijo dejándose caer en el sillón.

    - Pues qué quieres, un poco nervioso, pero bien.

    - Vaya, creí que estarías cagado del susto, con lo aprensivo que eres - dijo riendo.

    - Ja, ja. Muy graciosa.

    Nos quedamos callados, mirándonos. Yo le dirigí una apreciativa mirada. Estaba la mar de sexy con su uniforme azul y las medias negras, llevando su rubio cabello recogido; más de una vez habíamos echado un polvete llevándolo ella puesto, por puro morbo.

    - ¿Qué miras? - me dijo.

    - Estás buenísima con ese traje - le dije.

    - Sí, lo sé - respondió sonriente.

    Seguimos conversando durante un rato, sobre la operación, su viaje, la situación en Argentina. Mientras, yo iba comiendo un poco de la sosa comida que me habían traído. Ella se puso cómoda, se echó hacia atrás y cruzó las piernas. Como el sillón era muy bajo, su trasero quedaba hundido, muy por debajo de sus rodillas, por lo que su minifalda se subió, revelando una buena porción de muslo. Alcanzaba incluso a ver el final de sus medias y el broche del liguero. Me estaba poniendo como una moto.

    - Pili - le dije.

    - Dime.

    Una ominosa idea iba tomando forma en mi mente.

    - Verás, quería pedirte un favor.

    En ese momento llamaron a la puerta y la enfermera asomó la cara.

    - ¿Ha terminado? - preguntó.

    - Sí, sí, pase.

    Entró y recogió la bandeja. Pocos segundos después volvía a salir cerrando la puerta tras ella.

    - Ahora estaremos un rato tranquilos - pensé.

    - Ven siéntate aquí - le dije a mi novia palmeando en el colchón.

    Ella no dudó ni un segundo. Se levantó y se sentó a mi lado. Yo, poniéndole una mano en el cuello, la besé tiernamente. Mientras lo hacía, llevé mi otra mano hasta su cacha y empecé a acariciarla.

    - ¡Ay, estáte quieto jolín! - Nena, por favor - dije gimoteante.

    - ¿Se puede saber qué te pasa?

    Yo la miré seriamente y se lo solté de sopetón:

    - Hazme una paja.

    - ¡¿QUÉ?! - Que me hagas una paja - repetí como si ella no me hubiera entendido.

    - ¡Estás loco! - Loco de calentura.

    Pili se levantó bruscamente de la cama y fue a sentarse nuevamente en el sillón, cruzándose de brazos, enfadada.

    - En eso estaba yo pensando, en pegarme 10 horas de vuelo para venir a cascársela a mi novio en un hospital.

    - Espera, déjame que te explique.

    - Explicarme qué. ¿Que eres un salido? - No, no es eso - contesté con tono serio.

    - No me interesa lo que vayas a decirme, no pienso hacerlo, podrían pillarnos.

    Me quedé callado unos segundos.

    - Verás Pili, llevamos más de una semana separados ¿verdad? - Sí, pero me da igual si vas caliente por eso.

    - Exacto, hace bastante tiempo que mis necesidades no se ven satisfechas.

    - ¿Qué quieres decir? ¿Qué tengo que "satisfacer tus necesidades" cuando a ti se te antoja? - No, mujer, no - continué - déjame explicarme.

    Ella no dijo nada, se limitó a echarme una mirada de enojo.

    - Mira, lo cierto es que no he tenido sexo en una semana, por lo que me excito con facilidad.

    - Ya lo veo - dijo Pili, cortante.

    - Pues sucede que mañana por la mañana, una enfermera vendrá a afeitarme el pubis.

    - ¿Cómo? - exclamó ella incorporándose, noté que había un brillo divertido en su mirada.

    - Lo que has oído, mañana vendrá la enfermera a rasurarme y yo estoy muy nervioso. ¿Te imaginas la vergüenza que voy a pasar cuando comience a trastear por ahí abajo y yo me empalme? Por favor Pili - dije juntando mis manos como si rezara - No puedes dejarme así.

    Abrí las sábanas, dejando al descubierto mi pijama. En él se apreciaba un notable bulto a la altura de la ingle, pues yo, con la sesión de manoseo y la conversación, había vuelto a excitarme. Pili echó una mirada apreciativa a mi entrepierna.

    - ¡Pobrecito! - dijo con tono pesaroso, aunque se notaba que estaba a punto de partirse de risa.

    - Sí, tú ríete, pero yo estoy muy preocupado.

    - ¿Lo que no entiendo es cómo se te va a empalmar con semejante adefesio! - ¿Adefesio? - dije yo perplejo.

