Es imposible referirse a la historia del dopaje sin obviar lo ocurrido en la extinta República Democrática de Alemania, donde se consideraba una práctica legítima en interés del Estado con el fin de demostrar la superioridad comunista sobre Occidente. La velocista Katrin Krabbe ganó cuatro medallas en el Mundial de Tokio 91 y un año después fue sancionada con tres años de castigo tras hallársele restos de clembuterol.