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Tema: Concurso de Relatos, Votaciones

  1. #1
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    Concurso de Relatos, Votaciones

    Hola Foreros, se inicia el periodo de votación de los relatos, a partir de hoy y hasta el día 20 de febrero pueden enviar el voto por MP a la administración.
    para evitar confusiones subiré cada relato en un nuevo post en el mismo hilo, el título del hilo sera el del relato y al inicio del mismo el seudónimo, por favor no responder en este mismo hilo, cualquier duda abrir otro o por MP
    saludos
    Admin ForosX

  2. #2
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    Dos Tazas

    Seudonimo: Mortadela con Aceitunas

    Lo que voy a contar es la vivencia más increíble que me ha sucedido en mis casi treinta años de existencia. Todo sucedió una tarde de invierno, apagada, en la que fuí invitado por mi amigo de la infancia Marc. Él era un año mayor que yo, un chico alto, de brazos corpulentos, trabajados gracias a la práctica de todo tipo de deportes: rafting, remo, escalada...Toda actividad que conllevara algo de peligro, siempre iba a resultar un aliciente para Marc. Era un vividor, un chico guapo, de mejillas surcadas por dos pliegues, que según las mujeres, le dotaban de un aire aún más atractivo. Un presumido que había convertido su cuidada pelambrera rubia, en un bandera que le encantaba blandir al aire. A pesar de poseer un físico atrayente y ser hombre de éxito, no resultaba arrogante, y su esmaltada sonrisa, era una fiel compañera que esgrimía en cualquier conversacíón. Esa tarde, no tardó en hacer acto de presencia.

    -Ja, ja, Driscoll, John Driscoll. ¿Cuánto tiempo hacía que no coincidíamos? ¿Dos años quizás?

    -No tanto...-comenté entre dudas -. Puede que algo más de diez meses. Quisimos quedar para este verano, pero tenías que prepararte para los europeos de esgrima...

    -En mi vida he manejado una espada -adujo divertido mi amigo-. Creo que eran unas jornadas dedicadas a los deportes aéreos. Parapente, globo...No sabes lo excitante que es ver cómo va desapreciendo el mundo, y tú estás solo con tu instructor en esa insegura cesta de mimbre. Resultó apasionante. Aprendí cuándo debe uno desprenderse de los lastres para equilibrar el vuelo del globo.

    -Interesante Marc. Espero que no dañaras a nadie -seguimos andando sin que yo supiera el destino final-. ¿Así que te excitaba estar a solas con tu monitor de vuelo aerostático? Veo que las cosas han variado mucho desde que nos vimos por última vez -le argumenté de manera provocadora. Mientras eludía contestarme a esa opinión que parecía importunarle, habíamos llegado a nuestro destino. Se trataba de un local del que no tenía referencias: “New Choc Shop”, una especie de chocolatería, que por lo visto, estaba en boga. Unas cortinas moradas con los dibujos de unas humeantes tazas doradas, impedían ver el interior del recinto, aunque no daba muestras, por el aspecto de su fachada, de que fuera un sitio demasiado renovado. El aspecto “kitsh” de los setenta, parecía que seguía triunfando en esa parte de la ciudad, donde se habían multiplicado las tiendas de ropa y arte con una ambientación desfasada y psicodélica.

    Marc, habló ensanchando aún más su sonrisa, hasta el punto que creí reconocer alguna pieza dental que hasta ese momento desconocía. Era como si de su comisura, le estiraran de unas riendas invisibles. No sé por qué, pero ese gesto y su decisivo aplomo, me condujeron hacia un mundo de incertezas. Penetramos en la cafetería, aunque no se veía ni mostrador, ni maquinaria, ni estanterías adornadas con botellas. El espacio era grande, pero las mesas, rectangulares, de poco más de metro y medio de largo, disponían sólo de dos sillas. Únicamente las paredes engalanadas con el emblema de la casa y algunos cuadros, habitaban ese lugar. Me pareció que nuestros pasos resonaban, como si transitáramos por un castillo deshabitado. Nos sentamos. Ante la expresión de extrañeza con la que había entrado en esa tienda, mi guía quiso tomar la palabra.

    -Te encantará. Este sitio es diferente.

    -Está vacío…-dije girando la cabeza, terminando de inspeccionar la sala.

    -¿No oyes el bullicio? La gente prefiere subir al primer piso, es más discreto –paré atención a mi oído, y era cierto que de la planta superior brotaba cierto alboroto. A pesar de ello, su declaración no aplacó mis interrogantes-. Sé que dentro de una semana cumples los treinta, pero empiezo unos cursillos de paracaidismo lejos de aquí, así que he adelantado tu regalo. ¿Qué te pides? –me acercó una carta con un extenso número de servicios, todos realizados con chocolate. En primer lugar daban a elegir el tipo de cacao:” Negro, “Con leche”, “Blanco”, “35% cacao aderezado con frutas rojas”. La lista era tan copiosa, que el comensal que la leía parecía estar repasando un listín telefónico. Cuando me di cuenta de los disparatados precios de cada consumición, ya teníamos a una camarera dispuesta a tomarnos nota. Su vulgar presencia no iba acorde con las elevadas tarifas de ese establecimiento. La dependienta debería tener poco más de veinticinco años, vestía un mandil largo que le cubría unos pantalones oscuros, y una camiseta negra con el escudo de la casa. Su pelo rizado deslabazado, su deshidratada piel , y el incesante masticar de un chicle, eran una mediocre carta de presentación. No pude alertar a mi amigo.

    -¿Los señores ya han decidido? ¿Es la primera vez que nos visitan?

    -No, pero hace tiempo que queríamos venir –contestó Marc tan risueño como la camarera.

    -Comprendo. Mientras se lo piensan, atenderé a ese caballero. Con su permiso... –en una de las mesas del lado opuesto en el que nos encontrábamos, se había sentado un hombre mayor, alto, de enjuta figura, rostro debilitado, pero de afeitado y traje impecable.

    -Atento John, ese debe ser el Sr.Augusto. Tiene más de ochenta años, y no se pierde su cita semanal. Es una institución –Marc hablaba de ese hombre con la admiración que uno se refiere a un héroe. Tenía los ojos iluminados como si fuera una atracción de feria que funciona con monedas-. Deja el sombrero en la mesa…

    -Trae mala suerte…-Pero mi locución no fué escuchada. Mi amigo seguía radiando los movimientos del anciano tal como si se tratara de un cronista deportivo en un estadio.

    -Cuelga su gabardina en la silla…-el silencio en el relato de Marc nos permitió escuchar la voz autoritaria del Sr.Augusto, que decía: “Lo de siempre Celia”-. ¿Qué será “lo de siempre”? ¿Qué habrá pedido ese hombre?

    -¿Acaso tiene importancia? Me preocupa tu actitud insolente.

    -Calle Sr.Driscoll, que ahí llega el pedido. Veremos cómo lo encaja su acrisolada moral -lo que él pretendía decir con esa frase lo supe en cuestión de segundos. La camarera, que no era Celia, sino una muchacha bastante más joven, que vestía falda negra por las rodillas, que destacaba por un pandero saliente y redondo, tan apetecible como una magdalena rellena de manzana y crema, llegó a la mesa del cliente portando una taza de café y un diario. Después del “Gracias Úrsula”, ésta, una mujer de epidermis blanca, contrastada por una cabellera larga, tiznada, de fisonomía llamativa, con unas mejillas anchas y una nariz diminuta, casi garbancil, tras depositar la bandeja vacía en la mesa, se agachó. Su pompis cobró mayor tamaño al adpotar esa posición, deformándose como si fuera culpa del primer plano de un objetivo de una cámara. Arrodillada, desabrochó el cinturón del Sr.Augusto, que sin darle importancia a lo que acontecía, pasaba distraído las páginas del periódico. La cremallera del pantalón era el postrero obstáculo que debía salvar esa desvergonzada para tener entre sus sus manos el enclenque pene de ese viejo. Quizás hubiera sido más apropiado llamarlo pito, o “pi”, porque cosa tan poco desarrollada, no merecía el desperdicio de tantas letras

    -¡Diantres qué es ésto! ¿A qué alocada cafetería me has traído? ¡Es fantástico!

    -Te dije John que te gustaría

    -Ayúdame a decidirme…Ya que pagas, es justo que intervengas también en este proceso -mi amigo empezaba a mostrarse tan exaltado como yo, y la carta con las especiales consumiciones le trastabillaron de sus nerviosos dedos.

    -Tienes la opción de chocolate con yogur: o sea, encular a la camarera…

    -¿A esa fea de Celia?

    -¡No! Ella sólo toma las comandas. Depende del tipo de “cacao” que pidas, viene una determinada señorita. El cacao blanco es una caucásica, el con leche es mulata, el de frutas rojas es una pelirroja, y el negro…Bueno, supongo que tu imaginación da para eso.

    -¿Y no disponen de orientales?

    -¡John, supera ya esa relación! Ella no te conevenía… -su agresiva observación referente a mi fracasada aventura con una asiática, no me descentró de ese entorno lujurioso. Cada vez me seguía apeteciendo más tomarme ese chocolate. Marc fué displicente, y tras revisar el listado, pudo complacerme -. Chocolate con frutas exóticas…lichis con ralladura de pistachos y jengibre. Por Dios John no te bebas esa porquería, follátela a gusto, pero no te tomes el líquido de esa taza. Yo me pediré un cacao del 70%, del Brasil, si queda en el almacén…

    -¿Y los servicios?

    -Chocolate a los tres gustos, (café, fresa, nata), se dispara de mi presupuesto y correríamos el riesgo de morir rodeados por seis senos. Trágica ironía. Un “suizo” es un francés…-el sofocante escándalo de la mesa del Sr.Augustó, robó nuestra atención.

    -¿Y ese suertudo, qué se habrá pedido? –las profesionales manos de la dependienta obraban con la misma pericia que un alfarero modela su figura con barro. De por sí, poco material tenía ella para trabajar, puesto que el apéndice de ese cliente, arrugado, de aspecto enfermizo, cuyo crecimiento se podía considerar deficiente, estaba coronado por una superfície oscura casi tan negra como la cáscara de un percebe. Se suponía que el olor que emitía sería parecido al de ese marisco, y Marc y yo temíamos que en cualquier momento emanara de esa insignificancia, una sarta de gusanos anélidos que inundaran la juvenil y desdichada boca de esa contumaz felatriz. Un minuto más siguió ese cuello de cisne agachándose para cumplir su cometido, y cuando el abuelo parecía que iba a fallecer de un colapso, (intentaba levantarse y gemía como si le faltara el aire), una ridícula descarga seminal apenas creó una rebaba en una de las uñas de ella. Ocurrido ello, el Sr.Augustó terminó de agitar esa menudencia, se abrochó, plegó el periódico, y enfundándose ese sombrero que le otorgaba una pose de desitinción y caballerosidad, marchó del local con un “hasta mañana”. Atónitos aún por la chocante escena. Marc tragó saliva, no sé si excitado o transtornado, y respondió a mi pregunta.

    -Debe de haber pedido un suizó exprés. O sea, un servicio oral rápido. Supongo que a su edad, eso ya es mucho…-en esas, Celia estaba de nuevo a nuestro lado.

    -¿Y bien? ¿Qué será? –Marc tomó la palabra.

    -Mi amigo un chocolate con frutas exóticas, ¿es eso posible?

    -Por supuesto señor. En esta casa todo se cumple. Nuestra querida Mayako le servirá encantada.

    -Yo quiero un cacao negro, del Brasil…-comentó con cierto temor a que le contestara que esa clase de chocolate estaba agotada.

    -¿Y qué variedad querrán? Un chocolate suizo, con yogur, un exprés…

    -¿Qué le parece un especial completo?

    -Barquillos, abanicos y tropezones con frutos secos. Una elección muy propicia.

    -Tradúzcame a un lenguaje más popular señorita, yo soy nuevo por aquí. –arguyé ansioso por saber cuál iba a ser mi cuchipanda.

    -En sesenta minutos podrán hacer de todo. Les recomiendo, por ello, que aprovechen el contenido de las tazas como combustible. Lo van a necesitar. Que su estancia en “New Cofee shop” les sea grata. Pronto llega su merienda -tras deshacerse de un amasijo de billetes, Marc y yo nos despojamos de nuestras chaquetas, quedándonos en silencio, nerviosos como si estuviéramos en la sala de espera de un hospital, aguardando la salida de una comadrona que nos dijera que el parto había sido satisfactorio, y que éramos padres de una hermosa niña. No una, sino dos camareras portando sendas bandejas, aparcaron delante nuestro portando unas bandejas con las viandas. Eran ellas. Repelí un grito de euforia, aunque estábamos solos en esa planta, era preferible mantener cierta compostura.

    -Soy Mayako, aquí tiene su chocolate exótico –esa mujer debería tener unos veintiún años, no pasaba del 1’60, y su cuerpo no mostraba signos de haber ingerido demasiadas grasas. Sus piernas eran delgadas, tanto como su tronco, pero sus formas estaban bien trazadas. Sin duda, esa cortina interminable de pelo oscuro, y ese rostro ovalado, de largos labios y ojos cerrados, como si hubieran sido difuminados por un artista que pinta con cera, eran los rasgos característicos de una mujer asiática. Con voz mimosa y tono muy bajo, apostilló-. Yo misma lo he preparado -no pude detener mi furia que me empujaba a desnudarla sin demora. Me hice con sus manos, de dedos alargados y fríos. Ocho de ellos me los introduje en la boca, saboreándolos con una voracidad enfermiza. Sin duda no mentía, tenían un sabor amargo y picante. Mayako había manipulado el jengibre con sus manos sin utilizar ninguna protección. Eludí hacer muecas de disgusto para no ofenderla, y disimule, asiendo sus manos entre las mías en un gesto romántico que compensaba mi brutal acción anterior. De mientras, Marc se había manchado creándose un bigote de chocolate, que su acompañante que se presentó como Laura, le limpió con un lenguetazo como si fuera una vaca que se hace con una hoja de col. Se trataba de una mujer de raza negra, metro setenta y cinco, y unos sesenta kilos de peso. Su traspontín destacaba por tener dos esferas voluptuosas, casi tan tentadoras como esos muslos exentos de medias, con la suficiente anchura para que una mano grande y necesitada pusiera a prueba su consistencia. Sus salientes pectorales, le obligaban a compensar el equilibrio de su cuerpo, echando la pandereta más hacia fuera; pero era su melena rizada, y esos labios hinchados que no gruesos, pintados de morado, los que incitaban a mi compañero. Aquella parte de su cara, llevaba marcado el sello del diablo. Esos labios eran el mejor sofá donde poner a reposar algunas partes de él. Podrían ser su perdición, y tenía que probarlo, así que mientras yo toqueteaba a Mayako, repasando las yemas de mis dedos por su franja abdominal, como si estuviera comprobando que un paquete frágil no ha llegado roto a su destino, y cosquilleando el círculo de su ombligo, tal y como lo hace un crío jugando con el cascabel de un gato, Marc se había tirado literalmente a los pechos de Laura. Era como un alocado participante en un concurso de deborar comida. Mirando de reojo, vi como ese comensal tenía entre sus dientes una desproporcionada areola marrón, tan grande como el reloj que enfundaba su muñeca. Debido al afecto con el que estaba siendo tratada, ambos senos enseñaban con orgullo unos descarados y nada retraídos pezones, gozosos, rectos, crecidos como flores en primavera. Dejé de observar cómo disfrutaba para centrarme en mi plato. Tenía que desquitarme del mal sabor de boca del jengibre, (ya había sido advertido por Marc). Mayako, además de atractiva, había entendido mi disgusto, y me ofreció una peculiar manera para resarcirme:

    -Yo cocinar para ti, pero tu no gustar dedos. Sabor fuerte para hombre débil -esa coletilla no estuvo afortunada -Yo compensar. Toma mi culo- -y abriéndose las nalgas como una separa las dos partes de un aguacate, me ofreció con total sumisón ese orificio de dimensiones diminutas. Dudé, tras meses de presunta relación de pareja con Eva, no habíamos pasado de unos besos en las mejillas y algunos castos toqueteos. Había vivido en una dictadura amorosa, con total represión, y aunque algo me decía que si las manos de Mayako desprendían un sabor fuerte, apoderarme de su ano, igual me terminaba de rematar. No sucedió así, me agarré a sus posaderas, como un bebé a la mama de su madre; era como apretar una manga pastelera rellena de merengue, blanditas, suaves, gustosas de rozar, ello ya me excitaba. Con timidez, mi lengua buscó el fondo, ese punto, esa “X” que conducía a un mundo oscuro desconocido por mí. Ella inició una serie de sonidos. Lo estaba haciendo bien. Ese esfínter había sido preparado para la ocasión, y de él emergía un cierto aroma mentolado. Con más ímpetu, conviertiéndome ya en un sinvergüenza, empecé a penetrarla sutituyendo mi prolongación viril, por mi lengua. Sus quejidos aumentaron el ritmo, más aún, cuando mi boca pasó a la acción y cubría toda su zona anal. Mi apetito sexual quedaba patente viendo esa quijada abierta de animal selvático asesino que muestra su afilada batería de colmillos. Cierto ruido a chapoteo, perteneciente a los fluidos de ambos, empezó a crearme una masa viscosa en la zona de la barba. Temí lo peor. ¿Acaso iba a salir de ese lugar con la cara pintada como la de un carbonero? No, de esa particular mina, llamada anal, se estaban obteniendo filones interminables de algo que hacía tiempo que no sentía: placer.

    Laura, era ahora la manivela de una vagoneta que no paraba de moverse, sin producir estridentes ruidos, sólo jadeos sofocantes. Todo su cuerpo no paraba de inclinarse hacía la zona pélvica de Marc, que permanecía estirado, con los brazos apoyados en la mesa y los ojos cerrados. Daba la sensación que buscara que los fluorescentes que colgaban del techo le broncearan. Con la boca semiabierta, irrumpía alabanzas hacia la labor de su compañera, junto con entrecortados escalofríos, como si sus pies estuvieran paseando desnudos por la nieve. Tras algunos minutos de esa rutinaria actividad, a orden del deportista, ella adoptó la típica posición de la rana que espera en un nenúfar la mosca de su desayuno, y dirigiendo la mascunilidad de él como uno maneja el “joystick” de un ordenador, consiguió ensartarla en la parte más caliente de ella. Esa caldera mantenía una temperatura elevadísima, y Marc, que no paraba de recrear surcos de esfuerzo en su rostro, y que se podría juzgar que estaba esforzándose como un transportista que trajinara pianos, creía que su tronco podía arder antes de la hora en esa fogata brasileña.

    Había dejado de prestar atención al culito de Mayako para centarme en su otro orificio. Imitando a un perro que se asoma a un charco de la calle, y bebe de él, yo estaba en el estanque más preciado que tienen las mujeres, al sur del famoso monte. La oreografía del género femenino, es la más agradecida de estudiar, y la de esa oriental no era menos. Lo peor, sus quejidos, casi gritos agudos que me molestaban. Para evadirme de ellos, giré el cuello hacia mi derecha, viendo el sufrimiento que le estaba infligiendo esa interminable hembra negra a mi amigo. Parecía no saber dominarla. En esas, me percaté que estaba desatendiendo lo mío, aunque mi paciente ya había iniciado una serie de repetidas proclamas:”¡Chochito feliz, chochito feliz! Mayako chochito feliz”, me dijo mirándome como si fuera a llorar. Lo hizo, pero en la zona donde había estado trabajando a conciencia. Esa confirmación a un trabajo eficiente, se merecía una medalla institucional, pero me conformé con que ella me dejara más empapado que un grifo en mal estado.

    La pareja de al lado había estaba ahora unida por un abrazo, se besaban como novios primerizos, y sus cuerpos tan húmedos como el césped del parque donde se suelen retozar éstos, no paraban de frotarse entre sí. El juego ahora residía en conseguir que el péndulo de Marc se abriera paso entre un par de colinas coronadas en el centro por dos barbillos gigantes negros. Esa actividad, le divertía mucho a ella, ya que cuando tenía él su báculo entre ese par de protuberancias, Laura las apretaba como si quisiera que de ellas estallara un líquido corrosivo, ahogando la parte de mi amigo.

    Quedaban pocos minutos para que todo terminara, y mi jícara con el pedido todavía yacía intacta. Como hombre cuyas vivencias en las relaciones de pareja habían sido poco prolíficas, y tras haber superado con éxito la prueba del “anilingus”, creí que el espectáculo debía terminar precisamente ahí, ¡en su culo! Volví a girarla moviéndola como si tuviera ruedas. Era increíble cómo se dejaba manejar aquella muchacha, un maniquí hubiera ofrecido mayor resistencia; además, leía mi pensamiento antes que mis propias órdenes llegaran a mi cerebro. Sin que yo llegara a hablar, salivándose sus tres dedos centrales de su mano izquierda, se los introdujo sin remilgos en su ano. Tras unos cuantos ejercicios para dilatar ese esfínter, ella volvió a mostrarme esa madriguera, ahora enrojecida. Me puse una protección, y con el temblor dudoso de un neófito, dirigí mi dardo hacia el centro de la diana. A medida que iba entrando en ese particular garaje para penes atrevidos, la sofocante temperatura anal me hizo ver que aquella aventura sería de corta durada. Las exclamaciones de Mayako, alentándome a que siguiera profundizando, aún me exaltaron más. Por añadidura, nuestros tórtolos vecinos, no podían evitar el desenfreno, y entre alaridos, Marc embadurnó los labios, la frente y la mejilla de Laura como un tubo de pasta de dientes que alguien ha aplastado con un puñetazo. No podía contenerme demasiado tiempo ya, ver como esa felina se lamía como los golosas se hacen con el bote de leche condensada y lo rebañan hasta que sólo se escucha el roce de la cuchara con el metal, me superaba. Además, por la escalera que teníamos a nuestras espaldas, bajaba en silencio una pareja de unos cuarenta y cinco años. Ambos nos miraron, ella pareció comentarle algo a su acompañante, pero con sigilo, marcharon del establecimiento acompañados de Celia, que con mucha prudencia, volvió a desaparecer de la sala. “Culito feliz, culito feliz”, no sé si esa mujer que tenía ensartada por detrás como si fuera una banderilla de encurtidos fingía, o era franca. De ser así, pocas personas deben de haber en el planeta tan contentas con cada parte de su cuerpo. El final de Marc, los convidados de piedra que nos habían contemplado impávidos, y estar poseyendo por ese angosto hoyo, a una exótica mujer como Mayako, hicieron el resto. Tras un par de movimentos más de perforadora petrolífera, grité echando la cabeza hacia atrás, como si me hubieran marcado un gol en el tiempo de descuento. La furia en mi voz era el pitido final de nuestra contienda. Ellas, se despidieron de nosotros tras darnos dos cándidos besos maternales, y desnudas, siguieron el camino que conducía a las dependencias interiores de la cafetería. No podíamos hablar, nos adecentamos un poco, y satisfechos por lo vivido, con las camisas medio abrochadas aún, terminamos la tarde como correspondía, bebiéndonos esas dos tazas de chocolate.