    ¡Claro! Ella no había visto a Lucía, sino sólo a la vieja.

    - Pues mucho peor - mentí - Imagínate qué vergüenza empalmarse con esa vieja, pero en el estado en que estoy, bastará con que me rocen ahí abajo.

    - ¡Ja, ja, ja! - Pili, por favor no te rías, que yo estoy muy serio.

    - Perdona - dijo todavía riéndose.

    - Además, no van a pillarnos. La vieja ya se ha llevado la bandeja y no hay razón para que vuelva si yo no la llamo.

    Ella seguía mirándome divertida, aunque yo notaba que ya la tenía en el bote.

    - Y otra cosa - dije con tono sensual.

    - ¿Qué? - A lo mejor mi picha le gusta a esa vieja y decide hacerme un "trabajito" ella misma. No sé si tendría fuerzas para resistirme...

    - Eso es verdad - dijo ella levantándose insinuante - ¡Tu polla es taaan bonita! - ¿A que sí? - seguí bromeando.

    - A ver, nene, enséñame la colita para ver si es cierto que no puede más.

    Yo, muy animado, sujeté las sábanas con una mano mientras con la otra me bajaba los pantalones, dejando mi miembro al aire.

    - ¡Aaaay! ¡Pobrecita! - dijo con tono de niña pequeña.

    - Venga, Pili, no tontees más - dije lastimosamente.

    - Bueeeno - dijo ella sentándose a mi lado.

    Ella llevó su mano hasta mi falo y lo acarició delicadamente. Sentí que la electricidad recorría mi cuerpo.

    - ¿Tienes pañuelos de papel? - dijo empezando a pajearme.

    - Por ahí debe de haber, pero no los necesitamos ¿verdad?

    Ella me entendió perfectamente, aunque hizo como si no comprendiera diciendo:

    - ¿Ah sí? ¿Y por qué? - Pues porque había pensado que podrías acabar con la boca.

    - Eres un guarro ¿lo sabías? - ¿Yo? - pregunté con aire inocente.

    - Sí tú.

    - ¿Y quién fue la que me hizo comerle el coño en Euro Disney?

    Ella me miró sonriente, sin parar de masturbarme.

    - Aquello fue diferente - dijo.

    - ¿En qué? - Bueno - dijo encogiéndose de hombros - Si allí nos pillaban nos bastaba con no volver en la vida, pero aquí hay que volver mañana.

    - Eso es cierto - reconocí - pero ya no puedes dejarme así.

    - Tranquilo - me dijo guiñando un ojo.

    Su paja era lenta, enloquecedora. Pili era (y es) una auténtica maestra en esos menesteres. Yo disfrutaba como un enano. Llevé mi mano hasta su muslo y comencé a acariciarlo lentamente. Poco a poco la introduje bajo su falda, deslizándola por la cara interna de sus piernas, sintiendo el tacto sedoso de sus medias. Por fin llegué hasta sus braguitas, las eché un poco hacia un lado y metí los dedos dentro. Estaba empapada.

    - ¡Aahhhh! - suspiró.

    - ¡Joder Pili! ¡Cómo te pones! - ¿Uumm? - ¡Estás chorreando! ¡Se nota que te gusta el morbo! - Eso ya lo sabías ¿no? - La verdad es que sí.

    Seguimos disfrutando durante un rato, masturbándonos mutuamente. Pili me pajeaba espléndidamente, pero, lo cierto es que yo también soy bueno con las manos y su coño me lo conozco al dedillo. En pocos minutos, hice que se corriera.

    Pili es una auténtica diosa del sexo, sus orgasmos son fuertes e intensos, lo que da al macho una sensación de poder, de ser buen amante. Al correrse, apretó con fuerza los muslos y se derrumbó sobre mi pecho, dejando durante unos instantes de pajearme mientras jadeaba. Mi polla protestó por esta interrupción.

    - Pili, cariño.

    - ¿Ummm? - Mi polla, mírala la pobre.

    Ella sonrió y estiró el cuerpo. Parecía una gatita satisfecha.

    - Eres un muchacho muuuy maaalo.

    - Sí, sí, pero por favor.

    Ella miró mi miembro latiente. Esbozó una sonrisa de zorra que yo conocía muy bien y acercó su cara a mi entrepierna.

    - Tranquilo - me dijo - te voy a dejar tan seco que mañana no se te levantará ni con una grúa.

    - Así lo espero - pensé.

    Ella me la agarró por la base. Yo cerré los ojos para disfrutar y sentí como su lengua me la recorría desde los huevos hasta la punta. Iba a ser increíble.

    - ¡Toc, toc! - llamaron a la puerta, y sin esperar mi contestación, comenzó a abrirse.

