Pero cuando Terrance le puso un ojo morado a Natalie y ella volvió corriendo a casa, la gente empezó a hacer preguntas. Y salió todo a la luz: los ojos morados, las broncas, las borracheras, las palizas, los horribles insultos que había sufrido Natalie.
En medio de una vorágine de presiones familiares, Natalie le denunció ante la justicia.
Natalie y Terrance fueron a juicio.
Terrance perdió.
Natalie ganó. Pero ¿había ganado realmente? A parte de conseguir setenta y cinco mil dólares después de un juicio civil, que fueron a parar directamente a manos de su padre, ¿qué había ganado Natalie? Supongo que su única recompensa fue verse libre de un maltratador.
-Le echo de menos –dijo Natalie, rompiendo el silencio, mientras barría con el canto de la mano las migas que había sobre la mesa. Después de tirarlas al suelo, se limpió la mano en los vaqueros-. Sé que es algo enfermizo, pero lo quiero de verdad.
-Ya lo sé.
-Es muy doloroso –dijo- .A veces es tan sólo eso: muy doloroso. Me pregunto qué estará haciendo.
Yo sabía que estaba pensando en su antigua vida. Su antigua vida que incluía un tocadiscos Bang & Olufsen, vino Rotschild cosecha 1965, el Saab naranja oscuro, la guitarra marca Martin. Su memoria había dejado convenientemente a un lado el hecho de que ella nunca fue más que un cochino secreto en la vida de Terrance.
-Eres tan sucia –solía decirle Terrance-. Cochina. Mírate esos asquerosos pies descalzos. ¿Es que no puedes ducharte?
Pero Natalie lo amaba realmente. Yo estaba convencido de eso. Sé perfectamente lo que es amar a alguien que no se lo merece. Y lo amas porque no tienes a nadie más. Porque cualquier tipo de atención es mejor que ninguna en absoluto.
Por idéntica razón, a veces hasta puede resultar agradable cortarse y sangrar. En esos días grises en los que no hay diferencia entre las ocho de la mañana y las ocho de la noche, en los que no ha pasado ni pasará nada, de pronto te pones a lavar un vaso en el fregadero, se te rompe accidentalmente y te cortas. Y entonces aparece ese rojo intenso, lo más brillante que has visto en todo el día, tan vibrante que casi emite un zumbido. Es tu propia sangre. Y a veces verla está muy bien porque, al menos comprendes que estás vivo.
RECORTES DE MI VIDA de Augusten Burroughs



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