    FIN

  3. #3
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    LA CLÍNICA DEL DR.FISHBANK

    Seudónimo: Correo Comercial

    Alguien hizo sonar repetidamente la aldaba de bronce que estaba rodeada de una capa de gruesa pátina. Nadie parecía escuchar el quejumbroso y desagradable ruido que multiplicaba su sonoridad en el interior del edificio. Finalmente, uno de los hombres que aguardaba en el exterior, vociferó sin remilgos cual cochero malhumorado de una calesa que se niega a recibir más pasaje. "¡Abran, es una urgencia!". Tras la súplica, se escuchó el paso apesadumbrado de un hombre, que, con el mismo ritmo brioso que un condenado a muerte se encamina hacia la horca, respondió hablando por medio de una rejilla que había abierto de la puerta. Mientras escudriñaba quién perturbaba la paz del lugar, habló con voz férrea pero dormitada:

    -Lo siento, no son horas para atender a nadie. El sanatorio está cerrado. Vuelvan mañana.

    -Déjese de formalidades Fritz. La Policía le ordena que nos deje pasar -el vedel emitió un resoplido equino de resignación.

    -Entiendo...Llamaré al doctor -Fritz hizo pasar a los visitantes, dejando ir los pies con desgana, como si estuviera haciendo esquí de fondo, y encorvando al máximo su espalda. Un minuto más tarde, la figura enérgica del Dr.Fishbank entró en la sala, iluminándola, ya que hasta entonces había permanecido a oscuras.

    -Soy el Dr.Roger Fishbank. ¿Quién osa importunarme a estas horas? Ni siquiera admito esa falta de cortesía a los miembros de la Ley -las palabras fueron pronunciadas con una gravedad y un énfasis que impactaron sonrojando las mejillas de los allí presentes. El Doctor era un hombre de 60 años, de baja estatura, pelo cano con una abundante y despejada frente, facciones muy marcadas y nariz notoria, algo picuda. Sus labios no eran demasiado gruesos, pero en cambio se mostraban impecables en el arte de la oratoria.

    - Vaya... Tenía entendido que los jueves por la noche usted no se perdía su partida de ajedrez. ¿Qué ha ocurrido? - El Doctor miró con cierto aire de maliciosa intriga -. El agente Klein, secundado por su fiel y inseparable Martin, ¿no?

    -En efecto, mi compañero está fuera con...

    -Caballeros -dijo Fishbank acercándose al agente con movimientos de perro de caza alertado por una presa. Su aspecto robusto, de formas exageradas y rostro poco amistoso, no le intimidaban -. La codicia es una de las perdiciones del género humano. Ustedes ya recibieron su soborno mensual hace dos semanas.

    -No se trata de eso Doctor.

    -¿Entonces, qué se les ofrece?

    -¡Martin, entrad! -a la orden del superior, aparecieron dos hombres. El policía, alto, extremadamente delgado, estrecho, con unas facciones y extremidades casi cadavéricas, sostenía a un tipo que no podía dejar de mover los brazos. Estaba ligeramente agachado y parecía temblar o tiritar -. Este hombre está enfermo. Precisa atención. Tiene que ser ingresado de inmediato.

    -Un momento Klein, ya saben qué tipo de sanatorio es éste -el policía secundario intervino expresándose con algunos síntomas de tartamudez.

    -Lleva semanas vagando por las calles, haciendo actos indecorosos delante de mujeres, niños y ancianos -el aludido emitió un ligero gruñido animal.

    -¿Se trata de un exhibicionista?

    -No Doctor -argumentó Klein-. Este maníaco sexual sólo tiene como objetivo penetrar con su miembro cualquier agujero que esté a su alcance. Viniendo de camino lo ha intentado con dos papeleras que estaban a rebosar. Su pene presenta quemaduras leves por haberlo introducido en los tubos de escape de una motocicleta y un furgón de pescado congelado cuando iban a arrancar. Lo detenemos por escándalo público, pero tras cumplimentar el trámite burocrático en las oficinas, alguien nos llama para decir que un degenerado ha entrado en su frutería, y se ha puesto a copular con una cesta llena de arándanos.

    -Cómico y perverso a la vez -sentenció el psiquiatra-. ¿Y no ha atacado nunca a una mujer? Quizás tengamos a un violador en potencia...

    -No, las mujeres parecen asustarle. De hecho, la suya le abandonó hace un año, antes que iniciara su extraño comportamiento.

    -Muy interesante Sr.Klein, pero...¿Este hombre puede costearse el alojamiento en mi centro? Ésta es una institución de instalaciones pequeñas y modestas, pero no accesible económicamente -el agente carraspeó con sorna.

    -El Sr.Bielhoff fué despedido por el servicio de correos, (su lugar de trabajo), porque además de ausentarse con demasiada asiduidad, nueve buzones de la ciudad habían sufrido sus ataques. Este pobre diablo carece de recursos, pero ya que está ocasionando demasiados quebraderos de cabeza a las autoridades aquí presentes, entendemos que su estancia en su clínica, se podría entender como un favor personal que haría una eminencia como usted para curar a un enfermo sexual, liberando a la vez a la ciudadanía, de un personaje despreciable.

    -Truhanes -musitó entre dientes el Doctor con descarado enfado.

    -No olvide Sr.Fishbank, que fué inhabilitado por el Colegío de Psiquiatría por utilizar métodos poco ortodoxos.

    -¡Al diablo con ellos! Yo muestro resultados eficientes sin dañar a nadie. El mundo de las parafilias todavía esconde muchos enigmas y hay que ir probando tratamientos alternativos. Pero ello no les importa a ustedes. Si me permiten seguir abierto es por el sobre de color salmón que les entrego cada cuatro semanas -finalizada la arenga, un trueno rugió como si hubiera estallado un explosivo en la calle. Las luces del sanatorio parpadearon -. La noche no es propicia para que este hombre vaya vagando por las calles -miró a su alrededor preocupado-. No lo es para ninguno de mis pacientes. Las tormentas descargan demasiada energía, y pueden provocar repentinos cambios de humor en la gente...Fritz, prepare una habitación para el Sr.Bielhoff. En esta ocasión quiero decir que vacíe el mobiliario, excepto la cama; y disponga las correas.

    -¿Por qué hace eso Doctor? –peguntó Martin, esgrimiendo una absurda mueca de recelo.

    -¿Eliminar los muebles? ¿Quiere que este desdichado convierta su masculinidad en algo inservible? Una habitación convencional está llena de trampas para él: cajones, lámparas.

    -¿Le parece bien la “16” entonces Sr.Fishbank?

    -Sí, de las 14 es la más pequeña. Servirá -mientras el lacayo marchaba para disponerlo todo, el inquieto policía volvió de nuevo a mostrar su curiosidad exenta de talento.

    -¿Por qué tiene el número “16”, si sólo hay 14 habitaciones?

    -Caramba Klein, su compañero empieza a preocuparme tanto como mi nuevo paciente -le miró con cara de indulgencia, la misma que uno pone cuando regaña a un niño por una pillería. - En efecto, disponemos de 14 habitaciones, pero van de la “1” a la “16”, porque decidí eliminar la “6” y la “13”; cabalística e históricamente son dos números que hacen pensar más de la cuenta, a personas, ya de por sí demasiado predispuestas a obcecarse por nimiedades -

    el temblor de las extremidades de Bielhoff había aumentado, y se acompañaba de unas frases inverecundas, cuya obscenidad iba en una acelerada progresión -Bielhoff está sobreexcitado. Llevémosle a mi despacho, le administaré un calmante -los policías, con algunas dificultades, lo transportaron en volandas desdel “hall”, hasta la mencionada estancia, aunque por el trayecto, después de que el enfermo repitiera entre gritos y sollozos la proclama "¡fornicar, fornicar!", había intentado mancillar la virginidad de un florero, cuyo derramado contenido empapó sus pantalones.



    El Doctor, Bielhoff y los dos agentes, entraron en el despacho del director. Fishbank abrió la puerta de cristal de un armario donde reposaban diversos tipos de fármacos y tarros con soluciones magistrales, y le inoculó un sedante al enfermo.

    -Ésto le ayudará -los estertores de Bielhoff empezaron a disminuir. Su semblante, hasta el momento, terso y rígido, se había calmado. Pero cuando el psiquiatra les mostraba gozoso su pequeña victoria, el paciente, en un arranque violento, se hizo con un contenedor de lápices que había en el escritorio, lo vació, y desabrochándose con torpeza el pantalón, quiso macabramente poseer ese objeto entre sus partes más íntimas. Los presentes evitaron que el disparate pudiera consumarse, y entre los tres lo asieron con desproporcionada rudeza.

    -Doctor, tendrá que inyectarle otra dosis -comentó jadeante el más inexperto de los policías.

    -No. Eso podría matarlo. Es cuestión de que su metabolismo asimile el narcótico. En pocos minutos este hombre será del todo inofensivo. Sentémosle en mi butaca. Igual no ha ingerido alimento en todo el día y el efecto del calmante podría hacerle perder el conocimiento -en cuestión de segundos el cuerpo de Bielhoff se desplomó en el asiento. Estaba falto de fuerzas, era ya un muñeco inmóvil incapacitado para moverse. Si no fuera porque estaba bajo supervisión médica, se diría que yacía moribundo, esperando un final muy próximo.

    -Martin, Klein, observen a Bielhoff -argumentó mientras le cogía las manos-. Fíjense en estos puños cerrados, la inclinación de su cuello hacia fuera, como el de un quelonio en busca de comida, su cabeza rechoncha, su pecho prominente, su barriga. Según los biotipos de Ktreschmer, estableceríamos que aquí tenemos a un biotipo pícnico, una persona predispuesta para la psicosis cíclica o maniacodepresiva. Los biotipos se dividen en tres...

    -Doctor, la “16” ya está lista -los policias agradecieron esa oportuna interrupción que cortó la que parecía una clase interminable de psiquiatría. Colocaron a Bielhoff en una silla de ruedas, y Fritz marchó con él hasta su celda. Los agentes y el Doctor salieron al pasillo central donde estaban las habitaciones.

    -Nosotros ya hemos cumplido. Ahora le toca a usted. Espero que Bielhoff esté en buenas manos -una lejana voz del fondo del pasillo dio réplica. El grito se hizo más audible. Los tres se dirigieron hacia la puerta donde provenía el alborozo.

    -Es el paciente de la “4” -El Doctor movió la mirilla -Hamman, ¿se encuentra bien? -la divertida voz del inquilino replicó con audaz rapidez:"El chochito de Marcela me pone a cien".

    -¿Pero qué dice ese insensato? -Inquirió Klein perplejo, obteniendo un "por el culo todo el rato". Fishbank les conminó a regresar al salón, mientras no podía evitar unas tímidas carcajadas.

    -Albert Hamman. Lleva ya tiempo con nosotros. Posee una brillante inteligencia. Era contable de "Industrias cárnicas Stoff". Un mago de los números, pero su adicción a las mujeres, combinado con su trabajo, fueron su perdición. Cada vez que alguien le pregunta, contesta con un verso subido de tono, ustedes han sido testigos. No obstante, dudo de que exista en esta ciudad, una persona con una mente más preparada para el cálculo. Una verdadera lástima.

    -Que tenga suerte con él. Curarlo será para usted todo un reto –y de la habitación número “4” todavía sonó un "por el...te la meto".

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    -Doctor Fishbank, ha trasncurrido ya un mes desde que le dejamos a su cargo a Bielhoff. ¿Existen progresos?

    -En primer lugar, permítame que le agradezca su visita y su interés por el enfermo, es un acto de solidaridad impropio de un cuerpo tan corrupto como el que representa...-arguyó el psiquiatra sin mirar a su interlocutor-. Lamentablemente, Klein, estamos casi como al prinicipio. No responde a ningún tratamiento: ni farmacológico, ni estimulaciones visuales...Lo único que parece sedarle es escuchar música clásica, pero ello sólo lo relaja, no nos permite avanzar en la resolución de su problemática. Sigue sin hablar, sólo gruñe en ocasiones, y el contacto con la naturaleza, los paseos por el páramo, tampoco han servido para nada. Quizás no debería seguir aquí. Este hombre parece tener otro problema además de su parafilia. Me inclino a pensar que padece un grave trauma. No me veo capacitado para solventar su caso.

    -Así que no habla...-el policía se mostró dubitativo -. ¿Ni siquiera una frase?

    -No. Tiene la mentalidad de un niño. Si se le fuerza, sólo es capaz de repetir algún verbo soez, o partes determinadas de la anatomía. Insisto: Bielhoff no debería estar aquí, su lugar está en un psiquiátrico convencional.

    -Confío en su labor -Klein dio algunas vueltas por el despacho, y observando por la ventana, con la mirada perdida, reanudó la conversación-. ¿Y sus ataques? ¿Siguen tan constantes como antes?

    -No hay brotes porque el paciente no tiene nada con qué ocuparse, recuerde que habita en un espacio libre de tentaciones. Además, la medicación le ha bajado la líbido. Aún así, hace unos días logró huir mientras lo llevábamos a la sala de masaje, entró en la cocina y cuando llegaron los vigilantes ya se había hecho con un almirez de piedra. En el forcejeo, el adminículo le cayó en el pie, fracturándole el dedo gordo. En esta ocasión ni siquiera gritó. Este hombre está bajo mínimos. Diré que lo preparen para trasladarlo a otro centro, conozco a un colega...

    -¡No! ¡Es preciso que usted siga trabajando con él! –el agente mostró un enfurecimiento que soliviantó al psiquiatra.

    -Escúcheme insensato. Me veo imposibilitado para sanar a este desdichado. Su problema es de fondo, y no tengo medios para solventarlo. Su parafilia está supeditada a algo que desconozco...

    -Quizás con un par de semanas más, sus tratamientos surjan efecto.

    -Lo dudo, pero...Siempre se atisva una ligera esperanza. ¿Quiere acompañarme en la visita a Bielhoff? Ahora iba a hacerle el reconocimiento diario.

    -Me encantaría. Pero mi esposa y yo nos marchamos de viaje 15 días, y debo estar en el aeropuerto en dos horas. Tenía el tiempo preciso para verle y charlar con usted.

    -Es curioso Klein, yo creía que la única compañía de la que disponía era la de Martin -del sudoroso rostro de ese hombre, brotó un temblor de mejillas y un inusitado nerviosismo -. Disculpe, no pretendía insinuar...

    -Por favor, Doctor, si acaso soy yo el que debe censurar mi actitud de hace un momento. Me he mostrado demasiado vehemente -Klein se había secado la frente con un pañuelo, y con la intranquilidad que un viajero aguarda su transporte, marchó tan raudo como la liebre mecánica de un canódromo .Fishbank apretó uno de los botones del dictáfono.

    -Fritz. Que traigan a Bielhoff a mi despacho. Quiero hablar con él -en dos minutos, un par mozos entraron sujetando al paciente, derruido físicamente, con los mismos ánimos que un púgil que lleva cinco asaltos recibiendo golpes certeros encara el reposo del taburete de la esquina del cuadrilátero. Lo sentaron al lado del Doctor. Parecía una marioneta a la que han dejado de darle movimiento. Su cuerpo se hundía en la silla como si ésta fuera una ciénaga que le arrastrara hasta el fondo, y aunque su boca permanecía sellada, emitía una especie de ronquido, como el motor de un tractor.

    -Sr.Bielhoff, escúcheme. Vamos a probar algunas nuevas técnicas. ¿Le apetecería que viniera a visitarle una mujer? Una señora atractiva. Ella podría darle la medicina, charlar un poco, y...-el paciente seguía rugiendo sin mediar palabra -. Dígame, ¿cómo le gustan las señoras: rubias, morenas, altas? -la respuesta del individuo fué una especie de eructo, como si hubiera intentado hablar un sapo.

    -Todo resulta inútil -comentó alterado Fishbank mientras se levantaba-. Esta partida no tiene solución. Estamos enrocados...- acto seguido, el enfermo se abalanzó sobre la butaca que tenía enfrente, clavando su cabeza en el asiento, arrodillado, como si fuera una fiel plantado delante de una cruz, y en un tono de crudo histerismo, no paró de repetir:"¡Mi, esposa, mi esposa!", y con la furia de un ido, propinó varios puñetazos al asiento, hasta que hizo un ademán de estamparlo contra una pared, y los guardianes que le acompañaban se vieron obligados a intervenir.

    -Sólo es una silla Bielhoff. ¿Qué tiene que ver ello con su mujer? -con mirada suplicante y llorosa, él le respondió.

    -Es su pañuelo...-y rompió a llorar con un desconsuelo desgarrador.

    -Eso es imposible. Su esposa nunca ha estado en mi sanatorio -y al examinarlo entre sus manos. Dio con la solución-. Es el pañuelo del policía, Klein, sus iniciales, "K.L", Klein Lions. No entiendo nada -BieIehoff se desvanceció, cayendo al suelo como el reo que ha sido ajusticiado por las balas de un pelotón. Lo trasladaron a su habitación, y tras un período de reposo, expuso toda la verdad. La luz en la estancia era muy ténue, y el paciente, recostado en la cama, en batín, y terminando una taza de cacao, haciendo gala de una serenidad que representaba un estado de ánimo nuevo para él, habló:

    -Salí del túnel en el que me hallaba, cuando usted pronunció una frase clave:"La partida no tiene solución. Estamos enrocados". Vocabulario ajedrecístico -Fishbank pareció despertar de un letargo.

    -Klein...

    -En efecto, Klein Lions, aficionado al ajedrez que decía participar cada jueves en largas partidas con amigos. Falso. No dudo que le guste este deporte, pero lo único que hacía este caradura, era beneficiarse a mi esposa. Se veían ese día de la semana. La conducta de Margaret venía siendo sospechosa desde hacía meses. Mucha peluquería, ropa nueva, bastante esquiva conmigo en la intimidad...Y siempre había fiestas. El problema vino cuando un día me dijo, (harta de las excusas de siempre), que había quedado con unas amigas para jugar unas partidas de ajedrez. No me lo creí. Eso no iba con ella. Así que fingí ausentarme un par de días de casa, para ver si cometía el error de meter el gallo en mi propio hogar. Sucedió tal y como me lo había imaginado, aunque resultó más perverso de lo que mi propia mente había creado. El cuadro que me encontré fue la vista trasera desnuda de un hombre, (Klein), que entre vejaciones, tomaba posesión de un lugar recóndito y prohibido para mí, el ano de Margaret. ¡Cómo se tambaleaba esa mesilla al ritmo de esa sucia danza! Ella gemía como si estuviera poseída. Nunca conmigo estuvo así. Desaparecí de allí deshecho. Mi esposa, al día siguiente, había abandonado el piso sin dejar ni siquiera una nota. Al principio pensé que era su conciencia, que se sentía avergonzada y no se atrevía a mirarme a los ojos, pero luego entendí que ya no le apetecía seguir falseando nuestra presunta buena convivencia, y se había marchado con su amante.

    -Con razón empezó a inquietarse ese majadero cuando dudé de que estuviera casado. ¡Menudo sinvergüenza! Pero prosiga Sr.Bielhoff.

    -Con ella fuera estuve perdido. Me hubiera alcoholizado, pero solo el olor de la ginebra me marea. Así que con los días, caí en una dinámica frustante: casi no comía, no iba al trabajo, por la noche me atacaban pesadillas de índole sexual, hasta que una incitación perversa me obligó a salir a la calle para cometer las locuras que ya conoce. Me imagino que el amante de mi esposa, en un acto de caridad, me trasladó a su centro.

    -Por eso andaba él tan preocupado en saber si usted hablaba o no. Temía que recuperara la cordura y arremetiera contra él. De haber sabido toda la historia, su parafilia se habría subsanado con más facilidad -Fishbank, en gesto paternal, se acercó a su paciente -.

    ¿Se encuentra curado? ¿Siente tentaciones de penetrar algún peculiar objeto?

    -No, Doctor, eso ya pasó -alegó mientras reía por primera vez en muchos meses-. Se terminaron los buzones, los jarrones, y por supuesto, ¡las partidas de ajedrez!