    Pili pareció desaparecer de mi lado y volver a materializarse sentada en el sillón, así de rápido se movió. Tenía las mejillas arreboladas mientras se arreglaba un poco la ropa. Yo simplemente volví a arroparme, con la polla doliéndome horrores y cagándome mentalmente en todos los muertos de quien quiera que fuese.

    - ¡Hola, cariño! ¿Cómo estás?

    ¡Oh, Dios mío! ¡Mis padres estaban allí!

    - Hola mamá - dije casi lloroso.

    - ¿Te encuentras bien? Tienes mala cara.

    Si ellos supieran...

    - No, estoy bien. Sólo un poco nervioso.

    Entonces Pili se levantó a saludarles.

    - Buenas tardes Encarna - dijo acercándose a mi madre.

    - ¡Pili! ¡Cariño! No te había visto - dijo mi madre besándola en ambas mejillas.

    - Sí es que el sillón está ahí, escondido. Hola Cristóbal - también saludó a mi padre con un par de besos.

    - Hola Pili - dijo él.

    - Encarna, siéntese usted en el sillón - dijo Pili.

    - No, no cariño. Siéntate tú, debes estar reventada del viaje. ¡Si todavía llevas el uniforme! - Sí, es que acabo de llegar.

    Mi madre no admitía un no por respuesta, y Pili lo sabía, así que se dejó caer de nuevo en el sillón, cruzando las piernas.

    Mis padres estuvieron allí dándome el coñazo durante más de una hora. Yo sólo podía pensar en que se fueran, pues la polla seguía doliéndome. No hay nada peor que quedarse a medias. Era por eso que yo parecía distraído, por lo que encima tenía que soportar las bromitas de mis padres sobre lo asustón que yo era.

    Pili intervino poco en la conversación. Se notaba que estaba cansada y de vez en cuando no podía evitar bostezar con fuerza. También advertí las disimuladas miradas que mi padre dirigía a las piernas de mi novia, supongo que en cuestión de mujeres en uniforme, he salido a él.

    Por fin, mis padres decidieron marcharse. Yo me animé un poco, pero entonces mi madre se encargó de hundirme la moral.

    - Cristóbal vámonos ya - dijo - Y tú te vienes con nosotros.

    - ¿Yo? - dijo Pili.

    - ¡Por Dios no! - grité mentalmente.

    - Sí tú - insistió mi madre - estás a punto de quedarte dormida.

    Pili me miró mientras yo ponía cara suplicante.

    - No se preocupe Encarna, todavía me quedo un rato.

    - De eso nada niña. Que te he visto bostezando. Tú te vienes con nosotros y te dejamos en casa. Éste se puede quedar un rato solo, pero tú te vas a quedar ahí frita. Necesitas descansar.

    Mi madre me había derrotado. Pili me miró con expresión interrogante. Yo me encogí de hombros. Pili se acercó a la cama y me dio un casto beso.

    - Lo siento - susurró.

    - ¡Pues anda que yo! - pensé.

    - Bueno, mañana por la mañana vendré a verte.

    - Me operan a las cinco, así que ven por la tarde.

    - ¿Seguro? - Tranquila, estaré bien.

    - Pues hasta mañana - me dijo.

    - Adiós, cariño - dijo mi madre.

    - Sí, sí, adiós.

    Se marcharon todos. ¡Vaya putada! Tenía una erección de campeonato y me habían dejado a medias en una situación de las más eróticas de mi vida. Qué se le iba a hacer. Me levanté y fui al baño, donde me hice una paja rápida, para aliviarme un poco. Me pasé el resto de la tarde leyendo, tratando de no pensar en lo que había pasado. Por la noche la enfermera me trajo la cena y se quedó un rato charlando conmigo. Era bastante simpática y me sentí un poco culpable por haberla llamada adefesio.

    Por la noche y como no podía dormir, me hice un par de pajas más en el baño, para vaciar bien los depósitos y evitarme disgustos al día siguiente. O eso creía yo.

    Descargado, por fin logré dormir y no me desperté hasta la mañana siguiente, cuando Lucía me trajo el desayuno.

    - Buenos días - me dijo.

    - Buenos días - dije sentándome en la cama.

    - ¿Ha dormido usted bien? - Al principio me costó un poco, pero después dormí como un lirón.

    - Eso es por los nervios, no se preocupe.

    Colocó la bandeja frente a mí y pude observar que los botones de su uniforme estaban correctamente abrochados.

    - Vendré dentro de un rato a por la bandeja - dijo.

