El matiz entre un relato y un pálpito, entre un puñado de letras y su susurro, permite comprender y sentir como la sensibilidad se traslada de lo que observamos a lo que nos observa y peina, para encontrarnos cuando nos sabemos perdidos.

Por inercia y condición, el humano infravalora lo que no entiende y le inquieta, que lo que le inquieta y no entiende. Es lícito, sentir como alguien esculpe con las mismas palabras lo que el otro sería incapaz de imaginar.

El viento es el único capaz de virar al tiempo, y desandar lo que parecía inabordable.