    FIN

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    DOS TAZAS Por Mortadela con aceitunas



    Lo que voy a contar es la vivencia más increíble que me ha sucedido en mis casi treinta años de existencia. Todo sucedió una tarde de invierno, apagada, en la que fuí invitado por mi amigo de la infancia Marc. Él era un año mayor que yo, un chico alto, de brazos corpulentos, trabajados gracias a la práctica de todo tipo de deportes: rafting, remo, escalada...Toda actividad que conllevara algo de peligro, siempre iba a resultar un aliciente para Marc. Era un vividor, un chico guapo, de mejillas surcadas por dos pliegues, que según las mujeres, le dotaban de un aire aún más atractivo. Un presumido que había convertido su cuidada pelambrera rubia, en un bandera que le encantaba blandir al aire. A pesar de poseer un físico atrayente y ser hombre de éxito, no resultaba arrogante, y su esmaltada sonrisa, era una fiel compañera que esgrimía en cualquier conversacíón. Esa tarde, no tardó en hacer acto de presencia.

    -Ja, ja, Driscoll, John Driscoll. ¿Cuánto tiempo hacía que no coincidíamos? ¿Dos años quizás?

    -No tanto...-comenté entre dudas -. Puede que algo más de diez meses. Quisimos quedar para este verano, pero tenías que prepararte para los europeos de esgrima...

    -En mi vida he manejado una espada -adujo divertido mi amigo-. Creo que eran unas jornadas dedicadas a los deportes aéreos. Parapente, globo...No sabes lo excitante que es ver cómo va desapreciendo el mundo, y tú estás solo con tu instructor en esa insegura cesta de mimbre. Resultó apasionante. Aprendí cuándo debe uno desprenderse de los lastres para equilibrar el vuelo del globo.

    -Interesante Marc. Espero que no dañaras a nadie -seguimos andando sin que yo supiera el destino final-. ¿Así que te excitaba estar a solas con tu monitor de vuelo aerostático? Veo que las cosas han variado mucho desde que nos vimos por última vez -le argumenté de manera provocadora. Mientras eludía contestarme a esa opinión que parecía importunarle, habíamos llegado a nuestro destino. Se trataba de un local del que no tenía referencias: “New Choc Shop”, una especie de chocolatería, que por lo visto, estaba en boga. Unas cortinas moradas con los dibujos de unas humeantes tazas doradas, impedían ver el interior del recinto, aunque no daba muestras, por el aspecto de su fachada, de que fuera un sitio demasiado renovado. El aspecto “kitsh” de los setenta, parecía que seguía triunfando en esa parte de la ciudad, donde se habían multiplicado las tiendas de ropa y arte con una ambientación desfasada y psicodélica.

    Marc, habló ensanchando aún más su sonrisa, hasta el punto que creí reconocer alguna pieza dental que hasta ese momento desconocía. Era como si de su comisura, le estiraran de unas riendas invisibles. No sé por qué, pero ese gesto y su decisivo aplomo, me condujeron hacia un mundo de incertezas. Penetramos en la cafetería, aunque no se veía ni mostrador, ni maquinaria, ni estanterías adornadas con botellas. El espacio era grande, pero las mesas, rectangulares, de poco más de metro y medio de largo, disponían sólo de dos sillas. Únicamente las paredes engalanadas con el emblema de la casa y algunos cuadros, habitaban ese lugar. Me pareció que nuestros pasos resonaban, como si transitáramos por un castillo deshabitado. Nos sentamos. Ante la expresión de extrañeza con la que había entrado en esa tienda, mi guía quiso tomar la palabra.

    -Te encantará. Este sitio es diferente.

    -Está vacío…-dije girando la cabeza, terminando de inspeccionar la sala.

    -¿No oyes el bullicio? La gente prefiere subir al primer piso, es más discreto –paré atención a mi oído, y era cierto que de la planta superior brotaba cierto alboroto. A pesar de ello, su declaración no aplacó mis interrogantes-. Sé que dentro de una semana cumples los treinta, pero empiezo unos cursillos de paracaidismo lejos de aquí, así que he adelantado tu regalo. ¿Qué te pides? –me acercó una carta con un extenso número de servicios, todos realizados con chocolate. En primer lugar daban a elegir el tipo de cacao: "Negro", “Con leche”, “Blanco”, “35% cacao aderezado con frutas rojas”. La lista era tan copiosa, que el comensal que la leía parecía estar repasando un listín telefónico. Cuando me di cuenta de los disparatados precios de cada consumición, ya teníamos a una camarera dispuesta a tomarnos nota. Su vulgar presencia no iba acorde con las elevadas tarifas de ese establecimiento. La dependienta debería tener poco más de veinticinco años, vestía un mandil largo que le cubría unos pantalones oscuros, y una camiseta negra con el escudo de la casa. Su pelo rizado deslabazado, su deshidratada piel , y el incesante masticar de un chicle, eran una mediocre carta de presentación. No pude alertar a mi amigo.

    -¿Los señores ya han decidido? ¿Es la primera vez que nos visitan?

    -No, pero hace tiempo que queríamos venir –contestó Marc tan risueño como la camarera.

    -Comprendo. Mientras se lo piensan, atenderé a ese caballero. Con su permiso... –en una de las mesas del lado opuesto en el que nos encontrábamos, se había sentado un hombre mayor, alto, de enjuta figura, rostro debilitado, pero de afeitado y traje impecable.

    -Atento John, ese debe ser el Sr.Augusto. Tiene más de ochenta años, y no se pierde su cita semanal. Es una institución –Marc hablaba de ese hombre con la admiración que uno se refiere a un héroe. Tenía los ojos iluminados como si fuera una atracción de feria que funciona con monedas-. Deja el sombrero en la mesa…

    -Trae mala suerte…-pero mi locución no fué escuchada. Mi amigo seguía radiando los movimientos del anciano tal como si se tratara de un cronista deportivo en un estadio.

    -Cuelga su gabardina en la silla…-el silencio en el relato de Marc nos permitió escuchar la voz autoritaria del Sr.Augusto, que decía: “Lo de siempre Celia”-. ¿Qué será “lo de siempre”? ¿Qué habrá pedido ese hombre?

    -¿Acaso tiene importancia? Me preocupa tu actitud insolente.

    -Calle Sr.Driscoll, que ahí llega el pedido. Veremos cómo lo encaja su acrisolada moral -lo que él pretendía decir con esa frase lo supe en cuestión de segundos. La camarera, que no era Celia, sino una muchacha bastante más joven, que vestía falda negra por las rodillas, que destacaba por un pandero saliente y redondo, tan apetecible como una magdalena rellena de manzana y crema, llegó a la mesa del cliente portando una taza de café y un diario. Después del “Gracias Úrsula”, ésta, una mujer de epidermis blanca, contrastada por una cabellera larga, tiznada, de fisonomía llamativa, con unas mejillas anchas y una nariz diminuta, casi garbancil, tras depositar la bandeja vacía en la mesa, se agachó. Su pompis cobró mayor tamaño al adpotar esa posición, deformándose como si fuera culpa del primer plano de un objetivo de una cámara. Arrodillada, desabrochó el cinturón del Sr.Augusto, que sin darle importancia a lo que acontecía, pasaba distraído las páginas del periódico. La cremallera del pantalón era el postrero obstáculo que debía salvar esa desvergonzada para tener entre sus sus manos el enclenque pene de ese viejo. Quizás hubiera sido más apropiado llamarlo pito, o “pi”, porque cosa tan poco desarrollada, no merecía el desperdicio de tantas letras

    -¡Diantres qué es ésto! ¿A qué alocada cafetería me has traído? ¡Es fantástico!

    -Te dije John que te gustaría

    -Ayúdame a decidirme…Ya que pagas, es justo que intervengas también en este proceso -mi amigo empezaba a mostrarse tan exaltado como yo, y la carta con las especiales consumiciones le trastabillaron de sus nerviosos dedos.

    -Tienes la opción de chocolate con yogur: o sea, encular a la camarera…

    -¿A esa fea de Celia?

    -¡No! Ella sólo toma las comandas. Depende del tipo de “cacao” que pidas, viene una determinada señorita. El cacao blanco es una caucásica, el con leche es mulata, el de frutas rojas es una pelirroja, y el negro…Bueno, supongo que tu imaginación da para eso.

    -¿Y no disponen de orientales?

    -¡John, supera ya esa relación! Ella no te conevenía… -su agresiva observación referente a mi fracasada aventura con una asiática, no me descentró de ese entorno lujurioso. Cada vez me seguía apeteciendo más tomarme ese chocolate. Marc fué displicente, y tras revisar el listado, pudo complacerme -. Chocolate con frutas exóticas…lichis con ralladura de pistachos y jengibre. Por Dios John no te bebas esa porquería, follátela a gusto, pero no te tomes el líquido de esa taza. Yo me pediré un cacao del 70%, del Brasil, si queda en el almacén…

    -¿Y los servicios?

    -Chocolate a los tres gustos, (café, fresa, nata), se dispara de mi presupuesto y correríamos el riesgo de morir rodeados por seis senos. Trágica ironía. Un “suizo” es un francés…-el sofocante escándalo de la mesa del Sr.Augustó, robó nuestra atención.

    -¿Y ese suertudo, qué se habrá pedido? –las profesionales manos de la dependienta obraban con la misma pericia que un alfarero modela su figura con barro. De por sí, poco material tenía ella para trabajar, puesto que el apéndice de ese cliente, arrugado, de aspecto enfermizo, cuyo crecimiento se podía considerar deficiente, estaba coronado por una superfície oscura casi tan negra como la cáscara de un percebe. Se suponía que el olor que emitía sería parecido al de ese marisco, y Marc y yo temíamos que en cualquier momento emanara de esa insignificancia, una sarta de gusanos anélidos que inundaran la juvenil y desdichada boca de esa contumaz felatriz. Un minuto más siguió ese cuello de cisne agachándose para cumplir su cometido, y cuando el abuelo parecía que iba a fallecer de un colapso, (intentaba levantarse y gemía como si le faltara el aire), una ridícula descarga seminal apenas creó una rebaba en una de las uñas de ella. Ocurrido ello, el Sr.Augustó terminó de agitar esa menudencia, se abrochó, plegó el periódico, y enfundándose ese sombrero que le otorgaba una pose de desitinción y caballerosidad, marchó del local con un “hasta mañana”. Atónitos aún por la chocante escena. Marc tragó saliva, no sé si excitado o transtornado, y respondió a mi pregunta.

    -Debe de haber pedido un suizó exprés. O sea, un servicio oral rápido. Supongo que a su edad, eso ya es mucho…-en esas, Celia estaba de nuevo a nuestro lado.

    -¿Y bien? ¿Qué será? –Marc tomó la palabra.

    -Mi amigo un chocolate con frutas exóticas, ¿es eso posible?

    -Por supuesto señor. En esta casa todo se cumple. Nuestra querida Mayako le servirá encantada.

    -Yo quiero un cacao negro, del Brasil…-comentó con cierto temor a que le contestara que esa clase de chocolate estaba agotada.

    -¿Y qué variedad querrán? Un chocolate suizo, con yogur, un exprés…

    -¿Qué le parece un especial completo?

    -Barquillos, abanicos y tropezones con frutos secos. Una elección muy propicia.

    -Tradúzcame a un lenguaje más popular señorita, yo soy nuevo por aquí. –arguyé ansioso por saber cuál iba a ser mi cuchipanda.

    -En sesenta minutos podrán hacer de todo. Les recomiendo, por ello, que aprovechen el contenido de las tazas como combustible. Lo van a necesitar. Que su estancia en “New Choc shop” les sea grata. Pronto llega su merienda -tras deshacerse de un amasijo de billetes, Marc y yo nos despojamos de nuestras chaquetas, quedándonos en silencio, nerviosos como si estuviéramos en la sala de espera de un hospital, aguardando la salida de una comadrona que nos dijera que el parto había sido satisfactorio, y que éramos padres de una hermosa niña. No una, sino dos camareras portando sendas bandejas, aparcaron delante nuestro llevando las bandejas con las viandas. Eran ellas. Repelí un grito de euforia, aunque estábamos solos en esa planta, era preferible mantener cierta compostura.

    -Soy Mayako, aquí tiene su chocolate exótico –esa mujer debería tener unos veintiún años, no pasaba del 1’60, y su cuerpo no mostraba signos de haber ingerido demasiadas grasas. Sus piernas eran delgadas, tanto como su tronco, pero sus formas estaban bien trazadas. Sin duda, esa cortina interminable de pelo oscuro, y ese rostro ovalado, de largos labios y ojos cerrados, como si hubieran sido difuminados por un artista que pinta con cera, eran los rasgos característicos de una mujer asiática. Con voz mimosa y tono muy bajo, apostilló-. Yo misma lo he preparado -no pude detener mi furia que me empujaba a desnudarla sin demora. Me hice con sus manos, de dedos alargados y fríos. Ocho de ellos me los introduje en la boca, saboreándolos con una voracidad enfermiza. Sin duda no mentía, tenían un sabor amargo y picante. Mayako había manipulado el jengibre con sus manos sin utilizar ninguna protección. Eludí hacer muecas de disgusto para no ofenderla, y disimule, asiendo sus manos entre las mías en un gesto romántico que compensaba mi brutal acción anterior. De mientras, Marc se había manchado creándose un bigote de chocolate, que su acompañante que se presentó como Laura, le limpió con un lenguetazo como si fuera una vaca que se hace con una hoja de col. Se trataba de una mujer de raza negra, metro setenta y cinco, y unos sesenta kilos de peso. Su traspontín destacaba por tener dos esferas voluptuosas, casi tan tentadoras como esos muslos exentos de medias, con la suficiente anchura para que una mano grande y necesitada pusiera a prueba su consistencia. Sus salientes pectorales, le obligaban a compensar el equilibrio de su cuerpo, echando la pandereta más hacia fuera; pero era su melena rizada, y esos labios hinchados que no gruesos, pintados de morado, los que incitaban a mi compañero. Aquella parte de su cara, llevaba marcado el sello del diablo. Esos labios eran el mejor sofá donde poner a reposar algunas partes de él. Podrían ser su perdición, y tenía que probarlo, así que mientras yo toqueteaba a Mayako, repasando las yemas de mis dedos por su franja abdominal, como si estuviera comprobando que un paquete frágil no ha llegado roto a su destino, y cosquilleando el círculo de su ombligo, tal y como lo hace un crío jugando con el cascabel de un gato, Marc se había tirado literalmente a los pechos de Laura. Era como un alocado participante en un concurso de ingerir comida. Mirando de reojo, vi como ese comensal tenía entre sus dientes una desproporcionada areola marrón, tan grande como el reloj que enfundaba su muñeca. Debido al afecto con el que estaba siendo tratada, ambos senos enseñaban con orgullo unos descarados y nada retraídos pezones, gozosos, rectos, crecidos como flores en primavera. Dejé de observar cómo disfrutaba para centrarme en mi plato. Tenía que desquitarme del mal sabor de boca del jengibre, (ya había sido advertido por Marc). Mayako, además de atractiva, había entendido mi disgusto, y me ofreció una peculiar manera para resarcirme:

    -Yo cocinar para ti, pero tu no gustar dedos. Sabor fuerte para hombre débil -esa coletilla no estuvo afortunada -Yo compensar. Toma mi culo- -y abriéndose las nalgas como una separa las dos partes de un aguacate, me ofreció con total sumisón ese orificio de dimensiones diminutas. Dudé, tras meses de presunta relación de pareja con Eva, no habíamos pasado de unos besos en las mejillas y algunos castos toqueteos. Había vivido en una dictadura amorosa, con total represión, y aunque algo me decía que si las manos de Mayako desprendían un sabor fuerte, apoderarme de su ano, igual me terminaba de rematar. No sucedió así, me agarré a sus posaderas, como un bebé a la mama de su madre; era como apretar una manga pastelera rellena de merengue, blanditas, suaves, gustosas de rozar, ello ya me excitaba. Con timidez, mi lengua buscó el fondo, ese punto, esa “X” que conducía a un mundo oscuro desconocido por mí. Ella inició una serie de sonidos. Lo estaba haciendo bien. Ese esfínter había sido preparado para la ocasión, y de él emergía un cierto aroma mentolado. Con más ímpetu, conviertiéndome ya en un sinvergüenza, empecé a penetrarla sutituyendo mi prolongación viril, por mi lengua. Sus quejidos aumentaron el ritmo, más aún, cuando mi boca pasó a la acción y cubría toda su zona anal. Mi apetito sexual quedaba patente viendo esa quijada abierta de animal selvático asesino que muestra su afilada batería de colmillos. Cierto ruido a chapoteo, perteneciente a los fluidos de ambos, empezó a crearme una masa viscosa en la zona de la barba. Temí lo peor. ¿Acaso iba a salir de ese lugar con la cara pintada como la de un carbonero? No, de esa particular mina, llamada anal, se estaban obteniendo filones interminables de algo que hacía tiempo que no sentía: placer.

    Laura, era ahora la manivela de una vagoneta que no paraba de moverse, sin producir estridentes ruidos, sólo jadeos sofocantes. Todo su cuerpo no paraba de inclinarse hacía la zona pélvica de Marc, que permanecía estirado, con los brazos apoyados en la mesa y los ojos cerrados. Daba la sensación que buscara que los fluorescentes que colgaban del techo le broncearan. Con la boca semiabierta, irrumpía alabanzas hacia la labor de su compañera, junto con entrecortados escalofríos, como si sus pies estuvieran paseando desnudos por la nieve. Tras algunos minutos de esa rutinaria actividad, a orden del deportista, ella adoptó la típica posición de la rana que espera en un nenúfar la mosca de su desayuno, y dirigiendo la mascunilidad de él como uno maneja el “joystick” de un ordenador, consiguió ensartarla en la parte más caliente de ella. Esa caldera mantenía una temperatura elevadísima, y Marc, que no paraba de recrear surcos de esfuerzo en su rostro, y que se podría juzgar que se estaba empleando como un transportista que trajinara pianos, creía que su tronco podía arder antes de la hora en esa fogata brasileña.

    Había dejado de prestar atención al culito de Mayako para centarme en su otro orificio. Imitando a un perro que se asoma a un charco de la calle, y bebe de él, yo estaba en el estanque más preciado que tienen las mujeres, al sur del famoso monte. La oreografía del género femenino, es la más agradecida de estudiar, y la de esa oriental no era menos. Lo peor, sus quejidos, casi gritos agudos que me molestaban. Para evadirme de ellos, giré el cuello hacia mi derecha, viendo el sufrimiento que le estaba infligiendo esa interminable hembra negra a mi amigo. Parecía no saber dominarla. En esas, me percaté que estaba desatendiendo lo mío, aunque mi paciente ya había iniciado una serie de repetidas proclamas:”¡Chochito feliz, chochito feliz! Mayako chochito feliz”, me dijo mirándome como si fuera a llorar. Lo hizo, pero en la zona donde había estado trabajando a conciencia. Esa confirmación a un trabajo eficiente, se merecía una medalla institucional, pero me conformé con que ella me dejara más empapado que un grifo en mal estado.

    La pareja de al lado estaba ahora unida por un abrazo, se besaban como novios primerizos, y sus cuerpos tan húmedos como el césped del parque donde se suelen retozar éstos, no paraban de frotarse entre sí. El juego ahora residía en conseguir que el péndulo de Marc se abriera paso entre un par de colinas coronadas en el centro por dos barrillos gigantes y negros. Esa actividad, le divertía mucho a ella, ya que cuando tenía él su báculo entre ese par de protuberancias, Laura las apretaba como si quisiera que de ellas estallara un líquido corrosivo, ahogando la parte de mi amigo.

    Quedaban pocos minutos para que todo terminara, y mi jícara con el pedido todavía yacía intacta. Como hombre cuyas vivencias en las relaciones de pareja habían sido poco prolíficas, y tras haber superado con éxito la prueba del “anilingus”, creí que el espectáculo debía terminar precisamente ahí, ¡en su culo! Volví a girarla moviéndola como si tuviera ruedas. Era increíble cómo se dejaba manejar aquella muchacha, un maniquí hubiera ofrecido mayor resistencia; además, leía mi pensamiento antes que mis propias órdenes llegaran a mi cerebro. Sin que yo llegara a hablar, salivándose sus tres dedos centrales de su mano izquierda, se los introdujo sin remilgos en su ano. Tras unos cuantos ejercicios para dilatar ese esfínter, ella volvió a mostrarme esa madriguera, ahora enrojecida. Me puse una protección, y con el temblor dudoso de un neófito, dirigí mi dardo hacia el centro de la diana. A medida que iba entrando en ese particular garaje para penes atrevidos, la sofocante temperatura anal me hizo ver que aquella aventura sería de corta durada. Las exclamaciones de Mayako, alentándome a que siguiera profundizando, aún me exaltaron más. Por añadidura, nuestros tórtolos vecinos, no podían evitar el desenfreno, y entre alaridos, Marc embadurnó los labios, la frente y la mejilla de Laura como un tubo de pasta de dientes que alguien ha aplastado con un puñetazo. No podía contenerme demasiado tiempo ya, ver como esa felina se lamía como los golosas se hacen con el bote de leche condensada y lo rebañan hasta que sólo se escucha el roce de la cuchara con el metal, me superaba. Además, por la escalera que teníamos a nuestras espaldas, bajaba en silencio una pareja de unos cuarenta y cinco años. Ambos nos miraron, ella pareció comentarle algo a su acompañante, pero con sigilo, marcharon del establecimiento acompañados de Celia, que con mucha prudencia, volvió a desaparecer de la sala. “Culito feliz, culito feliz”, no sé si esa mujer que tenía ensartada por detrás como si fuera una banderilla de encurtidos fingía, o era franca. De ser así, pocas personas deben de haber en el planeta tan contentas con cada parte de su cuerpo. El final de Marc, los convidados de piedra que nos habían contemplado impávidos, y estar poseyendo por ese angosto hoyo, a una exótica mujer como Mayako, hicieron el resto. Tras un par de movimentos más de perforadora petrolífera, grité echando la cabeza hacia atrás, como si me hubieran marcado un gol en el tiempo de descuento. La furia en mi voz era el pitido final de nuestra contienda. Ellas, se despidieron de nosotros tras darnos dos cándidos besos maternales, y desnudas, siguieron el camino que conducía a las dependencias interiores de la cafetería. No podíamos hablar, nos adecentamos un poco, y satisfechos por lo vivido, con las camisas medio abrochadas aún, terminamos la tarde como correspondía, bebiéndonos esas dos tazas de chocolate.