    Mientras salía, seguí el cadencioso ritmo de su trasero con la mirada. Desayuné poco, estaba nervioso, pues aunque me había desfogado a conciencia, la tía estaba muy buena y yo no las tenía todas conmigo. Como a la media hora, Lucía regresó.

    - ¿Ha terminado? - dijo asomando la cabeza en el cuarto.

    - Sí, gracias.

    Diligentemente, recogió la bandeja y la sacó al pasillo, supongo que la dejó en un carrito. Volvió a entrar y se acercó a la cama.

    - Señor Rovira.

    - Dígame - dije yo bastante nervioso.

    - Verá, quería pedirle un favor.

    - ¿Sí? - Quería decirle si le importaría que le afeitase otra enfermera.

    Lo cierto es que me sentí un poco decepcionado, pero la sensación de alivio fue tan grande que no me importó. ¡Tanto comerme la cabeza para nada!

    - Bueno, no, no me importa. Pero no comprendo por qué tiene que pedirme permiso, ustedes deciden quien lo hace.

    - No, verá usted. Sucede que se trata de una estudiante en prácticas y por eso hay que solicitar su autorización.

    - ¿Una estudiante? - De último curso.

    Me puse un poco nervioso.

    - No sé - dije - ¿no es un poco arriesgado? - No se preocupe - dijo sonriendo - No puede pasar nada, la cuchilla es especial. Es sólo para que practique, pero si no quiere...

    Me lo pensé un segundo, y decidí aceptar porque si no lo hacía y después me empalmaba, ella pensaría que lo había hecho adrede.

    - De acuerdo, por mí no hay inconveniente.

    - Muchas gracias. Iré a avisarla - dijo dirigiéndose a la puerta - Mientras tanto, tome una buena ducha, para asearse.

    - Esto, Lucía.

    - ¿Sí? - dijo volviéndose.

    - Como me pase algo la perseguiré eternamente - bromeé.

    - De acuerdo - rió ella marchándose.

    Me quedé más tranquilo. Bueno, al final Lucía no iba a afeitarme, menos mal. Obedecí sus instrucciones y me duché, cambiándome de ropa interior y de pijama. Cuando terminé, aún tuve que esperar unos minutos hasta que Lucía reapareció empujando un carrito con una jofaina encima. Cuando vi a la mujer que entró después, me quise morir.

    Era una chica de unos 20 años, 1, 60, cabello rubio, rizado, ojos azules. Su rostro parecía auténticamente el de una niña. Vestía el uniforme de enfermera, pero sobre él llevaba una especia de delantal blanco con rayas rosas, para indicar que era aprendiz. Se veía que estaba un tanto avergonzada. Estaba buenísima.

    - Señor Rovira - dijo Lucía - Ésta es Ana, se encargará de afeitarle.

    - Buenos días - dijo tímidamente.

    - Buenos días - respondí alelado - ¿No es un poco joven? - Tiene más de 20 años - respondió Lucía - No se preocupe, está plenamente cualificada.

    Mientras hablábamos, Ana llevó el carrito junto a la cama.

    - ¿Prefiere que me quede señor Rovira? - preguntó Lucía.

    - No, no, márchese, no se preocupe. Esto me da un poco de vergüenza, así que cuanta menos gente haya, mejor - acerté a decir.

    Era cierto, si tenía que pasar vergüenza, al menos que fuera frente a una sola persona. Lucía se acercó a Ana y le dio unos últimos consejos.

    - Me voy, avísame cuando esté listo y vendré a revisarlo - dijo.

    - ¿Revisarlo? - pregunté sorprendido.

    - Claro - respondió ella - Hay que asegurarse de que el afeitado sea correcto, es para supervisar su tarea.

    - Ah, comprendo.

    Lucía salió, cerrando tras ella, dejándonos a solas a aquel bombón y a mí.

    - Bueno - dijo ella insegura - ¿Comenzamos ya?

    Se acercó a la cama y apartó las sábanas. Intentó bajarme los pantalones, pero no podía.

    - Levante un poco el trasero por favor.

    Yo obedecí y ella no sólo me bajó los pantalones y los calzoncillos, sino que me los quitó por completo. Noté que dirigía una mirada fugaz a mi miembro, lo que me excitó sobremanera.

    - ¡Margaret Tatcher en bolas! ¡Margaret Tatcher en bolas! - no dejaba de pensar para mantener mi miembro en reposo.

    Se acercó al carrito y tomó un guante de látex, colocándoselo en la mano izquierda. Después tomó un recipiente con espuma y una brocha de afeitar.

    - ¿Sólo un guante? - pregunté.

    - Sí, la mano de la cuchilla es mejor tenerla libre, porque al fin y al cabo no va a tocar su...

