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Membresia 1 Estrella
Una tarde de julio

Con cariño y morbo conmigo puedes probar de todo.
Cuando: 07/2026 - Ciudad: Barcelona - en Apartamento de la escort
Valoracion experiencia -->9.5
FX rank -->9.37719
Duración del encuentro: 80 minutos
Precio: 200 euros
Lugar del Encuento: Apartamento de la escort
Valoración Apartamento: 8
¿Pecho?: Natural
¿Fumadora?: No
¿Besa?: Besa con lengua
¿Griego?: No lo sé
Valoración Estética: 9
Valoración del Servicio: 10
Abrió montada en sus tacones, con su vestido blanco ajustado y el pelo aún ligeramente húmedo, y lo primero que hizo fue hablarme.
—Has tardado. —Me cogió de la camisa y me metió dentro, me empujo hacia ella contra la pared y empezó a restregarse toda ella donde mas me gusta, no pudé evitar darle la vuelta, de continuar así no llegaba ni a la ducha—. Llevo toda la mañana pensando en esto. Toda. No te imaginas cómo. - Me llevó rápido a la habitación, me desnudó y me metió en la ducha.
Al entrar de nuevo en la habitación, me besó contra la puerta antes de que acabara de cerrarse, sin prisa, con esa lentitud que era pura crueldad, y entre beso y beso siguió hablando, muy bajito, muy cerca de la oreja, pregúntandome el detalle* de lo que había estado imaginando mientras me duchaba. Yo le busqué la cintura y descubrí que bajo el vestido ajustadoo no había nada más.
—Ya lo has visto —se rió contra mi cuello—. Te ahorro trabajo, amor. Soy práctica.
No dejó de hablar del todo. Era su manera de llevarme, aunque nunca dijo *haz esto*. Lo decía todo de otra forma: con la respiración cortándose de golpe cuando encontré el punto exacto del cuello, con las uñas hundiéndoseme en la espalda, con un gemido largo que le nacía muy abajo y que valía más que cualquier instrucción. Y de vez en cuando, una frase entre dientes, sucia y precisa, que me dejaba sin oxígeno.
—Sigue. —Un jadeo—. Justo eso, no me lo cambies. —Y luego, muy pegada a mi boca—: ¿Ves lo que me haces? Escucha. Escúchame.
La escuché. Escuché cómo se le iba deshaciendo la voz, cómo las frases se hacían más cortas, más ahogadas, hasta convertirse en sílabas y después en nada. Ese silencio suyo, después de tanta palabra, fue casi lo más obsceno de la tarde: supe exactamente dónde estaba porque se le acabó el vocabulario.
Volvió en sí temblando, riéndose, mordiéndome el hombro para no gritar y pidiéndome perdón sin dejar de moverse. Me puso a rodillas bien abiertas, me quitó el preservativo y se puso medio estirada delante mío justo para poder penetrarle la boca a fondo y después de unas pocas succiones me arquee y maldije mientras se ponía todo perdido mientras se relamia en cada movimiento con sus labios y lengua.*
—Eso —susurró—. Eso quería ver.
Después, el desorden y las tonterías. Su pierna cruzada sobre la mía como una firma. Su dedo trazándome círculos en el pecho mientras me confesaba, con toda la calma del mundo, la siguiente idea que se le había ocurrido, y fue peor, porque ahora hablaba de mí. Me contó lo que quería, cómo lo quería.
La continuación fue otra ejecución magistral de deseo y morbo, sudor y orales que culminraron en una empotración y liberación que solo ese chumino negro delicado y precioso y esa juguetona a adolescente puede conseguir. Me sostuvo la cara con las dos manos cuando yo ya no podía más porque quería mirarme justo entonces. No me dejó cerrar los ojos. Y entonces recuperó el habla.
Bajé las escaleras muy despacio, una hora larga más tarde. No de cansancio: por no perder todavía el olor.
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