    FIN

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    DISFRUTA LA FRUTA

    Seudonimo:Randy Newman


    Marisa dejó las bolsas de la compra en la cocina. Aún no sabía por qué se había dejado convencer por su amiga Emilia para que visitara la nueva frutería. Ni siquiera estaba en el barrio, tuvo que andar cinco travesías para encontrarla, y al final, para toparse con un grupo de histéricas compradoras y terminar adquiriendo género que no necesitaba y a unos precios tan desmesurados como en cualquier otro comercio. La luz violácea de ese local, ayudaba a desenvolverse con menos soltura, los focos apremiaban a moverse con rapidez, dado que la iluminación resultaba molesta.
    Sacó la piña de una de las bolsas. Estaba verde. Para poderla comer ese día, tendría que pasarla por la sartén con azúcar moreno, nata líquida y flamearla con un chorro generoso de brandy. Para desquitarse de esa jauría de intrépidas amas de casa, y de esa dañina luz de la frutería, le pareció un remedio acertado tomarse una copa antes de preparar nada. Así que se recostó en el mármol de la cocina mientras agitaba su copa de “Honorable”, uno de los botines más preciados de la particular sala de trofeos de Don Anselmo, su marido, y paladeó ese momento de placer. Reactivada por el destilado, se dispuso a limpiar la piña, tarea laboriosa, ya que había que desprenderse del troncho central y de la corteza, con la habilidad suficiente como para dejar algo de carne para el comensal. Con el cuchillo jamonero asido con firmeza, encaró tal samurái a su presa. De repente, algo impidió esa acción. Marisa se pasó su gélida mano izquierda por la frente. Parecía como si un rayo le hubiera atravesado el cráneo. Volvió a su quehacer, y cuando la hoja del cuchillo apenas había rozado la superfície de pinchos de la fruta tropical, esta vez, escuchó dentro de sí, una especie de quejidos. ¿Estaba perdiendo la razón? Sólo se había tomado una copa de un brandy de innegable calidad. Mientras un escalofrío recorría sus brazos, congelando su actividad gastronómica, el lamento se repitió en su mente, diáfano:”No me cortes, no me cortes…”. Marisa soltó el cuchillo como si estuviera electrificado, y esté rebotó terminando su periplo en el fregadero, dentro de una cazuela de acero inoxidable. El ruido que originó ello no la despertó a ella de su catarsis. Cogió la piña como si se hiciera con un bebé recién nacido, y buscando oír su plañidera voz, lo oscultó. A los pocos segundos, se estaba restregando la aspera piel de la piña en su mejilla. La sensación no debía ser agradable, era como masajearse con un estropajo de aluminio. Marisa volvió a escuchar a la fruta, que con tono exigente, utilizando la forma imperativa, le indicaba marcialmente:”¡Fóllame, fóllame!” No podía creer aquéllo, su imaginación la había vuelto ida. Se deshizo de la piña tal y como había hecho con el cuchillo, como si fuera una sanguijuela que arroja uno con asco después de encontarse con ella en un caño. Se quitó el delantal nerviosa. ¿Le había jugado una mala pasada el brandy? No, estaba acostumbrada a tomarse dos, incluso tres copas cuando salía con las amigas, no era una alcohólica pero soportaba bien la bebida. Se amasó la cara con ambas manos, sudaba casi, estaba temblorosa. Miró a la piña que aún se tambaleaba débil en el mármol. “¡Qué locura es ésta! No puede ser…”, musitó enfadada.
    -A mí nadie me ordena estas cosas. Ni siquiera Anselmo…-y como si fuera un jugador de rugby, se hizo con la piña para tirarla al cubo de basura, pero no traspasó el lindar de la cocina. El poder de transmisión de ese alimento superaba las fuertes convicciones morales de esa mujer, y las órdenes sexuales que había recibido, volvieron a repetirse en su cabeza. Rebotaban como una pelota de goma que se ha impulsado en un cubo cerrado. Sin más, desposeída del mojigatismo habitual, empezó a lamer la puntiaguda piña como una salvaje que lleva días sin comer. Su lengua quedó irritada por el refriegue, pero no notaba el escozor. Con su mano izquierda, se subió el vestido gris a cuadros y empezó a tocarse. Casi no sabía que era eso, aunque sus amigas de espítitu más atrevido, sí le habían contado. Empezó a exhalar, a respirar como si le faltara el aire. Rompió su ropa interior blanca en dos partes, trabajando con su mano entera en esa gruta casi virgen a pesar de deambular por lo que se denomina madurez desde hacía años. Una vez lubricada y dilatada esa parcela de su anatomía, por otra parte, (descuidada como un jardín abandonado repleto de malas hierbas), se hizo nuevamente con su apreciada dádiva, y con ambas manos, como muestra un seguidor de una secta satánica la ofrenda para el sacrificio, quiso que la piña fuera su ecológico juguete de diversión parafílica. Lo intentó reiteradamente por la base, pero era imposible, se añusgaba la fruta, ese tragadero estaba obstruido. Así que dejó de estar sentada en el suelo para revisar en las otras dos bolsas de la compra que tenía abandonadas. Una bandeja de champiñones no le valían, estaban llenos de barro y eran pequeños, naranjas, dos peras “comice”, una lechuga trocadero, una bolsa de patatas de tres kilos, y su objetivo final, media docena de calabacines de piel muy fina. Los acarició como hacen las mujeres cuando se repasan las piernas recién depiladas. Su tacto era suave, agradable, sensual. Se hizo con tres de ellos, como un niño agarra unos lápices de colores para manchar la pared de su dormitorio, y sin rubor alguno, (la esposa recatada había sido incinerada hacía pocos minutos), los endosó donde esa desproporcionada y obscena piña no había podido entrar. No obstante, esas hortalizas, ensanchaban con peligro la intimidad de ella, que estaba gozando como nunca. La muñeca con la que maniobraba empezaba a entumecerse, pero tenía que seguir en funcionamiento, como si picara hielo para una fiesta a la que han sido invitadas dos mil personas. Los calabacines empezaron a estar embadurnados por un gres, que denotaba la excelencia de su tarea. En esas, el teléfono de casa sonó, teniendo que reincorporarse Marisa, perfilando una estampa grotesca: ella con el vestido subido, con su sexo al aire , agraviado por un grupo de resueltos comestibles. Con voz ahogada, casi no puedo responder. Su interlocutora, que parecía estar sumida en un estado parecido al suyo, no podía repeler gritos y carcajadas de alegría:
    -Marisa soy Emilia. No pudo hablarte…¿Fuiste a la frutería que te dije? –comentó entre un murmullo de jadeos exagerado.
    -Sí, es mágica…No te puedes creer lo que…
    -Dímelo a mí, que tengo un equipo de puerros metidos en mi …
    -…Pues yo a unos calabacines. Que aprendan nuestros maridos.
    -Yo te gano en guarrería. No pude reprimir la tentación y he utilizado un excepcional chupete para mi culito. Un pimiento del padrón, que rasga y arde como una cerilla, pero te lleva al éxtasis. Pronto llega Ricardo, y aún no he terminado esta orgía…Socorro Marisa, que los puerros me atacan hasta su pelillo…-y la pornográfica comunicación se cortó. Marisa volvió a la cocina, envidiosa de saber que su amiga estaba gozando más que ella. No quiso ser menos e inició la búsqueda de algun elemento que endosar en su círculo negro, más desconocido aún por ella que el rosado. Desvalijó la nevera como un ladrón, y al no hallar nada interesante, se hizo con uno de los calabacines que había estado cavando en su mina, le aliñó en su punta unas gotas de salsa tampico, (tan picante como el tabasco), se arrodilló, y arqueó la espalda, mostrando su luna abierta, dispuesta para que se iniciara una sesión de tiro al blanco, y con dificultad, intentó darle un biberón de brandy a su esfínter anal. El escozor hizo que aullara como una loba en luna llena. Eso que a la Marisa de siempre le habría parecido algo marfuz, un ejercicio para repudiar, propio de una mujer libertina y con ningún valor moral, ahora le encantaba. Colocó el calabacín en esa pista magullada, enrojecida y febril que era el centro de su culo. No tuvo más que empujarlo, y ese supositorio fálico, fue ganando terreno. No sabía si sus lágrimas brotaban de dolor o de placer, pero sin duda estaba disfrutando. Ese cohete verde había traspasado el cielo, la troposfera, y le permitía ver las estrellas más bonitas. Sin percatarse, ya tenía la mitad dentro, y la carretera aún no había llegado al punto del “Stop”, pero el saludo de Anselmo, y el inconfundible tintineo de las llaves que chocaban con el cenicero de cristal de la entrada, obligaron a Marisa, primero a suspender esa mañana gloriosa, y luego a atrancar la puerta de la cocina con los pies, puesto que no mostraba una presencia decente para recibir a su beato marido. Recogió las señales de desvarío de la habitación, se acomodó el vestido, y mientras Anselmo entraba en la estancia de la perdición, mordía y alababa una de las peras que terminaba de haber colocado Marisa en el frutero, ella le contestó: “Sí, son de una frutería nueva.” Saliendo de la cocina, ella se apretó la ropa interior, frotándose el dedo índice con descaro y musitó sonriendo entre dientes: “Mañana vuelvo”.
    FIN

  5. #5
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    ELKA, O EL AMOR TENÍA UN PRECIO

    Seudónimo: Gustavo Abidal


    Hace unos años, después de una de esas relaciones largas que al final se quedan en nada y varias otras mucho más cortas pero igualmente infructuosas que vinieron a continuación, en parte empujado por el aburrimiento y en parte por la curiosidad, decidí un día sumarme a la corriente de los tiempos y probar fortuna en uno de esos portales de Internet que se dedican a facilitar los encuentros románticos.
    Al principio la cosa no fue mal, he de reconocer que en algún momento hasta me pareció excitante. No tardé en establecer contacto con un buen número de mujeres que, como yo, parecían dispuestas a pasar lo más discretamente posible por encima de todos esos tediosos prolegómenos de las relaciones convencionales e ir directamente al grano. Con algunas no fue posible ir más lejos, sin embargo, es decir que no hubo “feeling”, como se decía en el argot creado al efecto por los usuarios del portal y que, en resumidas cuentas, no era más que la expresión posmoderna de lo que toda la vida se ha conocido como “mutua atracción física”. Con otras, por el contrario, resultó inusitadamente fácil alcanzar los objetivos que, de forma declarada o no, perseguíamos en realidad todos los integrantes de aquel ligódromo virtual. Y con no pocas de ellas, por cierto, a la primera cita, lo que venía a sumarle al sexo así resultante el estímulo de ver cumplida una fantasía casi universal: la de encamarse a las primeras de cambio con alguien que, a la postre, no era más que una perfecta desconocida.
    Pero esa excitación inicial comenzó pronto a diluirse con la costumbre. Al cabo de unos cuantos encuentros todo volvía a ser como lo ya conocido, como esas otras relaciones anteriores que al final se habían quedado en nada: salíamos, íbamos a cenar, tomábamos una copa… y a casa a follar. Si por consideración mal entendida o simple desidia la relación se prolongaba más de la cuenta, entonces esa enumeración de actividades sociorománticas acababa por menguar irremisiblemente por uno de sus extremos: o bien íbamos a follar y con eso nos dábamos ya por comidos, o bien salíamos a cenar y luego si te he visto no me acuerdo.
    Seguí conectándome al portal por algún tiempo obedeciendo a esa misma costumbre, aunque cada vez con más indiferencia y menos asiduidad. Entraba, contestaba sin demasiado esmero los mensajes de mi buzón (cuando los había, también estos comenzaron a menguar alarmantemente), intercambiaba en el chat alguna gracia manida con la posible candidata de turno y, si se terciaba, ya más por inercia que por voluntad, volvía a repetir cansinamente el ciclo conocido, sin otra variación que el progresivo desplazamiento de las actividades gastronómicas en beneficio de las puramente sexuales. Un día dejé de contestar los ya escasísimos mensajes que me llegaban con cuentagotas y, al poco, vencido por el hastío, ya ni me molestaba en leerlos. Cuando llegó el de Elka, yo ya no era más que un simple mirón virtual cuya presencia en aquel lugar de encuentros románticos había tocado a su fin. No sé por qué cambié de opinión y decidí quedarme a conocerla.

    O a lo mejor sí lo sé. El nombre. En un mundo dominado por la vertiente más utilitaria de los sentidos, es difícil sustraerse al poder de evocación que todavía tienen los nombres: Casimiro Hinojosa Carvajal, administración de fincas; Pepe Luis Ortega, toreo; Miguel Fernández Revilla, farmacia; Elka, sexo nórdico inolvidable. O sea, que sé que no me habría inmutado ante una Rosario o a una Asunción o a una Almudena, o una de las infinitas Marías o Saras o Conchitas o Raqueles… pero ¿cómo resistirse a leer el mensaje de una Elka con su implícita sugerencia de placer perdurable y hasta puede que escandinavo?
    Así que no me resistí y lo leí. Era un mensaje extenso escrito en un inglés chapucero casi ininteligible, lo que, sumado a mi rudimentario conocimiento de tal idioma, hizo que tuviera que repetir la lectura varias veces, rellenando a base de mucho diccionario y no poca imaginación las numerosas lagunas que a menudo creaban en mi entendimiento su lengua de trapo y mi ignorancia. Se presentaba diciendo que Elka era su nombre real, no un nick, algo que, por las razones antedichas, me resultó altamente estimulante. Agregaba a continuación que era una admiradora entusiasta de mi país y de mis paisanos, de los cuales destacaba (cito textualmente) “deir wanderful comidas and corridas”. Aclaraba que estas dos últimas palabras eran de las pocas que conocía en mi lengua, la cual -añadía para mi general estremecimiento, porque en lugar de “language”, que, en efecto, significa lengua o idioma, escribía “tongue”, que, según mi diccionario, por lo general sólo significa lo primero- esperaba conocer algún día “veri veri deeply”, o sea, “muy muy profundamente”. Pasaba entonces a enumerar las razones por las que se había decidido a escribirme después de visitar mi perfil en el portal (no entendí ninguna de ellas, ni creo que las habría entendido aunque hubieran sido escritas en roman paladino, porque mi perfil estaba sustancialmente falseado) y terminaba animándome a hacer lo propio con el suyo y escribirla asimismo en el caso de que yo pensara que “eso pudiera darme placer” (“if yu think dat woud give yu pleasure”).
    Lo visité a la velocidad del rayo. Decía tener 30 años, estar divorciada y ser báltica, no escandinava, un ligero contratiempo del que me recuperé rápidamente al examinar las fotos que acompañaban el perfil. Era una mujer estilizada de delicados ojos azules y pelo rubio natural muy claro, tirando a pajizo; en una de las fotos se la veía caminando descalza junto al mar con un vestido corto playero que la brisa levantaba generosamente dejando al descubierto unas piernas simplemente esculturales. Me apresuré a contestar su mensaje.
    La contestación a mi contestación me llegó en menos de una hora, y la subsiguiente mía le llegó a ella dos minutos después de la suya. Se sucedieron luego con inusitada presteza las terceras, cuartas y quintas generaciones de contestaciones. Hacia la sexta nos intercambiamos direcciones de correo electrónico y de MSN.
    En la primera semana de chateo a través del messenger nos declaramos amor eterno, y antes de que finalizara la segunda ya nos habíamos comprometido firmemente a materializar de forma inmediata y a cualquier a precio ese arrebatador y mútuo impulso nuestro. Lamentablemente, a ella le resultaba imposible desplazarse a mi ciudad en aquellos momentos debido a ciertos compromisos laborales inaplazables, de modo que quedó decidido que sería yo quien iría a visitarla sin más demora.
    Dada la premura de la situación, sólo pude conseguir billete de avión en la clase preferente, un gasto ciertamente excesivo que, no obstante, esperaba compensar con el ahorro del alojamiento gratuito y previsiblemente muy completo (se me erizaba la piel de sólo pensarlo) que ella habría de proporcionarme en su propia casa durante la -a buen seguro- larga e inolvidable semana de mi visita. Era una circunstancia que ella había obviado delicadamente durante nuestras conversaciones virtuales e incluso en el par de telefónicas que tuvimos el día antes de mi partida, pero que, claro está, se daba por supuesto de forma tácita.

    La noche anterior a mi salida no pude pegar ojo. En cierta medida por los nervios lógicos de la situación, pero en una medida mucho mayor (pido perdón si suena un poco grosero) por la rampante erección nocturna que me sobrevino y que tuve que soportar sin poder echar mano de alivio alguno a causa del voto de castidad que ella me había obligado a tomar unos días antes. (“Quiero que te contengas. Me gusta sentir a los hombres muy muy enteros, y así es como quiero que llegues a mí, tú ya me entiendes”, me había escrito en su habitual inglés macarrónico que, esta vez, como ella daba acertadamente por hecho, entendí a la primera sin necesidad de usar ni la imaginación ni el diccionario). Una erección que, con el paso de las horas (y el constante recuerdo de esas palabras de Elka, a pesar de mis desesperados esfuerzos por pensar en otra cosa), acabó por ascender hasta la categoría de puro priapismo y venirse conmigo a la mañana siguiente al aeropuerto, pasar conmigo los sucesivos controles de pasaportes y equipajes, y conmigo volar hacia nuestro presumible destino pacificador, algo que, por cierto, no le pasó desapercibido a una de las azafatas de la comfortable y exageradamente costosa clase preferente, una morenita menuda de ojos chispeantes que se desvivió en atendernos durante todo el vuelo con una actitud entre escandalizada y divertida.

    Cuando aterrizamos, mi compañero de viaje pareció achicarse un poco, y cuando, tras los pertinentes trámites aduaneros y la recogida del equipaje, por fin alcanzamos la sala de llegadas del aeropuerto, noté que se había esfumado por completo, así que tuve que hacerme cargo yo solo de la tarea de localizar una melena rubia tirando a pajiza entre el nutrido grupo de rostros sonrientes que había frente a mí.
    No la vi. O para ser más exactos: vi muchas melenas rubias tirando a pajizas, pero no una que coronara el bello rostro de mi princesa báltica. Eché un segundo vistazo, y luego un tercero y un cuarto. Caminé hasta el final de la sala y luego volví sobre mis pasos tratando de hacerme notar. Pero nada.
    Encendí el móvil y me dispuse a llamarla. Seguro que en aquel preciso momento ella estaba haciendo lo mismo en alguna otra sala del aeropuerto en la que me esperaba equivocadamente (esos malditos paneles informativos, siempre tan poco fiables…), dominada por la ansiedad y la alarma de no verme, la pobre; o a lo mejor incluso a tan sólo unos pasos de distancia y, con los nervios y la excitación, no acertábamos a vernos el uno al otro… ¡Cómo nos reiríamos juntos de esta pequeña anécdota más tarde, descansando abrazados y exhaustos bajo las sábanas!
    La pantalla del móvil mostraba un circulito giratorio con un mensaje debajo: “Buscando Red Internacional”. Me puse nervioso: navegué por el menú; presioné varias teclas torpemente; se apagó el móvil. Volví a encenderlo, esperé unos segundos: “Buscando Red Internacional”. Vi un teléfono público y me dirigí a él. No tenía monedas locales, así que tuve que usar una tarjeta de crédito. La pasé varias veces por el lector de bandas, vi un mensaje que me informaba de un cargo de ochenta nosequés, se cortó la señal. Volví a intentarlo con el mismo resultado, excepto que esta vez el cargo subió a noventa nosequés. Finalmente me dije que estaba perdiendo los papeles sin motivo y que lo que tenía que hacer era calmarme y sentarme a esperar la llegada de la dichosa señal internacional o la de Elka, lo que aconteciera primero. Después de todo la situación no era tan inusitada: el tráfico, una reunión de trabajo que se prolonga más de lo previsto, una repentina urgencia intestinal… que sé yo.
    Así estuve sus buenos quince minutos de reloj, transcurridos los cuales comencé a preocuparme de verdad. Sopesé primero las posibilidades más favorables: un accidente en la autopista, el coche inmovilizado, mi teléfono que da señal de desconectado, Elka desesperada sin saber qué hacer…; un desafortunado tropiezo al bajar las escaleras (Elka nerviosíma con la excitación de mi llegada), tobillo roto, urgencias de hospital… Pero a medida que pasaba el tiempo empecé a considerar también las contingencias más pesimistas: una broma, una pesada broma báltica; Elka no existe, puede que ni siquiera tenga el pelo rubio tirando a pajizo, puede que…
    No pude terminar, me interrumpió un pitido de mi móvil anunciándome que por fin había encontrado la escurridiza Red Internacional. Casi al mismo tiempo me llegó un mensaje: era de la compañía telefónica anunciándome sus nuevas tarifas europeas. Y a continuación otro: era de la misma compañía informándome de sus convenientes rebajas para llamadas nocturnas. Y todavía un tercero: era de Elka.