    Al decir esto enrojeció violentamente, lo que repercutió profundamente en mi grado de excitación.

    - ¡Margaret Tatcher en bolas! ¡Margaret Tatcher en bolas! - volví a recitar mentalmente.

    Respiró profundamente y comenzó a enjabonarme, el escroto, el pubis, por encima, por debajo, incluso la cara interna de los muslos.

    - Oiga, Ana, ¿los muslos también? - Sí, y también la parte inferior del estómago, es importante que no haya vello en toda la zona - respondió mientras enjabonaba también mi barriga.

    El tacto suave de la brocha con espuma estaba empezando a calentarme. La situación no podía tener más morbo. Involuntariamente, mi pene comenzó a despertar. No me empalmé, pero empezó a ponerse morcillón. Miré a su rostro y vi que estaba absolutamente rojo, sin duda se había dado cuenta.

    Por fin dejó la brocha a un lado y trasteó en el carrito unos segundos de espaldas a mí. Gracias a eso, logré tranquilizarme un poco, mientras repetía mi exorcismo. Se dio la vuelta, llevando una cuchilla en la mano y acercó más el carrito a la cama.

    Comenzó a afeitarme el estómago, una parte bastante inocente, así que logré controlarme. Ella iba enjuagando la cuchilla de vez en cuando en la jofaina, limpiándola de espuma. Después siguió por los muslos y yo pensé que estaba dejando lo bueno para el final, pensamiento que no contribuyó a relajarme precisamente.

    Cuando empezó a afeitarme el pubis, mi cuerpo se tensó tanto que hasta ella lo notó.

    - Relájese - me dijo - No voy a cortarle.

    - No, si no es eso lo que me preocupa - respondí sin pensar.

    Sus mejillas, que parecían haberse tranquilizado un tanto, volvieron a ponerse del color más rojo que he visto en mi vida.

    Yo ya no podía más, mi polla volvía a estar morcillona mientras yo trataba de resistirme. La situación era tan erótica que se volvía insoportable por momentos, además yo notaba un extraño calor o picorcillo en las zonas ya rasuradas.

    Entonces llegó el apocalipsis, tenía que afeitarme por debajo y mi miembro le estorbaba. Noté cómo sus dedos asían tímidamente mi verga y la mantenía separada de mi ingle mientras iba afeitando por debajo. No me importó que llevara guantes, no me importó el ridículo, ya me daba todo igual, así que me abandoné.

    Mi miembro fue adquiriendo sus máximas proporciones en su mano. Ana trataba de adoptar una aptitud profesional, pero yo notaba que estaba pasando mucha vergüenza, lo que incrementaba mi calentura. Su mano enguantada agarraba mi picha ya completamente dura, con la cabeza escarlata asomando, con todas las venas bien marcadas. Daban igual todas las pajas que me hubiera hecho la noche anterior, aquella niña era capaz de levantársela a un muerto.

    Seguimos así un buen rato, mientras afeitaba los últimos recovecos de mi escroto. En ocasiones me la soltaba para apartar los huevos y afeitarme bien por allí. Cuando lo hacía, mi pene se sostenía solo sin problemas, pero enseguida ella volvía a asirlo y yo empecé a preguntarme por qué.

    Por fin, terminó el afeitado. Sin decir nada, soltó la cuchilla en el carrito y tomó una toalla. Me limpió bien toda la zona con ella, eliminando los últimos restos de espuma. Después revisó bien la zona, en busca de algún pelo suelto. Al hacerlo, tomaba mi pene con dos dedos, apartándolo para ver detrás. Acercaba su cara en ocasiones para ver mejor, yo casi sentía su respiración sobre mi miembro. Me quería morir.

    Satisfecha, tomó un bote del carrito y se echó un líquido en la mano enguantada y comenzó a extenderlo por toda la zona rasurada. Supuse que era leche hidratante o algo así, para evitar el escozor, pero lo cierto es que no me importaba lo que fuera. Entonces ella hizo algo muy extraño, extendió el líquido también sobre mi polla, recorriéndola con su mano de arriba abajo.

    - ¿Qué coño hace? - pensé excitadísimo - Si ahí no me ha afeitado.

    Ella interrumpió mis pensamientos.

    - Bueno ya está.

    Miré hacia abajo y eché un vistazo. Me sorprendió mucho ver cómo quedaba mi polla sin un solo pelo. Me gustó. Alcé la vista y vi que ella apartaba avergonzada los ojos de mi miembro y comenzaba a recoger las cosas. Se quitó el guante y organizó de nuevo todo lo del carrito. Terminó de hacerlo y se quedó allí, plantada.

    - ¿Llamo a la enfermera? - pregunté - No, no todavía - respondió un poco alarmada.

    - ¿Cómo?

    Ella se puso coloradísima y dijo:

    - Será mejor esperar un poco.

    Yo me quedé un tanto perplejo. Ella se apoyó en la pared, con las manos en la espalda mirando al techo distraída.

    - Pero ¿qué coño le pasa? - pensé.

    Pero entonces, la luz se hizo en mi mente y comprendí por qué no se marchaba.

    - Vamos a por ella - pensé.

    La miré fijamente, mientras ella seguía fingiendo estar despistada.

    - Ana - le dije.

    - ¿Sí? - ¿Se puede saber a qué esperamos? - Bueno... - dijo azorada.

    - Porque si estamos esperando a que esto se baje solo, nos van a dar las uvas.

    Su rostro volvió a enrojecer, había dado de lleno.

    - ¿Qué te pasa? ¿Te da vergüenza que Lucía vea en qué estado me has puesto?

    La mirada que me dirigió me demostró que había acertado.

    - No, no es eso... - mintió.

    - ¿Ah, no? Pues tú dirás, porque si es eso te aseguro que vamos a estar aquí muuucho raaato.

    Ella me miró, se la veía un tanto asustada.

    - Perdone - dijo.

    - ¿Sí? - ¿Podría taparse? - ¿Por qué? ¿No tiene que venir tu jefa a revisar tu trabajo?

    Mientras decía esto, agité el culo levemente, de forma que mi polla pegó un bote.

    - No haga eso - me dijo.

    - ¿El qué? ¿Esto? - dije repitiendo el movimiento.

    - Sí, eso - dijo ella muy seria.

    - ¿Por qué? ¿Te molesta? - Sí.

    - Pues a mí me molesta que me hayas dejado así - dije cogiéndome la polla de la base y apuntando al techo.

    Ella apartó la vista, avergonzada.

    - Vamos, vamos, mi niña. Una chica tan sexy como tú habrá visto un montón de estas.

    - .........

    - Mira, Ana, tu jefa podría aparecer en cualquier momento e imagínate la vergüenza que vamos a pasar los dos.

    - Ha dicho que la llamáramos.

    - ¡Buena idea! - exclamé - La llamaré ahora mismo.

    Cogí el timbre de la cabecera de la cama, pero ella se abalanzó sobre mí quitándomelo.

    - ¡No! - casi gritó.

    - ¿Por qué no? A mí me operan dentro de un rato y no podemos estar así todo el día. Si tú no vas a hacer nada para aliviarme, será mejor que llamemos a tu jefa y que venga a revisar tu obra.

    - Por favor, no lo haga.

    - ¿Por qué no?

    Ella se puso muy seria y me dijo:

    - Ya tuve problemas con un paciente. Era mi novio y nos pillaron besándonos, por lo que me echaron una buena bronca.

    - Comprendo y esto puede ser un problema ¿verdad? - Sí - respondió bajando la mirada.

    Estaba en mis manos. Con un poco de persuasión podía incluso follármela, pero aquello sería traicionar demasiado a Pili, así que decidí conformarme con algo menos.

    - ¿Sabes? Podría llamar a tu jefa y decirle que me has estado manoseando mientras me afeitabas.

    Su cara adquirió una tremenda expresión de horror.

    - ¡No se atreverá! - exclamó.

    - Claro, que no mi niña - dije tranquilizándola - pero eso no cambia nada. Mi polla no va a bajarse solita y antes o después Lucía aparecerá si no la llamamos. Venga, bonita, a ti no te cuesta nada...

    Ella aún dudó unos segundos.

    - Te juro que te recomendaré vivamente a tu jefa...

    Por fin cedió.

    - ¿Qué quiere que haga? - preguntó vencida.

    - Que me cantes algo, no te jode - pensé.

    - Ven aquí - le dije.

    Ella se acercó hasta quedar a mi derecha. Yo tomé su mano por la muñeca y la conduje sobre mi miembro, apretando sus dedos sobre él. Retiré mi mano y la suya permaneció allí, empuñándolo.

    - Vamos, preciosa, empieza.

    Con la mirada un poco perdida, comenzó a masturbarme. No lo hacía muy bien, su mano se movía muy rápido.

    - Así no - le dije - Hazlo bien. Estoy seguro de que sabes hacerlo mucho mejor.