    Me decía que algo terrible había pasado, que le habían informado en el trabajo a ultimísima hora de que tenía que desplazarse fuera de la ciudad hasta el día siguiente, que no tenía posibilidad de elección, que era un asunto muy importante y de mucho dinero, que ya me contaría, mi amor, que había intentado llamarme sin éxito, pero que no me preocupara, cariño mío, que nos veríamos pronto y que su íntima amiga Bertha iría a buscarme al aeropuerto, que llevaría un cartel con mi nombre para que pudiera reconocerla y que se ocuparía de atenderme hasta su vuelta como si fuera ella misma, Elka.
    Sólo en ese momento reparé en la figura esbelta de una chica morena de nariz respingona y grandes ojos claros que, como yo, parecía llevar esperando un buen rato. Fijándome un poco más, me di cuenta de que llevaba un cartel con mi nombre escrito en grandes caracteres rojos. Me acerqué a ella y pronuncié su nombre entre interrogaciones; ella contestó haciendo lo mismo con el mío. Ambos asentimos, nos reímos nerviosamente y nos dimos la mano y las pertinentes explicaciones. Hablaba un inglés tan espantoso como el de Elka (¿será cosa del clima?), pero conseguí entenderla en lo esencial. Me repitió más o menos lo que ya sabía por el mensaje, añadiendo que ella, Elka, le había encargado que me llevara a un hotel y que se me sacara a cenar esa noche, lo cual ella, Bertha, estaba dispuesta a hacer con muchísimo gusto. Concluyó que Elka estaba ahora en una reunión de trabajo importantísima y, lamentablemente, ni podía llamar ni se la podía llamar, pero que se pondría en contacto conmigo tan pronto terminara dicha reunión.

    Camino del hotel, en el coche de Bertha, noté que mi desaparecido compañero de viaje había regresado subrepticiamente, aunque no ya en su forma priápica y ni tan siquiera en la eréctil, sino en la suya habitual, más bien modesta y no precisamente como para tirar cohetes. Fue él precisamente el que me obligó a fijarme en las delgadas y armoniosas rodillas de Bertha, que oscilaban graciosamente al compás de los cambios de marchas enfundadas en sus finas medias de seda. Y fue él también quien, cuando llegamos al hotel, mientras yo sujetaba caballerosamente la puerta principal para dejarla pasar a ella primero, me dio un codazo malicioso para que no me perdiera el espectáculo casi imperial de sus vistas posteriores.
    Un espectáculo, por cierto, que no sólo hacía juego con el nombre del hotel, sino también con sus precios, que se disparaban a varios cientos de nosequés por noche. Yo contraté inicialmente un par de ellas para cubrir cualquier eventualidad y quedé en avisar más adelante en el prácticamente desdeñable caso de que tuviera que prolongar mi estancia. Así que la broma me iba a salir por varios cientos de nosequés multiplicados por dos más los impuestos correspondientes; pero la verdad es que, cuando vi la habitación, me pareció que el precio iba a merecer la pena. Tenía todas las comodidades imaginables, sauna y jacuzzi incluidos. Bertha, fiel a su cometido, subió conmigo para cerciorarse de que todo estaba en orden. Revisó el minibar, limpió una manchita del espejo de cuerpo entero que había frente a la cama (aprovechó para arreglarse la falda), comprobó el estado de las sábanas y se aseguró de que las toallas y demás aparejos de aseo estaban todos en su sitio. Mientras estaba en el cuarto de baño se agachó un momento para recoger algo del suelo que debía parecerle inapropiado, y por un segundo pude ver el superferolítico pico de un tanga rosado. Mi compañero de viaje pegó un salto.
    Una vez acabado su cometido, me dijo en su inglés deslavazado que tenía que marcharse, pero que vendría a recogerme en unas horas para enseñarme un poco de la ciudad y luego llevarme a cenar. Le dije que muy bien en mi inglés elemental, que así podría descansar un poco porque no había dormido mucho (no sabía cómo decir “no pegar ojo” en inglés) la noche anterior y que, ya de paso, podría bajar a Recepción para cambiar algo de dinero porque sólo tenía euros. Se alarmó muchísimo de repente y me dijo (o me pareció entender a mí) que ni se me ocurriese, que en los hoteles eran todos unos ladrones y que me darían un cambio pésimo; que, si me parecía bien, ella no tendría ningún inconveniente en ir al banco antes de que cerrasen (le venía de paso, y de hecho ella tenía que sacar algo de dinero también) y cambiarlo en forma mucho más ventajosa. Le dije que me parecía bien. Saqué de la cartera dos billetes de quinientos y se los di. Ella se los metió en el bolso con un movimiento rápido, casi descuidado, y se despidió alegremente tirándome un beso desde la puerta.

    Cuando me quedé solo me tumbé en la cama y quise ponerme a pensar en Elka y en la extraña situación en que nos encontrábamos, pero mi compañero de viaje no dejó de insistir en recordarme aquella fugitiva imagen del tanga rosado de Bertha. No podía quitársela de la cabeza, el voto de castidad lo tenía trastornado: estaba erectilizado. Traté de razonar con él, le recordé el mandato de Elka (Quiero que te contengas… Me gusta sentir a los hombres muy enteros… tú ya me entiendes), lo que no hizo sino empeorar las cosas: se empriapó. Le rogué, le supliqué que se calmara. Tuvimos un tira y afloja, discutimos, casi llegamos a las manos. Le sugerí, con lágrimas en los ojos, la posibilidad de una ducha fría para que se relajara. Me pareció que a él también se le escapaban unas lágrimas. No pude resistirlo más: fui hacia él, lo abracé y… Y si no fuera porque en aquel preciso momento alguien se puso a aporrear frenéticamente la puerta de la habitación, seguro que ahora no tendría historia que contar.
    Me levanté a duras penas y fui a abrirla ligeramente encorvado, en la esperanza de que mi compañero de viaje no llamara demasiado la atención. Era Bertha, muy agitada, casi histérica. Entró como una exhalación hablando desatadamente en lo que deduje que debía ser su lengua nativa o, si no, una trágica y definitiva degradación de su zarrapastroso inglés. Dio un par de vueltas por la habitación sin dejar de chamullar y luego se fue directamente a la cama, se sentó y se echó a llorar como una Magdalena.
    Cerré la puerta y fui a sentarme junto a ella un poquito más encorvado que antes, pasito a pasito: parecía el Jorobado de Notre Dame. Entre los sollozos y el criptográfico idioma (cualquiera que fuese) no conseguía enterarme de nada. O tal vez fuera culpa mía por andar prestándole más atención a la forma que al contenido: llevaba un vestido negro muy ceñido con unos finos tirantes que demarcaban un generoso escote, y, desde mi privilegiada posición, casi pegado a ella, podía ver perfectamente el arranque de unos senos perfectos -ni muy grandes ni muy pequeños- y las sedosas rodillas de antes (más armoniosas ahora, si cabe, gracias al estilizamiento extra de los zapatos de tacón) acompañadas esta vez de sus respectivos y bellísimos muslos. Tuve que fingir que me quitaba una mota de los zapatos para no delatar la presencia del priápico.

    Pareció serenerarse un poco con ese gesto mío (me dio la impresión de que algo sorprendida por la exhibición de frivolidad que era yo capaz de mostrar en momentos tan dramáticos), gracias a lo cual pude por fin empezar a entender las graves dimensiones del problema, que, en síntesis, venía a ser el siguiente: había ido al banco, había cambiado mi dinero, había sacado algo del suyo, había vuelto a casa, se había cambiado ella (como el dinero), se había encaminado a hacer unas urgentes e ineludibles transacciones o compras o pagos (no pillé bien esa parte) antes de venir a recogerme, había echado mano al bolso, había descubierto con espanto que el dinero ya no estaba allí, había regresado a casa corriendo y había comprobado con más espanto aún que tampoco estaba allí: algún carterista hábil se lo había robado a la salida del banco, seguro, abundan estos días. Y se puso a llorar desconsoladamente de nuevo, pero esta vez apoyando su cabezita morena en mi hombro izquierdo, lo que alineaba sus grandes y llorosos ojitos claros exactamente con la perpendicular imaginaria que iba desde la cabeza del priápico hasta la terraza del hotel pasando estrepitósamente por el techo de la habitación, engorrosísima disposición geométrica que me vi obligado a disolver echando el cuerpo hacia delante ostentosamente.
    La pobre Bertha interpretó el patetismo de la figura así resultante (codos apoyados en las rodillas, cabeza entre las manos, ojos llorosos) como un acto de desesperación económica por mi parte, y se apresuró a jurarme y perjurarme que no me preocupara, que, naturalmente, me reintegraría el dinero a la mayor brevedad posible, aunque la verdad es que en aquellos momentos no andaba muy boyante precisamente, dios mío, qué calamidad. Y se puso a llorar un poco más.
    Mil euros son una barbaridad de nosequés, vive Dios, pero juro por lo más sagrado que en aquellos momentos yo habría dado gustosamente otros mil por diez minutos de privacidad, cinco si se me apura un poco, así que balbucí que no tenía ninguna importancia, de verdad, que precisamente me había traído metálico en exceso para cubrir cualquier eventualidad, que el dinero no es nada en la vida, mira, aquí tienes otros quinientos para que hagas tus pagos o compras o transacciones ineludibles y urgentes, ya me lo devolverás; tengo que ir al cuarto de baño…
    Dejó de llorar. Me miró. Me abrazó dulcemente. Me besó en los labios.

    No he estado en el cielo. Nunca he probado las drogas duras. No sé si la felicidad existe. Así que lo que he de narrar a continuación debe entenderse en sus justos términos: no tengo con qué compararlo. La besé yo también. La besé en los labios, en la nariz respingona, en los ojos claros. Nos levantamos de la cama sin dejar de abrazarnos y giramos torpemente por la habitación en un baile improvisado que parecía más una pelea callejera. La empujé sin dejar de besarla contra la pared, contra la televisión, contra el minibar, contra el espejo de cuerpo entero. Vi allí el otro lado de nuestro abrazo, sus imperiales vistas posteriores, mi rostro desencajado entre sus pechos ocultos… (“¡¡El tanga, el tanga!!”, chillaba fuera de sí el priápico). Vi una mano mía alzándole por detrás el ceñido vestido negro y la otra acariciando el tanga y sus alrededores. La vi a ella girarse sin dejar de besarme, vi sus pechos desnudos al revés (el derecho a la izquierda, y viceversa), vi sus medias negras sujetas con liguero, vi el tanga por delante (se había vuelto azul, pero daba igual). Vi una de sus manos bajar por mi cuerpo y detenerse en la bragueta de mis pantalones… Vi a Bertha besando al priápico.
    Sé cómo ser un buen amante, sé que en ocasiones así hay que imponer un “tempo”, seguir un ritmo, no ofuscarse… Pero no pude, yo ya había traspasado todos los límites. La llevé hasta la cama de nuevo, la tumbé. Su ceñido vestido negro quedó arremangado en la cintura, el sujetador bajo sus pechos perfectos –ni grandes ni pequeños-, las medias y el tanga en su sitio. Me detuve un segundo a contemplarla, consciente de que podía estar ante una de las visiones más trascendentales de mi vida. Ella me miró también, con una levísima sonrisa que era la perfecta representación de la lascivia, y luego, en el más electrizante truco de magia que me haya sido nunca dado presenciar, bajó lentamente por su cuerpo la misma mano que poco antes había estado acariciando al priápico y la hizo desaparecer bajo el tanga.
    La penetré. La penetré como si se acabará de inventar el sexo, como si el mundo estuviera recién creado y sobre mi miembro recayera la tarea de poblarlo; como si de él dependiera la historia de la especie: los Mitos, la Religión, la Filosofía, la Ciencia; como si fuera el único pene del Universo y la Naturaleza no tuviera nadie más en quien depositar su ciego instinto reproductor… Juro que vi arcángeles celestiales sonriéndome, que oí música superior a cualquiera de la hasta ahora imaginada, que resolví mentalmente indisolubles problemas matemáticos, que hallé la cura de todas las enfermedades y que, cuando llegó la explosión final, estuve a punto de echarme a llorar desconsoladamente yo también, como si me hubieran robado mil euros a la salida de un banco.

    Eché una rápida ojeada al cabo de un rato para evaluar los daños de la tormenta. El ex-priápico se había desmayado y Bertha dormitaba tranquila y espléndida en su desnudez. La ruptura del voto de censura trajo consigo el regreso de viejas luces. Estaba claro: Elka no existía, no había existido nunca, y además no tenía el pelo rubio pajizo sino moreno. Elka era Bertha. ¿Por qué se había montado toda esta historia? Ni idea. La verdad es que, a la vista de los resultados, tampoco me importaba mucho. Al menos ahora ya no tendría que preocuparme por esconder los restos de la tormenta.
    Y entonces sonó el teléfono. Reconocí su estropajoso inglés de inmediato: era Elka. Estaba excitadísima por poder hablar conmigo al fin, mi amor, cuánto sentía no haberlo podido hacer antes, no me lo podía ni imaginar, me pedía mil perdones. Estaba en un descanso de su importante trabajo inesperado y no tenía mucho tiempo para hablar, pero volvería a llamarme más tarde y, además, nos íbamos a ver muy pronto porque pensaba ir directamente al hotel, cariño mío, sin pasar por casa primero, no podía resistir más sin verme. Pero antes de colgar quería saber si lo estaba pasando bien, si Bertha se estaba ocupando de mí. Le dije que sí, que no ahora, pero que hace un rato precisamente habíamos estado bastante ocupados, y, no sé por qué, añadí estúpidamente un “a ver si luego te vas a poner celosa”. Elka se rió alegremente y dijo que no, que Bertha era una workoholic que se pasaba todo el día trabajando y no tenía tiempo para “esas cosas”, que precisamente ella misma había intentado muchas veces presentarle a algún hombre y no había manera, ella siempre se negaba. Le pregunté a qué se dedicaba y me dijo que no estaba segura, que era una public relations o algo así y que, como no paraba de trabajar, ganaba muchísimo dinero, y añadió que tenía que colgar, que ya la estaban llamando. Sólo me dio tiempo a hacerle una última pregunta: “¿Cuanto tiempo hace que la conoces?” “Seis meses”, me dijo, “es mi mejor amiga, de toda confianza… Por eso le he pedido este favor… No me fiaría de otra sabiendo cómo sois los latinos…”, añadió riéndose todavía más alegremente, y, antes de que colgara, todavía me dio tiempo a oírla decir: “Y además es lesbiana”.

    Bertha estaba despierta mirándome. Le vi la misma levísima sonrisa de antes. Me levanté, busqué la cartera, saqué otro billete de quinientos, regresé a la cama, lo dejé caer encima de la almohada y, en mi mejor idioma latino, le dije: “chúpamela”.
    Fue el mejor francés de mi vida. Mi miembro entraba y salía por sus labios sin que ella dejara de exhibir la misma leve sonrisa de antes, pero esta vez en sus ojos claros, que se clavaron en los míos. Cuando estaba a punto de estallar, se detuvo un momento y, sin dejar de mirarme, me dijo: “I want to know the taste or your semen”. Exploté allí mismo, en los dos lugares de su levísima sonrisa, en su nariz respingona, en su pelo moreno.
    Luego, en el transcurso de aquella noche epifánica experimenté también, en este mismo orden, el segundo mejor polvo de mi vida (quinientos), el mejor griego de mi vida (quinientos) y, ya al amanecer, la mejor paja de mi vida (ésta ya de propina porque se habían agotado las existencias), tras la cual me levanté, me vestí sin pasar por la ducha (conozco un tipo, capitán de barco y guarro como él solo, que hasta lo recomienda), recogí mis cosas y me fui sin hacer ruido para no despertar a la workoholic Bertha, que descansaba feliz y satisfecha.
    En Recepción pagué la cuenta con la tarjeta de crédito (los dos días: lo sentimos, caballero, política del Hotel Imperial), cambié un billete de cien que me había guardado de reserva (me dieron poquísimos nosequés; Bertha tenía razón, eran unos ladrones), pedí un taxi y me fui derecho al aeropuerto (en el trayecto nos cruzamos con otro taxi que se dirigía al hotel y en el que me pareció distinguir una melana rubia tirando a pajiza, lo que me hizo pensar por última vez en Bertha con una sonrisa menos leve que la suya), donde, tras pagar la correspondiente exagerada penalización de la clase preferente, me embarqué de vuelta a casa en el primer avión disponible.

    De modo que nunca llegué a conocer a Elka, y, sin embargo, mi relación con ella fue la primera de mi vida que al final no se quedó en nada. Porque gracias a ella comprendí finalmente que las cosas más exquisitas de este mundo tienen un precio: las clases preferentes de los aviones, los teléfonos bálticos, los hoteles imperiales y, cómo no, el amor. No he vuelto a saber nada de ella, ni creo que vuelva nunca más a saber; pero sí he vuelto a ver a Bertha muchas veces. No con el mismo nombre, claro está, ni con el mismo pelo moreno o los mismos grandes ojos claros; pero es siempre ella, siempre con su tanga irresistible y su levísima sonrisa. Me he aficionado tanto a ella, que ultimamente hasta me ha dado por apuntarme a un foro a través del cual se pueden conocer mujeres con su mismo valor, si no más, aunque no con su mismo precio, afortunadamente... Pero esa es ya otra historia que dejo para otro momento.

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    Ego te absolvo

    Seudónimo: Marqués de Cubillas


    La parroquia de María Auxiliadora estaba situada en la zona alta del paseo de San Juan Bosco. Había sido construida a finales del siglo diecinueve, coincidiendo con la única visita a Barcelona del santo fundador de los salesianos, y había resistido estoicamente a los convulsos inicios del veinte. Después de varias décadas de esplendor, la parroquia, que había acogido los bautizos, bodas y funerales de algunos de los más ilustres apellidos de la burguesía barcelonesa, fue cayendo en el olvido hasta convertirse en un reducto frecuentado solamente por viudas sordas, monjas salesianas sin hábito y algún santurrón de la parte baja de Sarriá.

    El párroco, el Don Amancio, era un gallego calvo y con sobrepeso que regentaba la parroquia desde finales de los años 50, adonde le destinaron nada más poner un pie fuera del seminario con apenas 23 años. Procedía de una antigua familia de terratenientes de El Ferrol, ‘emparentados consanguíneamente con el Caudillo’, como él gustaba de remarcar. Al llegar a Barcelona, se había presentado ante sus parroquianos como ‘un español de los pies a la cabeza, defensor a ultranza de la familia cristiana e inflexible con el pecado’. Y así se mostró siempre, inflexible, especialmente cuando el pecador no era él.
    Don Amancio era un hombre de costumbres enquistadas, de buen dormir y mal despertar. Se levantaba pronto y desayunaba café con lionesas. Daba misa de 11 y salía a pasear hasta la hora de comer. Después dormía la siesta hasta poco antes de las 6, hora en la que celebraba la última misa del día para cinco o seis fieles, nunca para más.

    Había tenido un par o tres de queridas, y hasta hubiera tenido un hijo de no haber obligado a la madre a abortar en el lavabo de la rectoría introduciéndose un aguja de hacer ganchillo por la vagina. De aquel incidente adquirió la sana costumbre de utilizar preservativo en todas sus relaciones, a pesar de condenar al fuego eterno a aquellos que lo hacían.
    ···
    El crujido de la puerta de la iglesia despertó a Don Amancio bruscamente de su duermevela.

    Aquella tarde de agosto la canícula apretaba con ganas. Después de atracarse con el codillo que le había preparado una vecina, el viejo párroco se había metido en el confesionario a dormir la siesta, como solía hacer todas las tardes de verano. Allí, en la más absoluta de las penumbras y de los silencios, el calor daba un pequeño respiro y permitía conciliar el sueño, y hasta el espíritu. Con el alzacuellos y el cinturón aflojados, y liberados los pies de los malditos zapatos que oprimían sus juanetes, Don Amancio dormitaba con los ojos cerrados y la boca abierta, mostrando al cristo de la cruz, a la virgen auxiliadora y a la talla policromada de Santo Domingo Savio el averno de su boca.

    Al crujido de la puerta al abrirse le siguió el crujido de la puerta al cerrarse, amplificados ambos por el eco del templo. Don Amancio se despertó, sobresaltado, como si una mano en llamas lo hubiera arrancado del paraíso y devuelto al infierno terrenal. ‘¿Qué cojones pasa?’, musitó para sí. Todo el mundo conocía sus costumbres y sabía que, a esas horas de la tarde, la siesta del párroco era sagrada.

    Tras los chirridos se hizo de nuevo el silencio, hasta que unos pasos de mujer volvieron a interrumpirlo. No era el andar arrastrado de la señora Grimau ni la inconfundible cojera de la viuda de Don Gonçal Rocafort. Eran unos zapatos de tacón que avanzaban firmes y decididos hacia el confesionario. Don Braulio se pasó la mano por la cara para desperezarse. Estaba realmente cabreado. Le habían despertado de su santa siesta y nada en el mundo le molestaba más. Un latigazo de reflujo le subió hasta la garganta y le obligó a medio incorporarse de su asiento. Aquella mujer, fuera quien fuera, le había jodido y bien. A través de la rendija del confesionario trató de averiguar la identidad de aquella mala puta. La penumbra apenas le permitió intuir una esbelta silueta de mujer de larga cabellera que se acercaba directa hacia él.

    Los zapatos de tacón se detuvieron a sólo un metro del confesionario; don Braulio separó rápidamente su cara de la rendija para evitar ser descubierto. La mujer avanzó un último paso y se arrodilló suavemente sobre el reclinatorio. Desde el interior, el viejo párroco pudo escuchar el delicado fruncir del vestido de seda y raso, acomodándose a la nueva postura de su cuerpo. Hubo entonces otro breve silencio. La mujer acercó su rostro a la rendija y el sacerdote pudo entrever a contraluz un rostro joven y atractivo, tenuemente iluminado por las velas del ofertorio. La irritación dejó paso a la curiosidad y a la expectación.