    Reanudó la paja, esta vez más lentamente, con mucho más arte. Sin lugar a dudas, aquella mujer con cara de niña había hecho más de una. Su mano se deslizaba hábilmente sobre mi polla, apretando convenientemente en los puntos adecuados. Mi miembro estaba aún lleno de leche hidratante, por lo que su mano se deslizaba estupendamente. De vez en cuando, me la soltaba, limitándose a pasar la palma de su mano por toda la longitud, desde los huevos hasta la punta, como extendiendo bien la leche esa.

    Otras veces, sus dedos formaban una capucha que rodeaba mi glande, masturbándolo durante unos segundos. Entonces su mano se deslizaba hacia abajo y volvía a empuñar mi garrote, pajeándolo. Estaba disfrutando como un loco, pero las tres pajas del día anterior acudieron en mi ayuda, permitiéndome resistir y alargar mi estancia en aquel paraíso.

    Era realmente fantástica, creo que incluso algo mejor que Pili. Miré a su rostro y noté un inequívoco brillo de excitación en la mirada. Me decidí a dar un paso más.

    Disimuladamente, llevé mi mano derecha hasta el borde de su falda y la metí por debajo, plantándola directamente en su culo. Pude notar perfectamente que llevaba tanga.

    - ¡Eh! - protestó ella - En eso no habíamos quedado.

    - Vamos Ana - le dije - Así me excitaré más y acabaremos antes.

    El argumento era débil, pero pareció convencerla, así que volvió a concentrase en su tarea, dejándome hacer. Yo comencé a magrear su culo con energía, amasándolo. Tenía un trasero magnífico, duro y apretadito. Con mis dedos aparté el tanga y los introduje en la raja de su culo, buscando su ano. Lo encontré e intenté meter un dedo dentro. Ella me miró muy seria.

    - No, eso no - me dijo.

    - Como quieras - concedí y seguí acariciando su trasero.

    La paja era magnífica, esa tía era una experta. No me extrañaba que la tuvieran por una zorra en el hospital, es que lo era.

    - Ana - le dije.

    - ¿Sí? - respondió sin interrumpir su trabajo.

    - Sería mejor que cogieras una toalla, si no lo pondré todo perdido.

    - No te preocupes - contestó.

    Entonces se abalanzó vorazmente sobre mi polla y se la metió de un viaje en la boca. Yo no me lo esperaba, pero desde luego no me resistí. Si la tía era buena con la mano, con la boca era una auténtica artista. ¡Cómo la chupaba! Su cabeza subía y bajaba por mi falo, llegando siempre hasta el fondo, donde se detenía para estimularme apretando con la garganta. Era increíble.

    Su culo quedaba totalmente en pompa y yo quería devolverle un poco el favor, pero mi mano no llegaba bien desde atrás, así que agarré bien su trasero y lo acerqué más hacia mí. Ella comprendió lo que yo quería y no sólo no se resistió, sino que separó un poco sus muslos, dejándome mejor acceso.

    Conduje mi mano por detrás, entre sus piernas y aparté su tanga. Me apropié con fuerza de su coño, que a esas alturas estaba chorreando. Hundí mis dedos en su interior y comencé a masturbarla.

    - ¡Ughghg! - farfulló ella con la boca llena con mi polla.

    Seguimos así un momento, pero la postura era incómoda para mí, porque tenía que inclinarme mucho hacia un lado, pues ella no era muy alta. Entonces le dije:

    - Súbete aquí.

    Ella me entendió perfectamente. Se sacó mi polla de la boca, un fino hilo de saliva iba desde la punta hasta sus labios. ¡Menuda visión! Siguió pajeándome lentamente mientras se subía a horcajadas sobre la cama, su culo frente a mi cara. Inmediatamente, volvió a meterse la polla hasta el fondo en la boca, reanudando aquella increíble mamada.

    Yo subí su uniforme hasta su cintura, aparté su tanga a un lado y comencé a frotar su raja con mi mano, lo que le arrancó profundos gemidos. La agarré por las caderas, atrayéndola hacia mí. Por fin, su coño quedó sobre mi cara, chorreante, hermoso. Separé sus labios con los dedos y hundí mi lengua en su interior.

    Un tremendo espasmo recorrió su cuerpo y se transmitió a mi polla. A aquella zorra le encantaba que se lo chuparan, así que me dediqué a complacerla. Recorrí su vulva con la lengua, de arriba abajo. Chupaba y tragaba todo lo que de allí salía. Busqué su clítoris, y lo encontré, gordo y jugoso y lo introduje entre mis labios, chupándolo como haría un bebé con el pezón de su madre. Metí un par de dedos en su interior, masturbándola mientras estimulaba su clítoris.

    Ella gemía como loca, creo que incluso hablaba, pero no se le entendía nada con la boca llena. A pesar del placer que estaba sintiendo, en ningún momento interrumpió la mamada, era toda una profesional. El mejor 69 de mi vida.