    - Ave María purísima.
    La voz de la muchacha sonó como un susurro íntimo y cálido. A través de la rendija Don Amancio pudo oler su perfume…
    - Sin pecado concebida - atinó a responder -. ¿Cuál… cuál es tu nombre, hija?
    - Magdalena, padre.
    - Magdalena… - repitió el párroco en voz alta - ¿Y cuánto tiempo hace que no te confiesas, Magdalena?
    - No recuerdo cuando fue la última vez, padre.
    - Bueno, no importa. ¿Y de qué quieres confesarte? ¿Qué pecado es ése que tanto te atormenta y que te ha llevado hasta aquí?
    Don Amancio estaba acostumbrado a escuchar confesiones menores: pequeños hurtos, mentiras piadosas, blasfemias… Raramente alguna pía feligresa le sorprendía con sus malos pensamientos hacia una vecina o hacia el hijo de ésta. En realidad, el confesionario era un diván donde las beatas se desahogaban mientras en el interior el párroco daba cabezadas y repartía penitencias sin importarle lo más mínimo el arrepentimiento ni la angustia ajena. Pero ahora, la curiosidad le roía por dentro.
    - Padre, me confieso de ir con hombres – susurró la mujer.
    El corazón de Don Braulio latió fuerte, con un golpe seco. Sin duda, aquella confesión era la más directa que había escuchado en años… Y también la más excitante. La gente solía andarse por las ramas, dar mil rodeos para confesar el pecado más insignificante. Pero era evidente que aquella joven no se escondía. Esta vez el susurro sonó a provocación. El párroco tragó saliva.
    - ¿Con hombres? ¿Con cuántos?... – él mismo se percató de la torpeza de su pregunta y trató de rectificar-. Quiero decir, ¿estás casada?
    - No, padre. No lo estoy.
    - ¿Estás comprometida con algún hombre? ¿Tienes novio formal?
    - No.
    - ¿Te consideras una mujer de conducta… libertina o pro… pro… promiscua? – tartamudeó nervioso.
    La muchacha hizo una pausa. Don Amancio pudo ver como se mordía el labio antes de contestar.
    - Sí, padre.
    - ¿Y lujuriosa? – insistió tratando de encontrar sin éxito el menor atisbo de arrepentimiento en su voz.
    - Sí, también.
    Don Amancio se esforzaba por ver la cara de la joven en la penumbra. Aunque la luz de las velas apenas le permitía ver su contorno, podía intuir el tono anaranjado de su pelo, unos ojos grandes, una boca de labios carnosos, una mandíbula angulosa… Una muchacha de unos veinticinco años, de belleza enigmática y magnética.
    - ¿Con cuántos hombres has ido?
    Ella volvió a tomarse su tiempo.
    - Con todos.
    La respuesta volvió a golpear el corazón de Don Amancio y, por primera vez en mucho tiempo, empezó a experimentar algo cercano a la excitación. Una vieja sensación que creía haber enterrado con la edad.
    - ¿Con todos?... ¿Qué quieres decir? ¿Has estado con muchos hombres?
    Quería saber más, pero un viejo pudor le impedía ir directo al grano. Don Braulio, el descendiente de una familia ‘emparejada consanguíneamente con el Caudillo’, se sentía ahora cohibido ante el descaro y el atrevimiento de aquella joven.
    - He estado con todos los hombres que han deseado estar conmigo.
    El viejo párroco se secó el sudor de la frente y notó que allí abajo algo empezaba a cobrar vida. Sentía la proximidad de la carne. Y decidió pasar a la acción…
    - ¿Acaso no sabes o no quieres contenerte? – preguntó con mala leche.
    - No, padre.
    - ¿Pero eres muy joven?... ¿Cuántos años tienes?
    - Los justos… y necesarios. – respondió con cinismo.
    La joven se pasó una mano por el cuello, secándose el sudor.
    - Qué calor hace aquí, padre.
    Se llevó la mano al pecho y, lentamente, se desabrochó los dos primeros botones, dejando al descubierto la blonda de un sujetador de encaje. Tomó el cuello de la blusa y lo agitó suavemente para refrescarse. Otra ola de perfume y olor a carmín atravesó la rendija y envolvió al párroco, que entendió aquel gesto como una invitación a la pecado…
    - ¿Y por qué… por qué lo haces?... ¿Es por vicio?
    - Es por placer. – cuanto más perversa era la pregunta, más lo era la respuesta. Se habían declaro ya la guerra y parecía que ambos buscaban el cuerpo a cuerpo.
    - Pero tú sabes que la senda del placer conduce al vicio y al pecado…
    - … y también a la salvación.
    - Eso es una blasfemia – la reprendió tratando de marcar el terreno, de imponer sus reglas - . ¿Crees en el sexo sin amor? – volvió a la carga.
    - Sí, creo.
    - ¿Disfrutas dando placer… o recibiéndolo?
    A estas alturas, el calentón de Don Braulio era enorme y su erección, tremenda. Deseaba salir del confesionario, poner a la mujer contra la pared, arrancarle las bragas y penetrarla como años atrás hacía con las criadas de sus ricas feligresas: sin permiso y sin compasión. Sentía su pene duro bajo la sotana.
    - De ambas maneras – contestó la muchacha.
    - ¿Sientes placer… fornicando con un desconocido?
    - No conozco mayor placer… padre… que sentir entre mis muslos la polla dura y caliente de un desconocido.
    El viejo párroco se revolcó sobre el incómodo asiento de madera del confesionario y su corazón se aceleró.
    - Pe… pe… pero… – apenas logró balbucear.
    - Me gusta follar en los ascensores, con hombres a los que no conozco. Que me tapen la boca con su mano sudorosa mientras con la otra rompen mis bragas y manosean mi coño mojado.
    El viejo gallego estaba desarmado, no encontraba palabras… Deseaba abalanzarse sobre aquella muchacha y poseerla por la fuerza. Era ahora o nunca.
    - Necesito sentir una polla dura dentro de mí… cada día. Una polla nueva. Una polla que me penetre violentamente y que me folle con fuerza hasta hacerme correr…
    Don Amancio sintió un pinchazo que se extendió rápidamente por todo su brazo derecho. Un dolor intenso y agudo.
    - … me gusta mirar a un hombre a los ojos mientras se corre en mi cara de puta y siento su leche caliente sobre mi piel…
    Trató de ponerse en pie pero el dolor era demasiado fuerte. Se agarró el pecho, apretando con fuerza sobre el corazón. Trató de gritar auxilio pero de su boca tan sólo salió un aullido ahogado. Sintió que se moría.
    - … disfruto sintiendo como rompen mi culo…
    Don Amancio apenas logró incorporarse un poco, cayó de rodillas y se desplomó sobre la portezuela del confesionario abriéndola con estruendo. Su cuerpo quedó tirado en el encerado de la iglesia, con los ojos abiertos y el rictus de dolor grabado en el rostro.

    La muchacha calló. Se puso de pie y se sentó en la esquina del banco más cercano. Abrió las piernas y se subió la minifalda, dejando al descubierto su sexo rasurado. Introdujo su mano derecha entre los muslos y empezó a acariciarse, primero sólo con el dedo índice y luego con todos los dedos. Sintió sus labios mojados e hinchados… La boca se le secó… Su respiración se hizo jadeante… hasta estallar en un orgasmo profundo y violento.

    Recuperado el aliento, la muchacha se descalzó de un pie y se quitó la media. Luego se acercó de nuevo al confesionario y ató la prenda a la rendija. Y sin mirar atrás, abandonó la iglesia con el mismo chirrido con el que había entrado.



    A la mañana siguiente, la sección de sucesos del periódico publicaba la noticia de la muerte del párroco de la iglesia de María Auxiliadora. Don Amancio era el cuarto sacerdote encontrado muerto en las mismas extrañas circunstancias en los últimos 2 meses en la ciudad de Barcelona. Las investigaciones policiales apenas habían avanzado.

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    Viaje con Sorpresa

    Seudónimo: Sin Seudónimo


    El avión había llegado puntualmente al aeropuerto de Roma-Fiumiccino. Tras pasar los controles habituales, me dirigí a adquirir un billete de tren para San Remoli, lugar donde se celebraba el VI congreso europeo de odontología, al que me habían invitado a dar una ponencia. Hubiera sido posible llegar con avión, pero no había vuelos directos y contabilizando los tiempos de espera, llegaba casi a la misma hora al aeropuerto de San Remoli que utilizando el tren, el cual me dejaba en el centro de la ciudad. Mucho más tranquilo y, además, mi experiencia me decía que adicionalmente al placer de poder contemplar el normalmente interesante paisaje exterior, casi siempre se encontraba gente muy interesante en los trenes.

    Yo llevaba ya diez años de matrimonio y la verdad es que mi relación con mi esposa se había enfriado con el paso del tiempo. Ella dirigía una agencia de modelos y sé que frecuentemente tenía sus escarceos con alguna de sus empleadas. Si, efectivamente, mi mujer era bisexual y yo no le iba a la zaga en cuanto a aventuras. A más de una modelo le había hecho una revisión más allá de sus preciosas dentaduras, en ocasión de diversos eventos organizados por la agencia de Elena, mi esposa, a los cuales podía ir yo de acompañante. Fue en una de estas ocasiones donde la descubrí dándose un beso apasionado con Avon, una preciosa modelo de 1,85 con piel de color canela, con la que yo, en diversas ocasiones, había intentado, sin éxito, ligar. Aquello lo explicó todo y la verdad es que lo sentí mucho más por piel canela, como la llamaba yo en conversaciones con mis amigos, que por mi esposa. Así que ya se puede imaginar el lector, cual era el grado de afecto mutuo que existía entre mi pareja oficial y yo.

    Tras bajar con ascensor a la planta -2 del aeropuerto, hice una pequeña cola y compré los billetes correspondientes. Tenía que ir con el tren “Leonardo da Vinci” a la estación de Cadorna y allí coger un “intercity” que me llevaría a Lepoli, donde debía hacer transbordo, para llegar finalmente a mi lugar de destino. Calculé un total de 3 horas y media de viaje. Mi secretaría me había hablado de menos de dos horas con un tren directo. A la vuelta me iba a escuchar, pero ahora ya no había remedio, así que me armé de paciencia y me dirigí por la escalera mecánica hacia los andenes.
    La estación estaba bastante llena, con una interesante mezcla multicultural, donde dominaban, lógicamente los italianos y las italianas. Fue cuando me fijé en una pelirroja pecosa de poco más de 30 años que me sonrió de lejos. Iba con un abrigo de tonos rojizos y un gorro a juego y tenía un aspecto que se podría denominar “normal”, queriendo decir con ello que no destacaba particularmente en ningún aspecto. Me habría acercado a ella, de no ser por una señora que, amablemente me indicó que se me habían caído los billetes al suelo, pocos metros atrás. Cuando todo volvió al orden y dí las gracias a la “signora” intenté buscar a mi sonriente “descubrimiento” con la mirada pero, muy a mi pesar, ya no la encontré.

    Me subí al tren y me senté en un compartimiento abierto para seis personas, que inicialmente estaba vacío, faltaban todavía unos cinco minutos para la salida del tren. Me gustaba hacerlo siempre así y, de esta manera, ver que compañero o especialmente compañera, me deparaba la suerte. Y esta táctica no me había ido mal ya que, en muchas ocasiones, con estos inicios, había llegado a buen puerto. La verdad es que yo no soy, por decirlo así una “belleza” masculina, pero por lo que sea, debo tener algo por lo que resulto atractivo, a juzgar por los resultados de campo obtenidos. Intenté ver por la ventana a “mi pelirroja”, pero pensé que era una tontería seguir pensando en ella, dadas las altas probabilidades de que cogiera cualquier otro tren o de que sencillamente había llegado al aeropuerto para coger un avión a saber a cual destino.
    Cogí un periódico de distribución gratuita que estaba en el asiento delantero y me dispuse a esperar la sorpresa del destino. En esta ocasión no hubo suerte y entró un conjunto de personas de cierta edad que, por lo me enteré posteriormente, iban a Venecia a una reunión anual de quiromancia. Hay gente para todos los gustos pensé y tras intercambiar algunas frases de rigor con ellos, en mi “italiano” de estar por casa, llegamos a Cadorna, tras 30 minutos de viaje sin ninguna parada. Pensé que tendría más suerte en los sucesivos viajes que me esperaban.

    El tren para Lepoli salía a las 17.20, por lo que me quedaban más de 20 minutos. Así que aproveché el tiempo para tomarme un “ristretto” en estas cafeterías con mesas altas, sin sillas, frecuentes en el extranjero. Realmente, estos italianos tienen gusto para el café dije para mis adentros. A mi lado una familia italiana hablaba animadamente. Hacía bastante frío, así que no quería perder más tiempo antes de dirigirme al andén para subir al tren. Esta vez, el convoy venía con bastante gente. Atravesé tres vagones antes de sentarme, dado que no encontré ni compartimientos vacíos ni asientos vecinos a atractivas viajeras que me alegrasen el corto viaje. Finalmente opté por sentarme en frente de una pareja de mediana edad que, aparentemente, apenas se dirigían la palabra. Abrí mi ordenador portátil y me dispuse a dar los últimos retoques a la ponencia que debía presentar el día siguiente.

    Llegamos puntuales a Lepoli, tras una hora de viaje que me pasó volando, absorbido como estaba en mi trabajo. Me bajé al andén, puesto que mi “enlace” salía tras ocho minutos, de la vía contigua. El tren estaba ya formado y me dirigía a él cuando oí una conversación en español. La ví allí, apoyada en una columna, conversando alegremente con un caballero de edad parecida a la suya. Era “mi” peliroja, la que me había sonreído en la estación del Aeropuerto. Ella, aparentemente, no me vió y yo, algo decepcionado al verla acompañada, me encaminé al tren y me senté en un vagón que estaba prácticamente vacío. Poco antes de que arrancara el tren, oí que subía al mismo alguna persona aunque no vi de quien se trataba ya que estaba situado de espaldas al acceso. No me di cuenta hasta que llegó a mi altura: Qué agradable sorpresa! Era ella, sonriente como siempre, con sus pequeñas pecas y lo mejor: no la seguía nadie…! Me pidió permiso para sentarse frente a mi, a lo que accedí encantado de inmediato. Enseguida iniciamos una conversación animada. Recordaba haberme visto en el Aeropuerto y confesó que se fijó en mí dado que le recordaba a un antiguo amigo suyo. Le pregunté por su acompañante y me dijo que lo había conocido en el tren que la trajo hasta aquí, y que se estaba justamente despidiendo de él cuando yo la ví. La cosa empezaba bien y de nuevo el viaje en tren me brindaba una ocasión para ampliar mi círculo de amistades… Al poco y dada la temperatura ambiente se quitó el abrigo, apareciendo una silueta encantadora. Llevaba un jersey ajustado de tono ocre muy pálido, con un sugerente escote en V, y mangas acampanadas. El pantalón era también muy ajustado, de color blanco. Me fijé en el generoso pecho, que aparecía tras el escote, con una hermosa piel también con algunas pecas. El jersey llevaba un cordón abrochado a la altura de la cintura. Al ver aquel hermoso cuerpo, noté que algo se despertaba en mí. Nos presentamos, se llamaba Clara y seguimos hablando animadamente de diversos temas. Me pareció percibir que nuestras miradas se encontraban en ciertos instantes, con una notable carga de deseo, al menos ésto sí era cierto por mi parte. Se dirigía también a San Remoli, lo cual abría unas perspectivas no imaginadas hasta aquel entonces. El momento crucial se acercaba, al ir aproximándose la estación de destino.
    Llegamos; la ayudé con la maleta y le ofrecí acompañarla en mi taxi a su hotel. Cuál no fue mi sorpresa al descubrir que era el mismo que yo tenía reservado!. La verdad es que la situación era ideal, mucho mejor de lo que me podía imaginar. En el taxi me enteré de que también estaba inscrita al congreso donde iba a dar mi ponencia, así que sería compañera por unos días… Aquello me acabó de alegrar, puesto que simplificaba enormemente mi labor…

    Llegamos al hotel, situado en una estrecha calle en el centro histórico de San Remoli. El hotel era antiguo, yo diría que con valor histórico. Tenía una pequeña recepción donde había una pequeña cola de dos o tres personas. Una de las recepcionistas nos atendió y preguntó si teníamos reserva, le contestamos que sí y nos dio a elegir un lecho “matrimoniale” o camas individuales…! Le aclaramos que íbamos por separado, cosa que no entendió mucho, pero al fin nos dió dos llaves, las de las habitaciones 210 y 214. Dejamos nuestros documentos de identidad momentáneamente para que los fotocopiasen. Ella tomó la primera llave y se despidió de mí, con un “hasta pronto”. Yo tomé la segunda y cuando hube firmado el registro de entrada, me quité el abrigo pues hacía mucho calor y me dirigí a mi habitación en un minúsculo ascensor. Se detuvo en el segundo piso, busqué mi habitación, había que subir unos cuantos escalones para acceder al pasillo donde estaba indicado el número de la misma. Llegué frente a la puerta, intenté abrirla con la llave y no lo logré. Seguí forcejeando por un cierto espacio de tiempo, pero por más que lo intentaba, no conseguía abrirla. De repente, oí la voz de Clara en el interior, medio turbado le dije que no podía abrir, que no entendía nada. Ella abrió y se rió de mi, diciendo si intentaba robarla o cualquier otra cosa. Me había confundido con el número, mi mente tenía el 210 (memorizado, como no) y mi habitación era la 214. Otra vez nuestras miradas se cruzaron con una evidente carga sensual. Clara tenía unos preciosos ojos verdes y estaba radiante. Esta vez no hubo duda: era el lugar. Callamos los dos y lentamente acerqué mis labios a los suyos, al tiempo que rodeaba con mi mano su cintura, hasta que nos fundimos en un apasionado beso, en el umbral de la puerta. Aquel largo e intenso beso, me transportó, haciéndome perder, por un tiempo indeterminado, el mundo de vista.
    Suavemente ella me cogió ambas manos, hizo que nos diéramos media vuelta los dos, cerró con el pié la puerta de la habitación y me empujó suavemente en dirección a la cama. Nos besamos otra vez, ahora con pasión desenfrenada mientras nos desvestíamos mutuamente. Las prendas iban volando hacia al suelo. Nos quedamos con ropa interior, de pié al borde de la cama, uno enfrente del otro, mirándonos fijamente con lascivia incontrolada. Mi pene rebosaba generosamente por la parte superior de mis “slips”. Mientras le acariciaba su delicioso cuerpo, a través del espejo del baño recreé mi mirada en sus hermosas piernas, trasero, cintura..: Qué cuerpo tan perfecto!. Fue entonces cuando le di media vuelta para abrazarla por la espalda mientras le hacía sentir toda mi erección en medio de sus nalgas. Llevaba un sujetador negro del que sobresalían protuberantes sus hermosos senos. A juego, una pequeñas braguitas cubrían escasamente su zona púbica. La besé en el cuello, al tiempo que mi mano derecha le recorría su cuerpo justo hasta su abdomen. Reservaba la zona inferior para más tarde. Con la mano izquierda le desabroché el sujetador y seguidamente le estrujé con cuidado sus senos con ambas manos, mientras apretaba mi pene contra su hermoso trasero. Nuestra imagen en el espejo me excitaba aún más si cabe. Le mordí suavemente el lóbulo de su oreja derecha, a continuación y mientras le besaba y lamía el cuello, rodeé sus senos con mi antebrazo izquierdo, sosteniendo con ligeros movimientos circulares su seno derecho y acariciando con los dedos su pezón. Volví a ocuparme con mi boca de sus deliciosas orejas, al tiempo que mi mano derecha se dirigía lentamente a su tesoro, acariciando en el camino su liso y aterciopelado vientre. Cuando por fin llegué a su húmedo sexo, ella gimió de placer. Mis dedos se centraron en su resbaladizo clítoris, acariciándolo con un movimiento de frecuencia creciente. La aceleración de mis movimientos aceleraba su respiración y ésta, a su vez, aceleraba mi frecuencia, en un círculo virtuoso que inevitablemente iba a desembocar en un orgasmo. Al mismo tiempo, iba masajeando mi pene entre sus nalgas, lo cual me producía, junto con sus gemidos un enorme placer, del mismo modo que las sensaciones que me provocaban sus caricias en mi pelo. Cuando me pareció que Clara iba a explotar, cesaron mis movimientos en el clítoris, al tiempo que me centraba más en sus pezones. Repetí la operación un par de veces más, empezando, tras una pausa, mis caricias cíclicas en su sexo y en cada una de estas ocasiones, Clara se acercaba al desenlace en un menor espacio de tiempo. Finalmente llegó al clímax, se estremeció, me tiró del pelo y lanzó un grito que se tornó extrañamente en un llanto que no llegué a entender. Cuando se calmó, giró levemente su cabeza para ofrecerme su boca entreabierta. Nuestras lenguas entablaron esta vez una dulce batalla, mientas nos situábamos nuevamente uno al frente del otro. Así pasamos unos minutos mientras nos acariciábamos suavemente los cuerpos con el dorso de los dedos. Al cabo de poco, tomó la iniciativa y tras una ligera presión para echarme en la cama, empezó a lamer lentamente mi pecho, mi estómago y nuevamente hacia mi cuello, para al poco tiempo recorrer de nuevo el sendero de su propia humedad. Era delicioso saborear aquellas sensaciones. Con premeditada lentitud, cogió mi miembro, el cual estaba enorme, orgulloso de su extrema dureza, y se lo introdujo suavemente en su boca, al tiempo que lo masajeaba lenta y dulcemente con su mano derecha. Sus labios abrazaban mi glande, mientras su lengua me hacía navegar hacia un mundo de goce inagotable. Para mayor excitación, me dirigía unas miradas profundas, llenas de placer, con sus grandes ojos verdes que emanaban pasión y desenfreno.

    No podía seguir más, estaba demasiado cercano al punto culminante y, además, debía corresponder a semejante placentera felación. Así que agarré suavemente su cabeza con mis dos manos y la acerqué hacia la mía para besarla nuevamente. En esta ocasión fui yo quien con los labios recorrí su cuerpo. Otra vez subí hasta su cuello y lo seguí besándolo hasta llegar de nuevo a su boca, donde nuestras lenguas mantenían su singular entendimiento. Con mi mano, empecé a jugar con su clítoris, noté que su respiración se agitaba otra vez, echó su cabeza hacia atrás y me dirigí de nuevo hacia sus pezones para morderlos suavemente. Clara por su parte, volvió a coger mi pene y empezó a masturbarlo con sumo cuidado. Dejé su clítoris y la besé de nuevo mientras le acariciaba con ambas manos sus tersos pechos. No pude aguantar más y me fui hacia su apetitoso y rasurado sexo. Estaba muy excitado y empecé a lamer aquella golosina húmeda. Sentí sus gemidos y me complací en sentir que de nuevo se hallaba en plena excitación. No dejé que llegase al final. Tenía un enorme deseo de entrar en aquel cuerpo. Me incorporé al borde de la cama, la cual era relativamente alta, separé sus piernas y una la levanté para apoyarla en mi hombro. Ligeramente arrodillado entré en sus profundidades, que agradable calor! Y empezamos a hacer el amor, pausadamente, saboreando ambos cada movimiento de vaivén. Clara se acariciaba el clítoris con una mano y con los dedos de la otra retorcía alternativamente sus pezones. Al poco tiempo ella manifestó su deseo de montarme, así que cambiamos la posición, yo debajo la sostenía por la cintura, marcando el ritmo, luego de nuevo me entregué a sus senos, los cuales vibraban, tersos, irresistibles. Acercó su boca a la mí y nos besamos otra vez, al poco se apartó y la frecuencia de sus movimientos aumentó considerablemente. El final se acercaba, ambos lo deseábamos. Cuando vi que ella llegaba, aceleré tan sólo ligeramente mis movimientos para alcanzar el éxtasis y lanzar toda mi carga al fondo de su ser. Fueron unos instantes muy difíciles de describir. Solo diré que jamás había gozado tanto con una mujer. Realmente Clara era muy especial. Saqué mi miembro completamente mojado al tiempo que me echaba a su lado. Estábamos exhaustos y nos quedamos mirando hacia el techo con las manos cogidas.

    Permanecimos así durante un cierto tiempo, en silencio, saboreando las sublimes sensaciones que habían recorrido nuestros cuerpos pocos momentos antes.

    Era el momento de volver a la acción. Aquella mujer era fuego y yo ya estaba otra vez listo, deseoso de probar su trasero. Esperaba, estaba seguro, de que ella no iba a poner ninguna resistencia. Nos besamos nuevamente, mi pene empezaba a despertar del letargo, ansioso de más acción. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado. A mi mente había acudido una imagen: No, no podía ser!. Me incorporé súbitamente, cogiendo del suelo mi camisa, la primera prenda que encontré, para poder cubrirme un poco. Al tiempo Clara sorprendida, también se incorporaba, preguntando, con marcada aprensión, que me ocurría. “Creo, creo que, que…” No acertaba a completar la frase, mientras me dirigía alarmado y temeroso de que mi sospechas fuesen ciertas, hacia la puerta. Algo en mi interior, me decía que aquello iba a acabar mal. En efecto, la abrí y el mundo se me cayó encima: Mis temores se hicieron plena realidad: No podía ser! No podía ser, pero era… mi maleta había desaparecido y con ella mi ordenador portátil. Y como suele suceder en estos casos, con mucha información no duplicada y entre ella mi ponencia y mi trabajo de los últimos días!! Al poco la situación empeoró notablemente al recordar que, en la recepción, había introducido mi pequeño bolso, con toda la documentación en la bolsa del ordenador. Lo había hecho para ir más ligero, dado que, además llevaba el abrigo y la bufanda en el brazo. ¡Santo Cielo! ¿Qué iba a hacer ahora?!

    No hace falta proseguir con este relato. En la recepción no sabían nada de la maleta ni de mis documentos. Tampoco entendían demasiado como había abandonado mi maleta en la puerta de una habitación que no era la mía. Con Clara no salimos a cenar, aunque ella insistía en que lo hiciera, argumentaba que debía tomar algo y que no debía sufrir por el dinero, dado que me invitaba. Posiblemente tenía razón, pero yo no tenía humor para ello. A la mañana siguiente me inventé una indisposición, llamé a la organización pidiendo disculpas y también a mi secretaria, para que me hiciese llegar dinero e iniciase los trámites legales correspondientes. A la tarde me dirigía al aeropuerto. La aventura había finalizado.

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    Mi fantasia

    Seudónimo: Capucheta


    Cada vez que las veo pienso cómo habrán terminado la sesión de fotos o quién estará detrás de la cámara. No lo puedo evitar, mi mente calenturienta imagina cientos de posibles finales; en ellos se combinan como elementos la puerilidad de la chica y su inocencia, la realización de una prueba para obtener un trabajo, la presencia masculina detrás del objetivo y la necesidad o voluntad de que con los minutos se necesite menos ropa.
    Son incontables las veces que he ensoñado en la intimidad de mi cuarto con ser yo la protagonista. Pues bien, ayer tuve mi primera sesión de fotos seria.
    Estaba nerviosa. Desnudarme delante de la cámara no me importaba. Yo quería fotos reales, fotos que no se limitaran a mostrar mi cuerpo en una pose sino reflejaran la intensidad de lo que estaba vendiendo, de mi cuerpo, la intensidad del sexo.

    El café que nos tomamos primero no hizo más que aumentar mi deseo por seducir, quería conquistar a la cámara. Me mostró algunas de las fotos que había estado haciendo en los días anteriores. Primero las miré sólo con curiosidad, quería hacerme una idea de su trabajo. Pero claro, ellas estaban colocadas de maneras muy sugerentes y algunas tan explícitas que comencé a desearlas .

    Sólo me quité la falda y me senté. No sabía por dónde empezar así que dejé que las fantasías acudieran a mi cabeza y simplemente me abandoné. Cerré los ojos.
    A partir de aquel momento todo lo que hiciera sería para conquistarle a él, el que me miraba ahora detrás de las lentes y a aquel otro que lo haría detrás del papel. Deseaba que no lo pudieran evitar, que no pudieran resistirse, que desearan poseerme.

    Dejé que mis manos recorrieran mi cuerpo, que apartaran sutilmente la ropa que estorbara. Ensoñaba con una cabina, de esas en las que se echan monedas y estás unos minutos viéndolas evolucionar casi desnudas. Me veía a mi misma observada por un grupo de hombres y yo iba girando mi cuerpo para complacer la vista de todos.

    Era necesario un cambio de ropa, un nuevo escenario. Al levantarme vi su agitación apenas disimulada y azorado se concentró en su trabajo.

    Más fotos, todo un profesional, se deshacía en elogios, me daba ideas para moverme.
    Pero cometió un error, dejó posada su cámara para acercarse al cuarto de baño, posible localización futura. Quizás no lo esperara pero lo estaba deseando. Cuando fue a salir por la puerta, la bloqueé, dándole la espalda y me fui arrimando como una gatita en celo. Me di la vuelta con la intención de abrirle la cremallera, me puse de rodillas. No me había confundido, aquel bulto tenso hablaba por sí sólo.

    Aquella larga preparación anímica nos había dejado muertos de excitación, ahora estábamos besándonos como dos adolescentes, ansiosos con premura. Ni siquiera le quité la ropa, sólo quería sentirla dentro, allí mismo, de pie en mitad del salón. en algún momento me derribó, siguió montándome hasta que me hizo gritar de placer.
    Entonces se retiró, volvió a coger su cámara y me retrató desmadejada, llena de gusto. Las mejores fotos que me han hecho nunca.

    Si queríamos seguir con a sesión había que bajar un poco el nivel de reclamo. Me puse mi abrigo, las medias y los tacones y subimos a la azotea.
    Podían vernos, un centenar de ventanas miraban hacia nosotros y saber que detrás de alguna de ellas alguien podría recorrer mi cuerpo sin permiso me excitaba. Al dejar al descubierto mi cuerpo el gélido aire invernal me acariciaba y yo no sentía el frío.

    Y ahora por los pasillos de color aterciopelado; podía rodar por las paredes, recostarme o empujarlas con todo mi cuerpo y lo que realmente deseaba es que llegara alguien, que alguna mujer retirara la vista púdicamente sin ser capaz de reconocer que ella también deseaba ser objeto de deseo.

    Más cambios, menos ropa, más minutos distraidos al trabajo para dedicarnos a eros, menos tiempo, más fotos.

    Mi amiga lo sabía pero realmente se había olvidado. Cuando abrió la puerta estuvo a punto de salir corriendo por aquello de no molestar.Una lástima, disponía de poco tiempo antes de tener que echarnos de la habitación para trabajar en ella. No dejé ni que se quitase la ropa, la atraje hacia la cama y comencé a besarla. Esta vez nadie me orientaba sobre cómo colocarme, simplemente me dediqué a hacerle el amor a aquella soberana hembra.

    De nuevo solos en otra estancia me disfracé, quería jugar un poco más ahora a ser una nena buena. No sé que tienen las faldas escocesas rojas que hasta a mí me impelen a mirar por debajo. De pie, sobre una silla, mi culito en pompa era un reclamo claro.

    Esta vez lo quería debajo, quería llevar yo las riendas, moverme a mi gusto, correrme de nuevo. Le sujetaba las manos, le besaba, mordía y lamía, deseaba su cuerpo.
    Y ahora le tocaba el turno a él. Prefirió ponerme en ese plano en el que tanto me había fotografiado y poder agarrarme de las caderas mientras golpeaba con las suyas en los cachetes de mis posaderas.

    Cuando terminó, ni me moví, sabía lo que pretendía: quería otra foto, una que evidenciara lo que acababa de ocurrir.

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    Dafne, mi salvadora

    Seudónimo: Alex deLarge


    Este no es un relato como los demás, no es un relato sobre una experiencia,… Es un relato sobre cómo la vida puede depararnos las mayores sorpresas sin siquiera proponérnoslo… “Hallarás la fortuna, pero no en la forma que tú buscas”, dijo el Oráculo. Quizá todos debiéramos abrir los ojos a la vida que nos perdemos si vivimos sólo la nuestra… Mi nombre es Alex deLarge…
    Todos sabemos que estamos en tiempo de crisis. Lamento comenzar un relato así, pero es cierto. Me habían despedido del trabajo… ¿Qué haría yo? Mi casa, que antaño fuera un hogar, parecía el adelanto del infierno… Me habían despedido del trabajo… ¿Para qué era útil a mi mujer, pues?
    Viernes por la tarde. Cobré el finiquito de la empresa. Tampoco estaba tan a gusto, pensé, ¿esperaba pasar toda mi vida en ese puesto de trabajo agotador, para que, encima, mi señora no me agradeciera en absoluto mi esfuerzo por aportar el salario? Tenía dos opciones: volver a casa con la cabeza gacha o empezar a pensar una salida inmediata. Evidentemente, no escogí ninguna: me fui directo a un bar.
    Era un bar elegante, con mesitas y música de fondo. El cielo ya estaba oscuro y las primeras criaturas nocturnas empezaban a coger los mejores sitios. Me senté en la barra, en uno de esos taburetes redondos, como en las películas cuando sale algún fracasado, que se emborracha cuando lo despiden. Yo no voy a ser menos. Pido un ron con cola.
    Al cabo de un segundo, o quizá de una hora, antes de terminar la copa (o la tercera), se sentó a mi lado una de las mujeres más hermosas que yo haya contemplado nunca jamás en mi vida: morena, pelo ondulado que le caía sobre los hombros, pechos que parecía que iban a hacer estallar la blusa y unas piernas interminables bajo la falda. Con gesto cansado, pidió un tequila con lima. Una azafata de vuelo, pensé, que acaba de llegar a Barcelona. ¿Brasileña, colombiana,…?
    En medio de mis pensamientos, ella se percató que la estaba mirando y se giró hacia mí, mostrandome sus enormes ojos verdes bajo la línea de sus cejas color azabache, así como el aro de su sujetador a través de los botones de la blusa, que luchaban por no ceder a la presión. -¿Un día duro?-, me preguntó. Le contesté que así era y le pregunté por ella, ya que daba la impresión de estar bastante exhausta. –Agotador-, respondió. Volvimos a nuestros vasos. Dafne. Se llamaba Dafne.
    No sé si fue por un azar del destino, o por la desesperación de mi vida, en cuestión de 5 minutos mi mano recorría el muslo de aquella diosa mientras ella acariciaba el bulto que empezaba a aparecer en mi pantalón. Sus labios, rojos como el fuego, se entregaban a los míos, en un beso completamente desesperado, como si nos fuera la vida en ello.
    No recuerdo si fui yo o fue ella quien propuso irnos a un hotel por horas. Seguramente, sería ella, yo no tendría tanta sangre fría. Fuimos hasta mi coche. En cuestión de minutos, llegamos al lugar, que conocía ella. Me sorprendí, “esta chica es de pago”, pensé. Recordé mi finiquito en el bolsillo y me dije que me daba exactamente igual. Sus pezones erectos a través de la blusa acabaron de convencerme.
    Si he de ser sincero, no recuerdo de cómo era la habitación. Entramos en plan salvaje, sin tiempo para respirar, entrelazados con un beso profundo, suave, cálido,… Mis manos masajeaban su culo mientras ella empezaba a desabrocharme la camisa. Jamás en mi vida había tocado un culo tan perfecto: dos nalgas maravillosas, sin un solo gramo de celulitis, que se relajaban al contacto de mis dedos.
    Me di cuenta de que era una chica alta, incluso sin zapatos, justa para mi estatura, me dije. Me terminó de arrancar la camisa, me bajó los pantalones y me empujó sobre la cama. Entonces empezó a desnudarse, poco a poco, mirándome fijamente a los ojos. Se sacó la blusa y la falda, dejándose el sujetador, el tanga y las medias. Vino hacia mí gateando sobre la cama y se lanzó a por mi boca, besándome una y otra vez.
    Le quité el sujetador y ella, orgullosa, me mostró sus enormes pechos y me los acercó para que le lamiera los pezones. Accedí como accionado por un resorte. Qué preciosidad. Me evadía. No acertaría a adivinar si eran operados o auténticos, por cierto. Si eran operados, el cirujano debía de ser el Dios de los cirujanos plásticos.
    Me bajó el calzoncillo, lamiendo mi miembro que estaba a punto de desbordarse, besándolo, acariciándolo, mientras sus manos me arañaban el pecho y jugueteaban con el vello. Yo mientras, sólo podía acariciarle sus preciosos pechos que me tenían totalmente hechizado, y tratar de contenerme para no vaciarme antes de tiempo.
    Quizá ella comprendió mi excitación y engulló sin más todo mi pene, hasta que le tocó la garganta. Empezó a mover la cabeza arriba y abajo, rítmicamente, con pasión, como si mi placer se lo transmitiera a ella. No pude más y eyaculé en el interior de su boca.
    En este punto, cuando me subió nuevamente la sangre a la cabeza, no sabía como iba a reaccionar, pero ella me lo aclaró inmediatamente: se enjuagó la boca, se bajó el tanga, se recostó y me dijo: -Ahora te toca a ti-, mientras me ofrecía su dulce conejito, que se mostraba rasurado, pero con un ligero triángulo encima. Perfecta, pensé una vez más. No pensé nada más y me lancé a devorar aquél manjar.
    Con gran sorpresa para mí, después de mi eyaculación en su boca (que yo creía que enfriaría los ánimos), me encontré con una vagina palpitante, jugosa, deseando recibir mi pene en su interior. Los ojos en blanco de Dafne corroboraban el estado de excitación en que se encontraba. Comencé a lamerle el interior de su cuerpo, tan profundo como me permitían los músculos de la lengua, mientras mis manos masajeaban sus enormes tetas. Con respiración entrecortada, me cogió las manos y las apretó aún más sobre sus pechos, haciéndole incluso daño, y empezó a gemir. Noté que estaba en pleno orgasmo y continué lamiendo aún más profundo, con más fuerza, a mayor velocidad… Se lo debía.
    Quizá fue el olor a mango y miel que desprendía aquella diosa del Olimpo, junto con la excitación, que hizo que se me preparara el pene para un segundo asalto, con una erección aún mayor. Dafne vió que estaba dispuesto, me acarició la cabeza y me subió hacia arriba, besándome sin darme tiempo a enjuagarme la boca, y sujetó mi cintura entre sus larguísimas piernas, apretándome hacia ella y su cuerpo desnudo, pidiéndome con sus ojos que la penetrara.
    No podía (ni debía) resistirme, entré dentro de ella con todas mis fuerzas, apoyándome en las rodillas para hacer más presión. Ella me abrazaba fuertemente del cuello, jadeando como un animal. ¿Cuántos orgasmos llevaba ya? Yo diría que llevaba un único orgasmo contínuo.
    Seguimos en esa posición durante unos 10 minutos, hasta que, cansado, le insinué que se cabalgara sobre mí. Al instante siguiente, tenía sobre mí una visión que en toda mi vida hubiera podido ni siquiera imaginar: aquél cuerpo tan preciosamente moldeado, con sus caderas cálidas y suaves, cabalgando salvajemente sobre mi miembro insensibilizado; sus tetas bailando arriba y abajo, sin perder jamás su forma;… Nos besábamos contínuamente, para coger fuerzas y continuar cabalgando. Era una diosa, ¿lo he dicho ya?
    De pronto, noté que estaba listo para una segunda descarga, justo en el momento en que ella se levantaba, se ponía a cuatro patitas y, con ojos de tigresa, me decía: -Por detrás, por favor-. Dicho y hecho. La sujeté con una mano de las caderas y la otra mano estimulándole los pezones, mientras nos sometíamos a un ritmo endiablado, hasta que ya no pude más… Se giró y, nuevamente, recibió mi leche en su cara (suerte que esta vez no se la tragó). Nos recostamos, con las piernas entrelazadas, admirando nuestros cuerpos sudorosos,… Me miraba, con sonrisa juguetona y cómplice.
    Ha pasado un año. Dejé a mi mujer y vivo con Dafne. No me dediqué a buscar otro trabajo. Dafne resultó ser actriz porno, me propuso entrar en el mundillo. Cuando le mencioné el finiquito, me convenció para montar una productora de cine x. Al parecer había problemas donde ella trabajaba. Ella traería actrices, actores, técnicos, y demás, que estaban cansados de sus anteriores jefes, y yo pondría el dinero. Las cosas no nos van mal del todo, la verdad. Y aunque no nos fueran bien, Dafne sabría consolarme…
    La pregunta que ahora me hago es: ¿por qué coño tardaría tanto mi jefe en despedirme? Por fin vivo mi vida, y soy feliz. Mi nombre es Alex deLarge…

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    Recupero la Conciencia

    Seudónimo: Maria


    Recupero la conciencia lentamente. Desde la profundidad de mi ser voy recordando lo que acaba de suceder. Tengo la boca seca y empalagosa, apenas puedo tragar saliva que me hagan sentir que estoy viva. Aún tengo los ojos cerrados y mi cuerpo totalmente entumecido. Los sentidos afloran en mi muy despacito, ni siquiera soy capaz de cuantificar cuanto me cuesta hacerlo, no se si se trata de minutos o de horas. Según me voy desperezando y entre dispersos bostezos, voy despertando de mi ausencia y siento mi cuerpo dolorido y agotado. Siempre lo mismo, todo el área de mi pubis absolutamente empapada, mis muslos, mis nalgas, las sábanas y por supuesto la fuente de donde manan mis líquidos afrodisíacos. Nuevamente lo ha hecho, mi cerebro me ha vuelto a violar.

    Me llamo María y todo se remonta a mi niñez, cuando siendo una solitaria jovencita, descubrí que mi cerebro me hablaba, me aconsejaba y hasta podíamos llegar a tener conversaciones sobre los sucedidos en mi vida. Nunca me había extrañado esta situación, pensaba que era normal en todas las personas y tampoco conversaba con nadie al respecto para descubrir si lo mío era un caso aislado o lo más común entre los mortales. Para mi era algo tan normal que ni siquiera os puedo decir si tiene voz de varón o de mujer, simplemente esta ahí, me recuerda cosas importantes, me avisa de problemas que no alcanzó a ver, etc... Es mi “pepito grillo” particular, pero de algo estoy segura, es mi cerebro.

    Con el paso del tiempo a veces incluso jugaba conmigo para que descubriera que cosas sobre mi misma él se había dado cuenta y yo conscientemente no llegaba a saberlo, eran juegos intensos, en los que incluso, en mas de una ocasión, me enfadaba con él, pues era tremendamente cruel al darme pistas sobre lo que quería decirme pero sin hacerlo evidente. A veces, hasta pasados varios años, yo no adivinaba lo que me quería decir, era un autentico cabrón.