    Por fin, se corrió con violencia. Yo notaba que ella gritaba, pero con mi falo hundido hasta el fondo sólo se escuchaban gorgoteos incoherentes. Yo noté que también me iba, pensé en avisarla, pero recordé que ella me la chupaba para no manchar las sábanas.

    Y me corrí. Mi polla disparó sus lechazos directamente en lo más hondo de su garganta. Yo pensé que se ahogaría y se pondría a toser, pero no fue así. Mantuvo mi verga bien hundida, tragándoselo todo. Fue alucinante.

    Nos quedamos así unos segundos, reposando. Ella con mi polla menguante en la boca y yo con la nariz en su chocho. Por fin, pareció despertar y descabalgó mi cara. Se puso en pié y comenzó a arreglarse la ropa. Yo la contemplaba, respirando agitado.

    Sin decir nada, cogió una toalla del carrito y me secó por todas partes, eliminando los restos de saliva. Después abrió la ventana, para airear el cuarto y fue al baño, a arreglarse el pelo.

    Mi polla reposaba satisfecha sobre mi vientre, reducida al mínimo. Ana regresó y tocó el timbre. Entonces, sin decir nada, me besó. Tras hacerlo, se apartó de mí y se quedó junto al carrito.

    Poco después se abrió la puerta y entró Lucía.

    - ¿Has terminado? - preguntó.

    - Sí, ya está listo.

    Lucía se acercó a mí y me echó un buen vistazo a la entrepierna. La revisó por todas partes y pareció quedar satisfecha con el resultado. De ni haber estado tan cansado, sin duda aquello me habría excitado.

    - Buen trabajo - le dijo a Ana - no has dejado ni rastro de vello.

    - Gracias - respondió Ana.

    Yo aproveché para volver a ponerme los pantalones, era mejor no tentar a la suerte.

    - Lleva eso al cuartillo - dijo señalando al carrito.

    - De acuerdo. Hasta luego - me dijo.

    - Hasta luego.

    Yo me quedé contemplando cómo salía.

    - ¿Ve usted como no pasaba nada? - dijo Lucía.

    - Sí, sí tenía usted razón - le respondí, fijando mi mirada en ella.

    Entonces vi que sus ojos estaban fijos en las sábanas. Seguí la dirección de su mirada y vi que sobre la cama había una mancha de algo que inequívocamente era esperma. ¡Cómo no nos habíamos dado cuenta!

    Entonces, Lucía estiró su dedo y recogió la mancha con él, llevándoselo a la boca, donde lo chupó con deleite.

    - De acuerdo señor Rovira - me dijo - luego pasaré a verle.

    FIN

    Autor: Talibos

    marqueze.net/
    Maowwww

  2. #2
    Guest

    Re: Ana la aprendiz

    Lindogatito, la raíz del problema es que Margaret Thatcher no era la más adecuada. En un caso así, hay que imaginarse a Golda Meir saltando a la comba desnuda. Te hubieses ahorrado todos esos problemas desagradables.

    Capi

  3. #3
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    Re: Ana la aprendiz

    O a Fernandez de la Vega....
    El que no considera lo que tiene como la riqueza mas grande, es desdichado, aunque sea dueño del mundo.

  4. #4
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    Re: Ana la aprendiz

    Bonito relato el de Talibos, aunque llegar al final imperterrito, es casi imposible.

    Saludos,
    Ingols

  5. #5
    Guest

    Re: Ana la aprendiz

    álguien sabe como le fue al final la operación?

  6. #6
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    Re: Ana la aprendiz

    Jajaja...tan sutil como siempre Cornette.

    O imaginarse a Angela Merkel cambiandose el salva-sleep, seguro que funcina.

  7. #7
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    Re: Ana la aprendiz

    imaginarse a Golda Meir saltando a la comba Capi
    O a Fernandez de la Vega....Baco
    O imaginarse a Angela Merkel cambiandose el salva-sleep Kaiser


    Muchachos sabeis como calentar al personal


    Por cierto hacerlo en un hospital con la es una de mis fantasias eroticas


    A.C. Baldrick
    El mundo es un pañuelo..............y está lleno de mocos!!!
    A.C. Baldrick
    http://img16.imageshack.us/img16/9844/13213v.gif

  8. #8
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    Re: Ana la aprendiz

    JUERRRRRRR, yo tambien tenia que pensar en Margaret Thatcher mientras leia,

    bonito relato,

    un abrazo

    gurugú

  9. #9
    Guest

    Re: Ana la aprendiz

    Me encanta la forma en que lo describes y expresas.

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