    Un estrepitoso matrimonio me condujo a un traumático divorcio que hizo la suficiente mella en mí como para tener que acudir a un psicólogo que pudiera orientarme en esa nueva etapa de mi vida. Alfonso, que así se llamaba el Doctor, siempre disimuló su evidente atracción hacia mí. Yo ya pasaba los cuarenta pero conservaba un tipito de lo más apetecible para los hombres, cosa que podía confirmar cada vez que tenía que salir a la calle, al sentir sus miradas deseantes cuando me cruzaba con alguien. No quiero que os confundáis, me considero una mujer de lo más normal, pelirroja de bote, monilla a días y muy alegre y divertida cuando la persona me interesaba. Aprendí que con una sonrisa, mezclada con una melosa mirada y mi saber estar, no me era difícil lograr cosas de los hombres.

    Las primeras sesiones con Alfonso supongo que eran las típicas que cualquier paciente podía tener, yo, recostada en el diván, le contaba mis sentimientos, las cosas que me atormentaban y me daban temor. Dos veces por semana al principio hasta que ya mis males se iban difuminando, pasado el tiempo, se redujeron a una visita a la semana y ya hablábamos no sólo de mi fracasado matrimonio sino de todas las cosas que envolvían mi vida, incluyendo todos los temas. Algunas veces, cuando la conversación iba por terrenos espinosamente sexuales, Alfonso siempre se mostró de lo mas profesional, a pesar de que algunas veces no podía disimular su profunda excitación al acelerársele la respiración o entrecortársele las palabras. No os voy a mentir, a mi también me sucedía y no se si de manera consciente o inconsciente también disfrutaba de ello. Pero estas conversaciones pasaban muy de cuando en cuando por lo que ni siquiera llegaban a ser el centro, ni de lejos, de mi vida sexual, aunque a veces si que disfrutaba de él en mis fantasías solitarias.

    Así pasamos cerca de año y medio, cada viernes a la tarde mi sesión de psicología me ayudaba a encarar mi vida de la mejor manera. Un día de estos, al despedirme ya de la sesión, le dije lo agradecida que le estaba y lo mucho que me ayudaba, que el siempre me tenia buenos consejos y sin hacerme de rabiar como hacia mi cerebro. Al decirle esto, pude ver como su cara cambió inmediatamente del gesto complacido con el que recibía mi gratitud, por otro más serio y sorprendido. Tras un largo y pensativo silencio se acerco a la mesa de la secretaria y le pregunto cuando tenía el primer hueco disponible. Ella miro la agenda y le dijo que el lunes a primera hora le habían cancelado una y que estaba disponible. Me preguntó si me venia bien y le conteste que porque de adelantar la cita tantos días. Me tranquilizó diciéndome - no pasa nada María, sólo que lo que me dijiste de que tu cerebro te hacia de rabiar me parece un tema interesante para que lo hablemos y me gustaría que fuera lo antes posible, así, que si te va bien, el lunes a las nueve nos veremos -. Su semblante era sereno pero el inquieto movimiento de su iris delataba algo distinto. Más tranquila, pues como os dije nunca me había extrañado lo que me sucedía con mi querido cerebro, me despedí cariñosamente de él hasta nuestro nuevo encuentro.

    Lunes

    Tras el fin de semana agradecí que mi agenda electrónica me recordara la cita con mi psicólogo, habían sido muchos viernes como para simplemente recordar por mi misma que la habíamos adelantado al lunes a primera hora. Cuando llegué a la consulta me recibió el propio Alfonso, me acompañó gentilmente a su gabinete y tome asiento en mi ya reconocido diván. Saco su PDA para ver sus últimas anotaciones y me empezó a preguntar sobre lo que habíamos dejado pendiente el último día. Le empecé a relatar la relación que tenía con mi propio cerebro, como sus palabras en mi interior habían sido mi guía durante casi toda mi vida, como nos comunicábamos y me ayudaba en mis quehaceres cotidianos recordándome cosas que olvidaba o ayudándome a poner en orden mis pensamientos. Sentía a Alfonso sentado detrás de mí mas nervioso que de costumbre ya que escuchaba como continuamente se movía inquieto en su sillón. A veces, me interrumpía para que le aclarara algo de lo que le estaba contando y sentía su grave voz temblorosa. Todo esto hacía que me sintiera incómoda, ¿porqué algo que para mi es tan natural provocaba en el Doctor estas reacciones? Finalizó así la sesión, Alfonso me dijo que para aclararlo todo bien deberíamos volver a vernos de nuevo dos veces a la semana, el miércoles sería nuestra nueva cita.

    Ya en la calle, de vuelta a mi casa, mi cabeza no paraba de darme vueltas respecto a lo recién acontecido. Ciertamente estaba preocupada, ni siquiera en los peores momentos post-divorcio había sentido a Alfonso tan ¿preocupado? Todo en mi interior era un torbellino de sensaciones inexplicables, me sentí tan confundida que no me quedó otra que acudir a mi fiel cerebro, le pregunté que es lo que pasaba, pero sólo un gélido silencio obtuve por respuesta. Le rogué y supliqué, pero ninguna contestación, sólo silencio. Me enfadé con él, le dije que no eran momentos para juegos y le regañé sin éxito.

    Miércoles

    Llevo dos días sin dormir, mi maldito cerebro no ha vuelto a hablarme y estoy en un mar de dudas. Veo a Alfonso despedirse de su último paciente por lo que dejo en la mesa del cuarto de espera la revista que me distraía hasta que llegara mi turno. Hoy vine casi media hora antes, necesito aclarar todo esto rápidamente o terminaré por volverme loca. Soy su última paciente del día, la secretaria también se despide del Doctor hasta mañana y Alfonso viene a buscarme con gesto ya cansado de su jornada de trabajo. Pasamos al gabinete y vuelvo a acomodarme en el diván. Alfonso se toma un par de minutos repasando su PDA mientras me pregunta que tal he estado desde el lunes. Le cuento que apenas dormí, que mi cerebro no me ha vuelto a hablar y estoy muy enfadada con él. Le cuento lo desconcertada que me siento y le pregunto que piensa sobre todo esto. Alfonso me explica que nunca había conocido a nadie que pudiera hablar con su cerebro, que normalmente todas las personas tomamos nuestro cerebro como un “yo propio”, no como algo (o alguien) ajeno a nosotros. En vista de ello se puso en contacto con un colega de profesión que le recomendó unos estudios no muy divulgados al respecto y que ha estado analizándolos en profundidad. Trata de tranquilizarme contándome todas sus averiguaciones y me indica que vamos a realizar algunas terapias poco convencionales para llegar al fondo de la cuestión. Le digo que adelante con todo, no me gusta sentirme un bicho raro y estoy dispuesta a lo que sea necesario para poder centrarme en mi vida de nuevo. Alfonso me explica que hoy haremos una sesión de hipnosis, va a tratar de adentrarse dentro de mi “yo” interior para saber más acerca de la relación que mantengo con mi cerebro, me pide que me relaje, se sienta delante de mí y empieza a hablarme con voz profunda y suave, siento como lentamente me sumerjo en mi misma…



    Mis parpados se levantan despacio como una de las persianas eléctricas de mi apartamento, ante mí una imagen desenfocada lentamente toma aspecto de hombre, es mi psicólogo, Alfonso. Una sensación de bienestar me invade, me siento muy relajada. Los recuerdos afloran en mí, lo último, Alfonso hipnotizándome. Miro el reloj del gabinete, son las 11 de la noche, debo haber estado más de 4 horas en hipnosis o dormida. Aún permanezco recostada en el diván, Alfonso me acerca un vaso de agua, tengo la boca seca y me lo bebo de un sólo sorbo y le devuelvo el vaso. Me froto los ojos para desperezarme, me estiro y me arqueo entre bostezos, poco a poco me recompongo, una extraña sensación me invade, tengo algo de frío y juraría que me siento húmeda, muy húmeda. Me incorporo lentamente y veo a Alfonso, me esta mirando fijamente y diría que con asombro o expectante o no se muy bien como definir su manera de posar sus ojos en mi. Carraspeo y me aclaro la garganta, quiero saber que ha pasado en estas horas de las que no recuerdo absolutamente nada de nada, separo mis labios y le pregunto directamente a Alfonso - ¿Qué ha pasado? - Permanece callado, como queriendo clarificar sus pensamientos antes de decirme nada, pasa un minuto que se me hace eterno y finalmente acierta a balbucear: - Acabas de tener sexo con tu cerebro -. - ¿Perdón?, déjate de bromas Alfonso y dime que ha pasado de verdad -. Lo que me ha dicho provoca en mi mente un torbellino de ideas rocambolescas que no me conducen a ninguna parte, con mi cerebro he compartido muchas cosas pero, ¿tener sexo con él? Espero ansiosa que me cuente absolutamente todo y con aspavientos le insto a que prosiga en su explicación de lo acontecido.

    La primera vez

    Prosigue Alfonso, - He realizado cientos de sesiones terapéuticas de hipnosis en mi vida pero contigo ha pasado algo absolutamente inaudito, no interrelacionabas conmigo, como sucede habitualmente con mis pacientes en estado de hipnosis, para que nos entendamos, no me hacías caso, no me obedecías. Tras un largo rato en el que he tratado de despertarte, incluso zarandeando y abofeteándote, por fin has empezado a hablar, pero no conmigo, sino con otra persona a la que yo tampoco podía escuchar, y en la habitación sólo estábamos nosotros dos. Lo tengo todo en mi grabadora y si lo deseas te haré una copia para que puedas escucharlo. El Colegio nos obliga a grabar todas las sesiones de hipnosis para guardarlas como prueba en caso de denuncias de mala praxis u otras causas. Por las cosas que decías he podido más o menos deducir la conversación que mantenías en tu interior, aunque me ha faltado saber que te decía “él”. Has empezado por reprocharle que llevara tantos días sin hablarte, estabas muy molesta y él divagaba en sus respuestas. Así habéis estado charlando mucho tiempo sobre ello, finalmente os habéis reconciliado y dicho cuanto os hacéis falta y lo difícil que se os hace vivir el uno sin el otro y que hasta os queríais y amabais… En este punto, me ha parecido entender que él estaba celoso de mi, que su silencio de estos días ha sido porque no quería que tuvieras que venir a mi consulta dos veces a la semana de nuevo. Tu le has tranquilizado, le has dicho que yo te gustaba pero que sabias que por mi profesión y ser paciente mía nunca pasaría nada entre nosotros, le has estado tranquilizando un buen rato y luego…, luego has empezado a darle besitos, juntabas tus labios y dabas besitos al aire pero creo que él los sentía, has empezado a abrazarte a ti misma mientras seguías besándole, ahora con unos besos mas largos y profundos, tu respiración se hacia mas agitada y tus abrazos se han convertido en caricias por todo tu cuerpo. Le has preguntado si le gustaba, y has seguido abrazándote y acariciándote las mejillas, tus labios, el cuello, tus senos… Separaste tus piernas y has empezado a retorcerte del placer, le ibas indicando como y donde te gustaban sus caricias y así, sin acercar tus manos en ningún momento a tu pubis, ni he podido contar la cantidad de orgasmos que has tenido. Finalmente creo que habéis tenido un orgasmo simultáneo y es cuando te has quedado completamente inmóvil en el diván. Tras unos minutos en ese estado, has abierto los ojos, el resto ya lo conoces tú también -.

    No podía dar crédito a lo que me acababa de contar Alfonso, una mezcla de vergüenza y pudor se apodero de mí, sin poder mirarle a los ojos me puse en pie y apenas me despedí del Doctor salí a trompicones a la calle, me estaba ahogando ahí dentro. Ya era de noche, sólo las luces de algunos coches me hacían pensar que no estaba sola. Amparada en la oscuridad de un portal me lleve un dedo entre mis piernas, lo pasé por debajo del pantalón y mi braguita, lo que pude tocar hizo que saltaran en mi todas las alarmas, estaba empapada, y por la textura, olor y sabor no era sólo de mis propios flujos. Mi mente iba y venia sin detenerse en ningún pensamiento en concreto, no podía creer nada de lo que me había dicho Alfonso y sin embargo algo dentro de mí me decía que así había sido. Caminé sin rumbo fijo, con mis ojos lacrimosos y alterada, hasta que finalmente y a altas horas de la madrugada consigo dar con la puerta de mi apartamento. Sin siquiera desvestirme me acosté en la cama, sólo el cansancio y el sueño provocado por tantas horas sin dormir lograron que finalmente cerrara los ojos hasta el día siguiente.

    Jueves

    Suena el teléfono, aún medio dormida sólo acierto a mandar a la mierda a la teleoperadora que tan maravillosa oferta me hace para conectarme a Internet. Miro el despertador, son las 5 y media de la tarde. Me levanto instintivamente y hago mi habitual ritual, subo la persiana y la luz del sol de media tarde se apodera de la habitación, voy a la cocina para dejar haciéndose el café mientras voy al cuarto de baño, y al mirar el papel con el que termino de limpiarme me hace recordar de golpe todo lo que me sucedió en el día de ayer. Me siento en el sofá del salón, apoyo mis pies en la mesa y sujeto con mis manos la taza con el humeante café, mi mirada perdida en ninguna parte, trato de relajarme y valorar lo que me ha pasado ensimismada dentro de mí. De pronto, una voz que me es familiar, - buenas tarde María -. Mi cara se ilumina de contento, es él de nuevo, me vuelve a hablar, es mi cerebro. En ese momento lo hubiera abrazado y apretado bien fuerte, de veras que me hacía muchísima falta su presencia, él me ayudaría a analizar todo lo que sucedió en el día de ayer. Me interrumpe y dentro de mi siento un beso suyo que hace que cierre los ojos, es un beso húmedo, amoroso, - te quiero -, me dice. Dentro de mi visualizo como le abrazo, como mis labios se pegan a él y nos estremecemos juntos, como tiembla de excitación al sentir mis dedos recorrerle lentamente y a la vez me devuelve las caricias haciéndome ronronear de placer. Lo quiero dentro de mi, no se como, pero lo hace, se pone entre mis piernas, su cuerpo se adapta a lo que necesito y siento como va introduciéndose, me inunda de placer, siento su textura húmeda y esponjosa llenándome lenta e inexorablemente. Mi cuerpo le pertenece, empiezo a agitarme al compás que me marcan sus embestidas, cada vez más fuertes, cada vez más profundas. Empiezo a jadear, a pedirle más y más, sus movimientos se aceleran, siento un goce dentro de mí que me recorre todo el cuerpo desde mi sexo hasta mi cerebro sin dejar una sola terminación nerviosa sin excitar. No voy a poder aguantar mucho, siento como me viene sin poder evitarlo, - me voy a correr-, le digo; - y yo -, me susurra él. En ese instante siento como un gigante orgasmo dentro de mi vagina, siento su líquido viscoso ahogándome por dentro, como si su semen llegará hasta el último rincón de mi cuerpo, hasta mi boca tiene su sabor, caigo rendida en el suelo y siento como él retorna lentamente a su punto de partida, - te amo -, me dice; - te amo-, le respondo, y la feliz oscuridad se apodera de mi de nuevo.

    Esta vez recobro la conciencia sabiendo lo que ha pasado; - buenas noches mi amor -, me dice, y la sonrisa reaparece en mi rostro. Esa noche hablamos mucho de todas las cosas que hemos vivido juntos, de cuanto nos necesitamos, de cariño, de amor, de… cosas de enamorados.

    Viernes

    Nuevamente en la consulta del psicólogo, ya mucho mas tranquila espero pacientemente mi turno ojeando una revista cualquiera. Escucho la puerta de entrada cerrarse y Alfonso aparece ante mí tras haber despedido a su penúltimo paciente del día. Me recibe efusivamente, se le ve contento y eso me gusta, tiene una sonrisa cautivadora, lastima que sea tan avaro de ella. Nos damos dos besos y pasamos al gabinete, otra vez el diván, otra vez sus palabras. Pero hoy es algo distinto, no me pregunta nada, sólo me habla de lo que pasó el último día. Escucho su voz emocionada ante sus descubrimientos, me cuenta que ha vuelto a escuchar la grabación varias veces y de alguna manera me sonrojo al saber que me ha estado escuchado teniendo sexo. Sigue recordándome todo lo que el vio y escucho y mientras lo hace afloran en mi esas sensaciones, me cuenta como mi cuerpo se estremecía de placer y excitación, como mi respiración de aceleraba cada vez que iba a tener otro orgasmo. Tengo que apretar mis muslos, siento mi vulva palpitar al escuchar la agitada voz de Alfonso detrás de mi, le pregunto si verme así le excito. Dios, no se como me atreví a preguntarle eso, me muero de la vergüenza pero sin embargo permanezco inmóvil esperando su respuesta, él se engola la voz y me dice con toda naturalidad, - claro que si María, no soy de piedra ¿tu que crees? - Y nos reímos los dos nerviosamente. Giro un poco mi cabeza para poder verle y apenas a dos palmos de mi cara adivino bajo su pantalón que le esta pasando lo mismo que yo siento entre mis piernas, se agacha un poco y sus labios quedan al alcance de los míos, cierro los ojos y los rozo, están suaves y calientes. Se tira encima de mí sobre el diván, su lengua recorre mi boca, nuestras salivas se mezclan, sus manos expertas van acariciándome por encima de la ropa primero para desnudarme con experiencia después, mis senos quedan a su vista, sus manos los masajean y sus dedos juegan a masturbar mis pezones, baja su cabeza y su lengua empieza a lamerlos. Echo mi cabeza hacia atrás y me dejo llevar por las sensaciones. Su boca los lame y succiona alternativamente provocándome oleadas de placer que hacen que me retuerza bajo él, separo mis piernas y él se coloca dentro de ellas, me rozo contra su sexo y nos sobra la tela de nuestros pantalones que se interponen. Me desabrocha el pantalón y le ayudo a quitármelo del todo, se pone de rodillas y me incorporo para quitarle el suyo, lo bajo y ante mi aparece su pene pletórico, acerco mi mano y lentamente bajo la piel que oculta su glande, tan brillante y mojadito, le paso la punta de mi lengua atrapando hilitos de su placer, subo mi mirada golosa a sus ojos y me mira con deseo, mi lengua recorre todo su pene sin dejar de mirarle adivinando que le provoca cada una de mis lamidas. Me meto su glande en la boca y lo saboreo como si fuera un caramelo, lo lleno de saliva y lo masajeo con toda mi lengua, siento como se estremece mientras mi mano acaricia su escroto y voy recogiendo en mi boca sus sabores, así empiezo a chuparle despacito, no quiero que se corra aún. Cuando siento que esta a punto paro de golpe y empiezo otra vez muy despacito, quiero que lo disfrute como nunca, quiero que me desee tanto que no pueda aguantarse más, y así sucede, se aparta bruscamente de mi, me echa en el diván, separa mis piernas y sin tiempo de reacción, entra en mi de una manera brutal, siento todo su miembro dentro, como si su glande estuviera llamando directamente a las puertas de mi útero, se siente increíble, el placer es indescriptible, me agito salvajemente con él y mientras nos besamos lujuriosamente le clavo las uñas en su espalda y grito de placer mientras siento que me corro irremisiblemente en un orgasmo increíble que me deja exhausta. Entonces, el empieza a penetrarme despacito, muy lentamente, siento cada milímetro de su pene recorriendo mi interior, esto hace que mi excitación se eleve progresivamente, aprieto fuerte los músculos de mi vagina para atraparlo y sentirlo aún mas, empieza a gemir al sentirme así de lubricada, le digo que paré de moverse, y soy yo la que marca el ritmo, mis movimientos son lentos y profundos, su pene se mueve en mi interior al ritmo de mis caderas, siento como su pene empieza a hincharse pero no acelero, quiero que se corra dentro de mi a cámara lenta, quiero sentir su semen saliendo a chorros y quemándome por dentro, su respiración se agita, le siento mas y mas duro, y empiezo a sentir como me llena, la excitación explota y acelero para correrme yo también, no tardo nada y mi orgasmo se mezcla con el suyo. Nos quedamos así, abrazados y dentro de mí, según pasa el tiempo siento su semen salir de mi sexo y su pene poniéndose flácido lentamente.

    Sábado

    - ¡Eres una hija de puta! -, me despierto sobresaltada al escuchar esas palabras, me incorporo en mi cama para averiguar de quien provienen esas palabras y no veo a nadie. - ¡Eres una zorra!, ¡puta! – entonces ya se que se trata de él, le pregunto porque me dice eso, esta muy enfadado y me contesta que ya lo sé, que ya sabía que terminaría haciéndomelo con el psicólogo y que yo lo había hecho solamente para joderle a él. Tengo un dolor de cabeza terrible, trato de aclarar mis ideas y le digo que en absoluto es así, que lo que paso fue algo que paso y ya esta, que nos pusimos calientes y terminamos enrollándonos pero que no le diera mas vueltas –¡Y una mierda!, eres una perra caliente y a la primera de cambio vas y me pones los cuernos, pues te vas a joder, porque tu eres mía y hago contigo lo que me da la gana -. Me esta asustando, nunca le había visto así, le digo que me deje en paz, que yo hago lo que me da la gana. cuando y con quien quiero y que si no le gusta que se vaya a tomar por culo – De eso nada puta, ahora mismo vas a ver de lo que soy capaz – De pronto, siento como paraliza mi cuerpo, soy absolutamente consciente de lo que hago pero no tengo control sobre ningún músculo de mi cuerpo, estoy a su plena voluntad. Me tumba en la cama con los brazos y piernas separadas, siento como me besa, como su lengua se mete en mi boca y juega con la mía, trato de evitarlo pero es imposible, nada de mi cuerpo responde a mi voluntad. Su lengua baja por mi cuello, el cabrón sabe que eso me encanta y al sentirla hace que me estremezca, quiero impedir sentir eso pero nada que hacer, sólo puedo dejarme llevar por sus caricias, él me conoce mejor que nadie…

    FIN

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